UNA MADRE VENIDA A MENOS

Imagino que si quisiera preservar una imagen de madre sin mácula no escribiría un blog. No me prestaría a contar mis cuitas por muy poderosas que fueran mis inconfesables razones para escribirlo. Me dedicaría a las actividades de prestigio maternal con un silencio monástico tan solo roto por los gritos que se adivinarían desde la antesala de mi armonioso hogar. Porque toda buena madre que se precie está aquejada de tanto amor como histeria. Lo sufra en silencio o lo publique a los cuatro vientos.

El recuerdo que tengo de mí como una madre modelo se remonta a tiempos pretéritos en los que sólo tenía una hija, había leído libros sobre todo lo esperable durante el embarazo, de cómo convertirme en una abanderada de la lactancia materna, cómo dormir a los niños con o sin lágrimas, cómo alimentarlos e, incluso, sobre cómo estimularlos. Todo cartapacio sobre la maternidad, sus entresijos y entretelas, se colocaba en los lugares más a mano de mis estanterías.

Lejos quedan esos tiempos en los que yo era una madre en pleno apogeo entregada a los designios de la pérdida de juicio y cordura por amor. Hasta me saqué un posgrado en gorgoritos y balbuceos. Tenía un book en el que atesoraba todas las manualidades con las que me deleitaba mi hija. Comerciaba con el tiempo para poder acudir a nuestra cita vespertina con el parque. Cumplía, con riguroso entusiasmo, la agenda de mi primogénita. No faltaba a ningún evento ni a ningún requerimiento, era inasequible a la falta de aliento por las prisas.

Había entrado en la maternidad pertrechada con escudo y lanza dispuesta no solo a sobrevivir, sino a enarbolar mi talento como adalid del matriarcado. Pero cada hijo nuevo que apareció, en mayor proporción me desarmó. Poco a poco me fueron despojando de mi fornitura hasta convertirme en una madre para la que la línea entre el olvido y la despreocupación es tan fina que cuesta distinguirla.

El tercero de mis hijos es el que peor parado sale en mi decadente trayectoria.

En su guardería (jardín de infancia para los argentinos) celebran, por tradición y sin excusa, varias festividades al año. Más allá del festival de Navidad o la toma de contacto con el Madrid más chulesco lleno de chulapos y chulapas, las fiestas de cuatro colores son imperdibles. Rojo, amarillo, azul y verde. Tengo a mis espaldas tantas fiestas como colores, multiplicadas por hijos y por número de años que cada uno ha cursado en el centro. Tres cursos de la mayor por cuatro colores. Tres cursos de la mediana por cuatro colores y dos cursos del pequeño por cuatro colores. Casi, casi, casi, tantas fiestas como años tengo. Se dice pronto.

Hasta hace poco gozaba de un perfil intachable en lo que a la entrega a la farándula se refiere. Había conseguido incluso inmortalizar cada una de las fiestas y sus modelos. Pero ese día que te levantas y sigues tus rutinas de una manera completamente automatizada bajas de la cúspide en un suspiro. Llegar al sarao en cuestión, ver que todos los niños y las profesoras van de verde a juego con la decoración y descubrir que tu hijo va con el azul cielo del uniforme hace que se te quede una cara que no camuflas ni con el mejor gesto de repóquer. Cuando la situación no podía ser más penosa aún, te miras de arriba abajo y sientes cómo el bochorno más absoluto se apodera de tus entrañas al comprobar que vas vestida con pantalón verde, jersey verde y unos pendientes verdes que jamás te pones. El mundo de los complementos da permiso a tu yo más castigador para autoflagelarse y arder de frustración.

Te lanzas a compartir tu desolación llamando por teléfono a tu marido. Solo esperas que te diga que no pasa nada; estas cosas pasan hasta en las mejores familias; el perfil de madre intachable apenas se va a resentir por esta pequeña muesca que antes o después caerá en el olvido más profundo. Pero no tiene mejor ocurrencia que mirarse la corbata y derrumbarse por completo al darse cuenta de que es verde. Él, que solo viste corbatas en tonalidades rojas como si de un uniforme, o algún rasgo enfermizo, se tratara.

El último color, la última fiesta, el último curso de guardería, el último hijo…

Casi al mismo nivel de la situación en la que tus hijas llegan tarde a un cumpleaños, perdiéndose más de la mitad de la actuación de un mago, porque estás enfrascada en la ardua tarea de teñirte la melena “pantojil” y se te olvida por completo que había que ser puntual por alguna razón importante.

O que se te mezclen las fechas de los múltiples eventos/actuaciones escolares de tus hijas y llegue ese día en que abren las puertas del colegio a los padres para que vean a sus criaturas moverse con garbo al son del chotis y tu hija mayor te ponga en evidencia al decirte que muchos padres han ido y tú no. Como si fueras una desalmada que no aprecia el arte que fluye por las venas de su descendencia.

Todo apunta, me guste o no, hacia una madre venida a menos.

Mi único consuelo es que mientras no llegue al extremo de volver a olvidarme algún hijo en el coche tengo posibilidades de reinserción.

7 Thoughts on “UNA MADRE VENIDA A MENOS

  1. Jajajaja ya sabes que mal de muchos, consuelo de tontos, pero aquí una muy tonta que se muere de risa porque está igual, o peor. Con lo que yo he sido… Mañana mi mediana estrena su obra de teatro y me lo ha tenido que recordar otra madre a la salida del cole: “mañana actúan”, y yo con cara de póquer, sin tener muy claro de cuál de los 3 me hablaban pero con cara de saberlo, por supuestísimo, y de llevar todo un mes ensayando con ella, ¡faltaría más! :/ ¡en fin! Quiero creer que pasará y recuperaré la memoria en cuanto sean un poco mayores, a ser posible antes de perderla por completo jajaja. ¡Beso gordo, María! Un placer leerte, como siempre.

    • entremadridybuenosaires on 2 junio, 2016 at 9:32 am said:

      Pues vaya par que estamos hechas.
      Yo quiero creer lo mismo.
      Que sea un estreno digno de Oscar!

  2. Venga que me uno al grupo de madres desastrosas para que no os sintáis tan mal. Levanto la mano y digo: ¡yo me perdí el martes la función de teatro de los dos! tuve que mandar a mi querido esposo con una cámara de vídeo y puedo confirmar que no comparte el talento para filmar de su hermano… eso y que hay un niño que no para de ponerse delante de Aitana durante toda la obra para boicotear su actuación. Sus padres estarían encantados con la grabación que tengo en casa porque sale más que mi hija 🙂

  3. María… Me he reído sin pausa con cada una de tus palabras.

    Creo que, ¡ya quisieran muchas mujeres ser ese tipo de madresvenidasamenos! =)

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