UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS

Ciertos rastros de divina juventud encuentro en mi sempiterna alma. A pesar de hacerme cada día un poco más vieja, algo que acepto con sencillez y piedad, en ocasiones me veo envuelta en una maraña en la que sólo la inconsciencia de la juventud te puede atrapar. Es la única explicación plausible que encuentro. Eso, o ya me voy apeando del burro de férrea detractora de la saga “Grey” y asumo que tengo más de masoquista de lo que me gustaría llegar a admitir jamás.

Una, creyéndose en la plenitud de su mocedad, sucumbe a las sugerencias de su etiqueta negra de ir a verle a otro país. Con mar de por medio. Nada más y nada menos. Sola. Con los tres niños. En avión. Con el pánico a volar que yo tengo. Sólo en mi contra diré que no era Argentina. En lugar de 12.000 km eran solo 1.700. Una nimiedad en términos relativos, está claro, cristalino. No sé de qué me quejo.

Te ponen en bandeja cuatro billetes de avión para ir a Londres en la temporada Navideña. Además te llevan las maletas dos semanas antes. A ver quién es el guapo que dice que no. Total, sólo tengo que ir con una mochila y tres niños, ¿qué podría llegar a pasar?

TAXI LONDINENSE

Pues nada más allá de lo que viene siendo la normalidad habitual. Esa que tanto me hace vibrar.

Una semana antes del viaje me pongo frenética. No lo puedo remediar. Mi pavo es mío y mi pavor también. Y lo peor de todo es que los dos me dominan; hacen de mí un dechado de vicios y TOCs (trastornos obsesivos compulsivos) que no puedo controlar. Está claro que no todo son virtudes lo que acumulo, no vaya a ser que se me suban a la cabeza y quiera vivir esa especie de beatitud maternal que cualquier día nos asola.

Resulta además que a mi aciago ánimo le cuesta mantenerse erguido si no paran de acontecer lo que para mi espíritu holliwoodiense son una serie de catastróficas desdichas al más puro estilo de Lemony Snicket.

Un día antes del viaje, un autobús me revienta de cuajo el espejo retrovisor derecho del coche. Afortunadamente, no me voy a poner dramática, estaba yo dentro y al autobusero no le quedó más remedio que darme los datos del vehículo que empotró contra el mío. El otro espejo lo tengo en tenguerengue por lo que creo que en su momento fue también una incursión desafortunada de otra mole que salió por patas en aquella ocasión por no tener mi presencia como obligación.

No pasa nada. Para algo están los seguros. Intento no tomármelo como una fatídica señal que agudice mi pánico.

Tras una noche de sueño frágil e inconstante, los nervios me llevan a abrir el ojo sin necesidad de terceros. No así mis hijos, que se despiertan exultantes de felicidad instigados por la emoción, la novedad e incluso para ellos la psicodelia de un viaje en avión al extranjero a ver a su padre.

Y tanta era su agitación que incluso se les atragantó. Literal. Y hasta que el pequeño no la vomitó no se relajó. En toda la cama. Con edredón y funda. Bonito pastel quedaba en casa a nuestra marcha.

Quiero ver la mantequilla de la tostada cuando cae, por favor, pero mis TOCs me dificultan la tarea.

Depositados cada mochuelo en su olivo, que no es poco como ya es sabido, finalizo mi jornada laboral con premura para ir a buscar antes a mis criaturas.

Estamos listos.

O eso creía yo. Alma cándida…

Fue poner un pie en el parking del aeropuerto y nuestra silla paraguas, ese elemento indispensable para poder hacer turismo con un cuasi bebé, decide sin concesión ni autorización que hasta aquí ha llegado su misión. Lo de seguir en funcionamiento y apurar más vidas queda para los gatos.

No os voy a negar que sentí el desaliento al acecho.

Pero se tira de autoterapia de nuevo. No pasa nada. No todos los niños tienen la oportunidad de montar en una silla tan espectacular, de esas que casi están listas para eyectar. A día de hoy es más fácil venderle a unos niños que van en este vehículo que no en un caballo en posición de corveta.

Tampoco pasa nada por llevar la silla de mano y no tener sustento o apoyo y te veas obligada a llevar todos los bártulos puestos. Cual espantapájaros. Tu abrigo y el de tus tres hijos, amén de una mochila muy liviana convertida en un colmado de por si acasos.

Ya intuyo lo que son los acaloramientos de la menopausia. Doy fe.

Superamos los controles sin avatares. Casi recupero el optimismo.

Llegamos a la puerta de embarque. No entiendo cómo tengo ganas de ir al baño con la cantidad de líquido que estoy eliminando por vía cutánea. Entramos todos en el baño de mujeres. Soy joven y adolescente hasta para eso ¡ Yo al baño con todas! Y mis amigas no quieren ir al baño. Sólo me acompañan. Qué monas, ¿verdad? Yo insisto. Estas cosas unen más que desunen, pero nada, no quieren. No tengo fuerzas ni para amenazar y menos cuando me juran y me perjuran que no van a beber nada y además han soltado lastre antes de salir de casa.

Continuamos.

Aunque no lo he llegado a confirmar aún, creo que fue un ataque de rabia por querer ser eyectado y no poder, lo que llevó a mi tercero a romper la cadena del chupete, que cayó al suelo. Pues te aguantas. Otra vez va dentro. No tenemos agua porque no queremos orinar. Y unas cuantas veces más cayó, porque cuando uno llora la boca no hace presión. Pero en aquel momento poco me importó, la verdad sea dicha. Mis TOCs no hacían más que visualizar roturas por todas partes… se rompe el espejo, se rompe la silla de paseo, se rompe la cadena del chupete. Como se rompa el avión, me muero. Además de verdad. Intento aferrarme a la frase que mi amiga la publicista ingeniosa, que es hija de piloto, me ha repetido con tanto cariño y lástima como sorna: “mi padre siempre dice que lo peligroso de volar es el taxi que te lleva al aeropuerto”. Ya, pero es que yo, en mi complejo de Electra mal resuelto, tengo la gran suerte de que me ha llevado mi padre. En mi coche. Con un espejo roto y otro en tenguerengue. No hay peligro alguno. En mi caso son señales que avalan que el peligro se traslada al otro trayecto.

Sigo tirando de autoterapia. Seguro que lo astros se han empeñado en que yo tenga anécdotas que contar en mi blog de moderna. Desde luego, de desagradecidos está el mundo lleno.

-Buenas tardes. ¿Va usted sola con los tres? Pues tenga cuidado que tiene que ir por esa puerta y bajar las escaleras hasta el autobús que le llevará al avión. O si prefiere espérese al final que la ayudamos-

Estas cosas no pasan. Hoy ya no pasan, de verdad. Menos si no vuelas con una compañía de cuarta, que para eso se ha pagado más por los billetes, por el amor de Dios y de todos los Santos. Esto en el siglo en el que estamos y una capital de bandera ya no pasa. Seguro que en Argentina no pasa ¿Dónde está mi tubo? Mis TOCs me gritan internamente que vamos a volar en una aeronave de porquería, que no es ni digna de finger.

Y no podía llorar, puesto que de todos es sabido que la risa y el llanto se contagian. Sólo me faltaba tenerlos a los tres llorando. Al menos ellos vivían ajenos a toda la vorágine. Sólo eran conscientes de que mamá está un poco roja, como me dijo la mediana. Y que conste que ni un grito emití. Mi pavo y mi pavor conmigo se quedaron, en mi interior. Su único símbolo era mi rubor, fruto diría de mi extremado calor.

Como pudimos llegamos y nos aposentamos en nuestros sitios. Las niñas en una fila por delante y el niño y yo justo por detrás. No hay filas de asientos tan numerosas.

Abrí mi liviana mochila llena de por si acasos y desplegué la artillería que tenía preparada para el viaje. Colores y cuadernos a mansalva. Se me ha olvidado cargar el ipad. Y si os aburrís, hemos tenido la gran suerte de que os toque un inglés al lado. Practicáis, que nunca está de más. Menos mal que no era de los rancios. Ese era el que teníamos mi hijo y yo al lado. De esos que si le vomita, ni se va a inmutar. No pierden compostura o expresión ni ante un tifón. Casi lo hacen tan bien como yo que, una vez subida al avión, tengo que erigirme como madre coraje valiente donde las haya. Aquí no hay miedo. No temáis mis polluelos. Mamá está con vosotros.

¿Y os acordáis que os comentaba que había perdido fuerzas para proferir amenazas ante negativas de micción y había caído crédula al enunciado “no vamos a beber” ? Arrepentimiento es poco lo que siento cuando escucho el grito de mi mediana – ¡mamá me hago pis!-

El inglés no rancio me ayudó a levantarla en volandas hasta manos de la gentil azafata. Mientras el rancio se quedó con el menor. Hasta la merienda le sujetó. Y he de admitir que desde luego ayudó, aunque tan sólo fuera porque el niño ni se movió, fruto de la estupefacción con la que le miró durante un rato. Estuve a punto de pedirle que se quedara a su lado hasta el aterrizaje. Que se desarrolló sin incidentes hasta la llegada al control de pasaportes.

Dado que no me entregaron la silla de paseo hasta la cinta de recogida de equipaje, a la que tuve que ir pese a que yo no llevaba, me vi recorriendo todo Heathrow a paso más lento del que estoy acostumbrada, por llevar al pequeño andando. Y una vez nos dan paso al mostrador del control y tras recalcarles a los tres en fila que no debían moverse, procedo a hacer entrega de los pasaportes al tiempo que escucho un golpe. Mi dedo Rotenmeyer no tuvo calado y se pusieron a correr. Con tan mala suerte que el pequeño se tropezó con sus hermanas que le avasallaban y se precipitó de bruces al suelo. Y empezó a sangrar. Bastante. La policía vino a ofrecerme ayuda.

-Señora, ¿está bien el niño? ¿necesita que le ayudemos con él?-

No por favor, necesito que me ayudéis a mi, que él se ha partido los morros, pero a mi me da un ataque.

Y sólo fue el viaje de ida…

Si esto no es masoquismo ni la inconsciencia de la juventud, será que el amor es un paraíso…

Ya lo dice la canción….

El video propio para la ocasión, no me digáis que no.

One Thought on “UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS

  1. Ay María! Es buenísimo!!! Ya lo siento porque se ve que lo pasaste fatal, pero lo explicas con un arte! Me tenías por ahí recorriendo los pasillos de Heathrrow a tu lado
    Lo de viajas sola con la prole, ya te lo confirmo yo, es de nota. Eres una valiente de verdad.

    Besazos Navideños!

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