UNA GRAMOLA PARA RECORDAR

El poder de la mente me fascina, a la par que aterra.

Es bastante curioso cómo a la hora de construir nuestros recuerdos tendemos a mezclar lo real y lo ficticio. A vestir nuestras reminiscencias con ropajes de la imaginación. No lo digo yo, lo dicen acreditados profesores de psicología de la Universidad de Londres.

Resulta que todas las vestimentas de gala con las que ataviamos las memorias dependen, por completo, de nuestro subconsciente más temprano, el de la etapa como infantes menores de seis años. A partir de esa edad se toma más conciencia de uno mismo y los recuerdos son más fiables y duraderos. Pero antes, el inconsciente moldea incluso lo que somos incapaces de recordar.

Dejándonos llevar por la inercia colectiva, tendemos a pensar que un recuerdo es más exacto cuanto más vivo y más detalles se tienen de él, pero parece ser que es al contrario. Y además, los expertos sostienen que, aunque los recuerdos no sean accesibles, pueden influir de manera inconsciente a la hora de tomar decisiones tan importantes como la de elegir un socio o las personas que nos acompañarán en el futuro.

Yo me fío bastante de mis recuerdos y de mi subconsciente. Al menos de momento.

Cuando hago el ejercicio de evocar mis recuerdos más tempranos puedo construir una película en la que la protagonista se ha fugado de casa con unas zapatillas de estar en casa unos quince números más grandes de lo que le correspondían. Creo que no llegó demasiado lejos no por falta de iniciativa y empuje, que le vienen de cuna, sino por las dificultades para mover semejantes zancas. Pasaba las temporadas de verano en una ciénaga que parecía tener la inmensidad de un océano y el exotismo y la diversión del mismísimo Caribe. Hablaba por la emisora de radio con la que su abuelo le dejaba trastear. No se dejaba achantar por un perro más grande que ella, capaz de esquivarla, haciéndole un quiebro sin rozar, cuando se lanzaba a la alocada carrera por la emoción de verla. Una niña que recuerda que el hipo se quita con sustos. Cuando con cinco años estaba leyendo la cartilla al son de su propio hipo, la profesora le hizo temblar las canillas al insinuar que le iba a decir a sus padres que había saltado el muro del colegio. No se veía capacitada ni física ni mentalmente para acometer semejante osadía. Tampoco tenía necesidad. No entendía nada. El surrealismo la dejó muerta. Con la sangre helada. Por fortuna, el hipo también. (Si os asalta la duda, no tengo ningún trauma al respecto ni ningún rencor, más bien todo lo contrario. El juego que da inventar sustos para quitar el hipo es mejor que cualquier entretenimiento moderno de los de ahora).

A partir de mis reminiscencias, reales o inventadas, me armo una película donde la felicidad pasa por una guardería con una casa en un árbol, la furgoneta de Lorenzo para llevarme a casa y un novio pelirrojo con el pelo largo, liso y brillante.

No recuerdo su nombre ni su cara. Solo su pelo. Seguro que eso me ha marcado… El elegido como marido es el candidato óptimo para un anuncio de champú. El de just for men, un aficionado. De verdad. No es ironía.

Poco más que su pelo recuerdo de él. Pero de mi lista de amores, que de ser modesta ha pasado a escueta (por no acordarme de algunos, sin querer o queriendo), el bermejo ocupa un lugar entrañable en mi corazón. Destaca como el que menos problemas me causó.

Y aunque yo me fío muy mucho de mi subconsciente, no hay que olvidar el tinte hollywoodiense que tiene. Quién sabe si no es todo fruto de mi imaginación de hilandera de sueños.

Real o no, lo cuento como primer amor.

Sé de mi mayor que de su primer gran compañero se acordará siempre, porque ha seguido siéndolo pasada la barrera de los seis años. Al pequeño le recordaremos toda la vida que su tierna infancia estuvo marcada por un amor platónico desmesurado que le hizo ser protagonista de la película “El amor tiene dos caras”. Y a mi mediana no creo tener que recordarle nada. Su primer amor le caló tan hondo que sus recuerdos desafían triunfantes al refrán “ojos que no ven, corazón que no siente”. Igual de increíble resulta que, incluso en la ausencia, es correspondida. El uno al otro se tienen como referentes.

Alguna vez se han visto tras la separación a la que aboca la salida de la guardería, y tras unos instantes con cara de alegría denterosa en los que se regodean rumiando la timidez, recuperan con facilidad esos líricos momentos juntos, el loco deleite de la infancia cuando pequeños gestos te ponen el corazón en la garganta.

Pudiera ser que el viaje al Tíbet no fuera tan apremiante. Él cuenta con nuestro beneplácito.

Su madre tiene la alfombra roja en mi espacio. Fiel, prudente, discreta y animosa. Un lujo de consuegra.

Hoy mi querida Bárbara, mi gramola va por nosotras y por nuestros hijos. Que algún día sean conscientes de que deben hacer caso a su subconsciente a la hora de elegir. Porque así, no fallarán.

Siempre los recordaré dando palmas y bailando el chotis.

De estos recuerdos no me gustaría olvidarme nunca. Ojalá ellos tampoco.

2 Thoughts on “UNA GRAMOLA PARA RECORDAR

  1. Pues te puedes creer que yo voy perdiendo memoria y recuerdos… ayyyy… Me estaré haciendo mayor, o será que en lugar de almacenar voy retirando para meter nuevo?? jajaja 🙂 La dos cosas!!! Un beso grande

  2. entremadridybuenosaires on 20 junio, 2016 at 12:19 pm said:

    Tranquila. Aunque no te acuerdes de ellos, y pienses que los has retirado, los tienes almacenados en tu subconsciente y no te abandonarán. El almacenaje en las profundidades más irreconocibles de la mente para dejar paso a lo nuevo es optimizar los recursos.

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