UNA GRAMOLA POR MIS TEMORES Y POR MIS SUEÑOS

Dicen que admitir temores es el primer paso para superarlos. Y yo hoy los vengo a declarar abiertamente, porque mis sueños son míos y mis miedos también. Ergo, con ellos hago lo que quiero. Por eso también los analizo, porque a mí esto de las artes divagatorias me entusiasma.

Veréis, yo invierto bastante de mi desprestigiado tiempo en analizar todo, cumpliendo todos los clichés que me queráis encasquetar. Y mis sueños (que ya dije que son muchos) no iban a ser menos. Los examino a conciencia, como si algún deje Freudiano se escapara a mi control, llegando a intuir que mis sueños suelen estar emparejados con mis temores. De hecho diría que hasta van de la mano. A veces se rozan tanto que les cuesta cederse el paso.

Me aterra, y mucho, que mi miedo a volar se agudice con la edad. Porque con la edad se agudiza todo. Para bien y para mal. Al menos eso me avisó la ginecóloga (apañados vamos). Y a este ritmo de agudización de todos mis síntomas de la edad, es bastante probable que si en mi matrimonio quiero encontrar un equilibrio en el que mi pavor no destroce el ardiente deseo de mi marido por viajar, terminemos recorriéndonos el mundo en burro y en canoa. Porque de los coches y las formas de conducir ya hablaré otro día.

Además de éste, tengo más temores de andar por casa, como que mi tormentosa relación con el arroz termine siendo mi firma culinaria. Con el empeño que yo pongo…  aunque pensándolo mejor quizás no sea miedo a ser yo misma deidad de la escasez de habilidades en la cocina, sino a convertir a los míos en radicales de los que solo comen arroz en Valencia o Alicante.

Siguiendo con la ristra de temores comunes y banales que me asolan, os confieso que a pesar de que el espíritu hollywoodiense invada mi vida, me aterra que Morticia deba salir a escena más veces al año de las que Halloween exige. Incluso que sea Pantoja la que ocupe su puesto. Porque tan malo es sufrir el descaro como no tener la oportunidad de ir a la peluquería y hacer méritos para sufrirlo.

Me da un miedo atroz que mis hijos den un golpe de estado y deroguen mis jueves en pro de las modas. Primero los libros, luego los juguetes, la televisión, la música, la ropa, los lugares a los que vayan, a quienes frecuenten y luego ese punto en el que se den cuenta, tardíamente, de que han sido más otros y menos ellos. Porque os mentiría si os dijera que no me aterra pensar que mis hijos son embebidos por un entorno en el que las apariencias  lo son todo y nada a la vez.

Con mi nuevo delantal de estrellas y el emplaste del tinte en la cabeza, así un día normal en mi caótica rutina, me viene igualmente a la sazón el miedo desmedido a que los excesos nos dejen sepultados bajo nuestro propio yugo de exigencia o permisividad. Tener necesidades que tan pronto se mueven en los círculos donde se ejercita la instrucción intelectual de los niños como obsesión paternal y maternal, como en los otros círculos antagónicos en los que se considera que la intelectualidad solo se gana a base de diversión, me parece un ejercicio de simplificación que puede llevar a nuestro barco a perder el rumbo, siguiendo una brújula desimantada que se ha vuelto loca tras ser asolada por diferentes fuerzas magnéticas. Unas camufladas bajo métodos milagrosos de desarrollo de habilidades y otras revestidas de un espíritu renovador que lucha contra los deberes perdiendo el poco atisbo de sentido común que pudiera identificar la defensa a ultranza de una postura tan extrema.

Otro punto desestabilizador de mi interior más miedoso es el de no saber poner freno a mi torpeza con la tecnología moderna. Que siga avanzando dejándome a mí de lado y, por lo tanto, desproveyéndome de buena parte de la capacidad de entendimiento de la realidad que van a vivir mis criaturas. No poder descubrirles las bambalinas del teatro de la vida, donde de verdad se vive, me arruga el ceño con repulsión de antigua y el alma con misticismo de moderna. No quiero que conviertan la amistad en un indicador mensurable a partir del número de “likes” o “me gusta”. Tampoco que identifiquen su valía en función del número de seguidores virtuales (ni reales). Y qué decir respecto a mi temor a que utilicen la palabra “self” como prefijo (selfie) en lugar de como sufijo (herself o himself). Y la realidad es que para mostrarles todas las caras de la realidad (valga la redundancia) no me puedo rezagar. Debo estar dentro del laberinto en el que la salida hacia las alcantarillas es sumamente fácil de tomar.

Pero no os penséis que en todo soy así de superficial, que también tengo dilemas de los de verdad. No lo puedo ocultar. Nada me aterra más que mis hijos cumplan años y no saberlo gestionar a nivel emocional. No me importa que crezcan, no me importa que se despeguen de mí,  no me importa que el tiempo pase (aunque prefiero que no se me escape), lo que de verdad me preocupa es olvidar lo que un día me dio la perspectiva de que la vida puede cambiar de la forma más brutal sin que lo elijas, lo merezcas o desmerezcas. En un segundo.

Mi hijo pequeño cumple tres años y estoy cagadita porque cada día olvido algún detalle de cómo vino a este mundo. Espero que el rescoldo de la fogarata que organizó el incendiario de mi hijo, siempre me acompañe. A perpetuidad. Será la manera de enseñarles la justa medida de los demás miedos que se ceban conmigo.

Felicidades, hijo.

 

Look at my life, look at my dreams,
And the wonder that the sky it seems so blue, so blue,
And I smile as I sit,
Cos I’ve found my perfect fit, and it is you,
Yeah it’s you.

2 Thoughts on “UNA GRAMOLA POR MIS TEMORES Y POR MIS SUEÑOS

  1. Me encanta. Me encanta que hayas compartido tus miedos y quebraderos de una forma tan delicada y tan graciosa a la vez, porque también son los míos ( y seguramente también los de muchos) y yo no los hubiera podido expresar mejor. Ahora ya, si alguien me pregunta cuáles son mis miedos y sueños, les referiré directamente a tu blog para que los lean.
    Gracias querida ( te he dicho alguna vez que me chifla esta manera tan argentina de apelar a alguien? )

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