UNA GRAMOLA POR EL KARMA

Mi mediana transpira “artisteo”. De manera abrumadora. Lo suyo ya no sé si es vocación o pedigrí festivalero. O quizás ambos. Domina el dramatismo dentro y fuera de los escenarios, llevando su magisterio en artes escénicas allá donde va. Y no lo suelta. Algo que se traduce en que, con ella, la línea que separa lo real de lo ficticio, es tan fina como borrosa. Todos, a su alrededor, terminamos cruzándola sin darnos cuenta, porque tiene la inestimable virtud de golpear emocionalmente al espectador de corazón quebradizo y hacerlo caer en sus redes sin escapatoria. Es una actriz de las que convulsiona a su público y cifra su éxito si no en el realismo de sus avatares, sí en el de sus pesares.

Habitualmente la descubro en situaciones de surrealismo doméstico por las que podría ser laureada con honores. El otro día mismo convenció a su hermano pequeño para asistir a una clase maestra de psicología. El material didáctico utilizado como soporte era nada más y nada menos que un plano de metro. Cada estación, un debate. Al verlos, no quise meterme en semejantes andurriales. Podía salir muy malparada si confirmaba tener un grado de ingenuidad mayor que el de ella. Sólo escuché. Perpleja.

A estas alturas de la vida, después de cinco años con ella, asumo que tiene credenciales divinas para cambiar de personaje con tanta regularidad como alegría. Su facilidad es desconcertante. Una buena mañana se levanta como la encarnación viva de Susanita, la amiga de Mafalda, queriendo tener diez hijos a los que alimentar, cuidar y educar, y otras te suelta, con la boca pequeña pero elevándolo a dogma, que no piensa tener ni uno porque no quiere hacerme abuela. Y lejos de estar preocupada por mi vejez, (no penséis con candidez), lo está por la suya propia, me confiesa. Los hijos se tienen “de mayor”, con las contrariedades físicas que conlleva (tenerlos y hacerse mayor…). Una doble realidad incontestable, por otra parte.

Cuando nos toca despachar con Susanita no hay espacio más que para los chascarrillos domésticos. Suele estar preocupada porque la leche normal le sienta mal a su hijo y no sabe si le va a gustar la leche sin lactosa. Pretende cambiársela porque en algún sitio escuchó sus bondades y está apostando por una alimentación cada vez más sana. Va a sustituir las golosinas por fruta. Tienen más fibra y vitaminas. Convence a sus vástagos para que la tomen sin rechistar a base de soltarles peroratas sobre la relación directa entre la fruta y la ausencia de catarros. Otra de las grandes preocupaciones que tuvo hace un par de meses fue la de buscar un carrito gemelar que cumpliera sus exigencias, sobre todo la de tener una buena cesta debajo. Cualquier modelo no vale. Tiene que tener una cesta/bolsa en la parte de abajo adecuada para guardar la compra.

Con su versión más reivindicativa, el derecho a mantenerse atractiva a lo largo de los años, sin que eso merme todas sus capacidades y valía, sobrevuela todos los demás derechos. Tira de melena rubia para conquistar, de colorete para aderezar, y, con esa mascarilla que delata una dulzura irresistible, exige la cortesía de reconocer que de tonta no tiene un pelo. Toma adoctrinamiento filosófico.

Y estos son solo dos de sus múltiples registros. Los tiempos trémulos que estamos atravesando ahora, tras el último incidente con el dedo, le están dando a esta criatura más que tablas para moverse con desenvoltura por el camino que va del teatro pánico al teatro del absurdo. A mí, mientras tanto, estos tiempos me llenan el argumentario por el que debo seguir considerándome una advenediza de la maternidad.

Veréis, mis esfuerzos por sofocar nuestras discrepancias a la hora de vestirla cada mañana, o desvestirla cada noche, están erosionando tanto mi paciencia como mi corazón, que más veces de las que yo quisiera se desmorona.

Entiendo perfectamente que quitar la gasa de una herida es un proceso lento. Complicado. Puede llegar a ser incluso de una hora de duración. De reloj. Y lo complicado en sí no es quitarla, sino intentarlo. Porque no la convenzo para que me deje el dedo ni con las más incumplibles promesas. Nada. No hay manera. Si oso hacer algún movimiento extraño, los gritos de histeria se escucharán hasta la siguiente manzana.

No os digo nada cuando tengo que ponerle crema o vaselina para ablandar la costra que tiene alrededor y encima de los puntos. El drama está servido. En su versión hiperbólica.

En cuestión de heridas es exagerada por principio, y tan intensa, que consigue estar cuatro días con la misma camiseta por no consentir que la manga roce algo que no debiera. Está bien que la cosa fue gorda y debemos estar todos más que agradecidos porque el dedo siga con ella, pero esto es un suplicio. Para ella y para mí.

Aunque la entiendo. Porque lo bueno del asunto es que mi hija tenía el cincuenta por ciento de probabilidades de heredar la cara y la falta de teatro de su padre. Pero heredó todo de mí. No se anduvo con diversificación genética. Y es tan hipocondríaca como yo. Escucho de su boca frases que yo usaba de pequeña (y prometo no estar usando en mi camino hacia la senectud) como “me sale aire caliente de la nariz” (cuando tiene fiebre), “me duele el corazón” (cuando tiene un cólico de gases) o “me están clavando algo” (cuando tiene flato). No puede ser más igual que yo. No he tenido ni que obligarme a soñarlo. Es realmente una calcomanía.

Diría que nos parecemos tanto que las fuerzas magnéticas nos llevan, incluso, a elegir los mismos amigos.

Uno de sus grandes consuelos en esta convalecencia, suya y nuestra, están siendo sus amigas. Verlas le devuelve la sonrisa. Y a mí. Porque ella es mi fiel reflejo y una de sus grandes amigas el de una de las mías en mi infancia. Verlas juntas me enternece y me hace desear que mantengan su amistad durante muchos años, recordándose con el mismo cariño que yo a mi amiga Isabel.

Los mejores cumpleaños, los de Isabel. Las mejores fiestas de disfraces, las de Isabel. En la casa que mejor se merendaba, la de Isabel. El mejor hermano para hacer de lobo obligándonos a correr como locas por toda la casa, el de Isabel. La que tenía una risa más contagiosa, Isabel. Los padres más cariñosos y divertidos, los de Isabel. La que me retó a pincharle el culo a Olga con la aguja de costura en clase de la madre Eusebia, Isabel.

Me encanta que el karma nos devuelva esta reencarnación de ambas. Teniendo una amiga tan parecida a Isabel, seguro que mi hija recordará este trance como un pellizco menos doloroso. Al menos como Olga lo recuerda.

Va por ellas, por nosotras y muy especialmente por ti, querida Isabel.

 

 

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