OH MI ROMEO

Los roles en las familias se adquieren desde el principio. Críate la fama y échate a dormir. En la nuestra ya tenemos muy asumido que yo soy la austera y mi etiqueta negra el derrochador. De los que se da al lujo y al dispendio con honores en menos que canta un gallo. Su apodo no le ha sido otorgado por casualidad.

A modo de compensación, me embebo rigurosamente en mi papel olfateando cualquier rastro que me conduzca directa a una oportunidad de ser mínimamente ahorradora. Y aunque mi tercero se empeñe una y otra vez en destrozarme la excelente pituitaria que me tocó en gracia al nacer, sigo jactándome de ser una gran sabuesa. Continue Reading →

“LLÉVAME AL HUERTO” PODRÍA SER UN BUEN COMIENZO

Ahora mismo tengo un dilema de los gordos. De esos de los que, más asiduamente de lo que yo quisiera, se me presentan y me hacen devanarme los sesos hasta quedar extenuada además de mentalmente tocada. Me encuentro sepultada por un exceso de actividad cerebral que me tiene viviendo en un desorden mental bastante pintoresco.

Mi gran disyuntiva es que no sé si por una sola vez, y sin que sirva de precedente, debo dar la razón a mi etiqueta negra, que siempre ha defendido que en unos años nos debemos ir a vivir al Tíbet, donde el porcentaje de hombres que no catan mujer es más elevado que aquí. Él es de los que se agobia en una playa sin chiringuito y sin sombrilla, de los que necesitan urbe directamente inyectada en vena, pero sólo pensar que algún varón se arrima a sus hijas creo que le debe agobiar más. Mucho me temo que en Argentina, aunque esté lejos, sentiría más de lo mismo. Tíbet es una solución más adecuada y él un padre sacrificado.

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LA CUESTA DE ENERO

La cuesta de enero, además de tener magnitud en términos económicos tiene su propia medida en términos psicológicos. Ambas dos terribles escalas son. Muestran como evidente lo que cuesta reponerse. A mí ,en particular, mucho, que en estas fechas tengo el bolsillo roto y no hago más que tirar de mi excusa de austeridad para comprar en las rebajas ropa infantil para el año que viene. Teniendo en cuenta además que el pobre bolsillo ya estaba bastante maltrecho después de las Navidades, en enero el agujero termina con envergadura de socavón de altura.

De los desajustes psicológicos nos cuesta igualmente recuperarnos. Pero en este caso cada uno tiene su propia saca que enderezar, no como en el otro, que solo hay una, común y familiar.

Por orden.

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EL TIEMPO PASA

El tiempo pasa. Se nos escapa. No hay que enfocar los recuerdos a las profundidades del tiempo para darnos cuenta. A veces pasa por nuestra vida coqueteando con alegría y nos recibe no sólo con afables apretones de manos, sino con tiernos besos y abrazos. Otras veces llega turbulento, dotado de una descarada cualidad para fastidiar. Viene dispuesto a abalanzarse sobre nuestro pescuezo y hacernos sentir frágiles y modestos.

Pero estoy dispuesta a hacerle frente. Si hay que batirse, lo hago ¡Menudo desvergonzado!

Y es que el tiempo no sabe con quién se ha topado. Soy un alma de diablesa revestida de seda; una auténtica bruja lista para escribir mi conjuro, porque a santo de qué tanto apuro.

Me quiere alguien explicar por qué el tiempo se empeña en pasar llevándose a mis hijos sin rechistar.

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UNA GRAMOLA AL CALOR DEL HOGAR

Ha tenido lugar un acontecimiento de antología. Digno de ser destacado. De esos de dimensiones extraordinarias. Mi etiqueta negra ha vuelto. Al son de la melodía del turrón del almendro, el patriarca vuelve a casa por Navidad tras un exilio laboral que ha durado apenas cuatro meses. Continue Reading →

UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS

Ciertos rastros de divina juventud encuentro en mi sempiterna alma. A pesar de hacerme cada día un poco más vieja, algo que acepto con sencillez y piedad, en ocasiones me veo envuelta en una maraña en la que sólo la inconsciencia de la juventud te puede atrapar. Es la única explicación plausible que encuentro. Eso, o ya me voy apeando del burro de férrea detractora de la saga “Grey” y asumo que tengo más de masoquista de lo que me gustaría llegar a admitir jamás.

Una, creyéndose en la plenitud de su mocedad, sucumbe a las sugerencias de su etiqueta negra de ir a verle a otro país. Con mar de por medio. Nada más y nada menos. Sola. Con los tres niños. En avión. Con el pánico a volar que yo tengo. Sólo en mi contra diré que no era Argentina. En lugar de 12.000 km eran solo 1.700. Una nimiedad en términos relativos, está claro, cristalino. No sé de qué me quejo.

Te ponen en bandeja cuatro billetes de avión para ir a Londres en la temporada Navideña. Además te llevan las maletas dos semanas antes. A ver quién es el guapo que dice que no. Total, sólo tengo que ir con una mochila y tres niños, ¿qué podría llegar a pasar?

TAXI LONDINENSE

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LA HERENCIA

Para vuestra sorpresa e hilaridad, la inteligencia se hereda. Y más aún, para amargura de mi etiqueta negra e incluso imagino para la de su santo padre, se hereda de la madre.

Este fue el principal mensaje con el que me quedé tras semanas poco fructíferas de asistencia a un curso de preparación al parto en mi primer e ingenuo embarazo. En los dos siguientes, además de por razones que obedecen a mi imposibilidad física por cautiverio residencial y hospitalario, y consciente de que ya era sabedora de la única gran verdad que me transmitieron, no fui a ninguno.

Es más que probable que la teoría disguste no a unos, sino a muchos, pero es nuestra inherente realidad. Hace años un científico estadounidense llamado Robert Lehrke postuló que la inteligencia de las personas está relacionada con el gen X (el de la mujer). Por otra parte, y más recientemente los doctores alemanes Horst Hameister y UlrichZechner enunciaban la teoría sobre la relación que existe entre los genes X y la memoria y las terminaciones nerviosas del cerebro. Parece ser que las mujeres somos responsables de la inteligencia de los humanos incluso a través de la selección que hacemos del varón, primando la inteligencia frente a la belleza e iniciando un mecanismo de selección natural. En este punto es donde el patriarca de mi hogar debe sacar pecho y cambiar su siempre impávida expresión por una de júbilo casi artístico. Desde luego no es moco de pavo estar a la altura de mi elección. Casi escucho los gritos y alaridos de emoción.

Dicho esto, resulta eminentemente incuestionable el alarde propagandístico que vengo a hacer de mi prole. Son listos a rabiar. Y guapas y guapo como su padre, no lo voy a negar.

Son genios en todos y cada uno de los campos que tocan. Consecuencia irrefutable de ser un epígono, que no un epílogo.

Si por materias he de analizar, el álgebra la tienen completamente dominada, cada uno en su nivel.

La mayor ya suma y resta con digna destreza, manejando con soltura el concepto de decenas. Tan interiorizado lo tiene que incluso cuenta por grupos de diez las monedas con las que el Ratón Pérez le obsequia por sus caninos. El valor no importa, el tamaño y la cantidad sí.

La mediana tiene centrados sus esfuerzos en los números ordinales, presiento que motivada tanto por su posición como por su pausada condición.

El último se encuentra inmerso en esa lucha interior por discernir entre muchos y pocos. La criatura tiene completamente asimilado el concepto “mucho”, puesto que todo, absolutamente todo, es suyo. Entiendo que se le antoje difícil distinguir que en ocasiones es poco. No me preocupa. No es una cuestión de inteligencia, sino de terne voluntad.

En dialéctica, matrícula de honor ostentan. Diría que es casi la mayor muestra de su extraordinaria y heredada inteligencia.

Su dominio absoluto del lenguaje verbal y corporal me convierte en una rival fácil de desarmar. Por no mencionar su gran especialidad, la de inventar. También noble herencia de su madre. Pero esta inusitada cualidad no viene de la mano del azar o la ventura, sino de la cordura y el fundamento. Sólidos son los argumentos.

¿Acaso no es un pavo una persona sosa o incauta y por lo tanto el que está “apavardao” es el que tiene cualidad y calidad de pavo?

¿O alguien duda de que el prefijo “des-“ denota negación o inversión del significado de la palabra simple a la que va antepuesta y por ese simple y llano motivo la expresión opuesta de “me arrimas” sería “me desarrimas”?

Yo desde luego, ni osadía ni atrevimiento. Para mí es todo un descubrimiento.

El mismo que hoy os he venido a contar y por el que agradecidos todos hemos de estar con nuestros ancestros femeninos.

Y aun así, la RAE nos persigue

¡Qué desasosiego!

niño sabio

Fotografía sacada de Avance Mundial

 

MI FIESTA DE NO CUMPLEAÑOS

Creo que aunque hubiera sabido lo que me deparaba el futuro hubiera elegido el mismo camino. Por muy agoreras que fueran sus señales.

Desde mi tierna infancia como hija única (etapa que fue muy alargada en el tiempo y truncada por contratiempo o desliz mayor) siempre tuve el deseo de experimentar lo que era el amor fraternal. Ese amor que yo veía a mi alrededor, tan pasional, para bien y para mal.

Hermanos que se desgañitaban al mismo nivel que en ocasiones se pegaban. Rivalizaban con disputas convertidas en ejercicios de vehemente discusión. Los que luego supe eran los efectos del calor que caracteriza la infancia como condición.

Pero al mismo tiempo se querían. Vaya si lo hacían. Y con que predilección.

Se protegían enarbolándose como el mejor vigía que defiende incluso desde la lejanía.

Se encubren con disimulo. De callados, hasta mudos.

Admiraba y envidiaba lo que tenían. Yo para mi lo quería. No tenía entretenimiento, ni defensa ni encubrimiento. Aunque no es menos cierto que ni mucho menos añoraba el agasajo de una imprevista bofetada.

Pero a lo largo de mi vida, en ese ir y devenir de azarosos y forzosos acontecimientos, yo claramente veía que la balanza se inclinaba, así que no hacía más que pedir una hermana (o hermano), que se hizo esperar hasta casi mi emancipación.

Y fue entonces cuando vislumbré que si la naturaleza me lo permitía, a mis hijos hermanos les daría; y desde luego sin tanta tardanza, porque el asunto no era ninguna chanza. Que luego la fraternidad se convierte en una frustrada maternidad.

Dicho y hecho.

Puntualmente llegó. Mi etiqueta negra asumió y cumplió su misión. Afortunadamente compartía mi misma filosofía de vida.

Con lo que no contábamos es que nuestra sólida teoría caso omiso de las señales hacía. Daba igual que el análisis de tendencia reflejara la más inversa de las proporcionalidades entre facilidad y tino para conseguir un embarazo y la bonanza del mismo. Ni tres meses en propia cama por una amenaza de parto prematuro con la segunda podrían rebajar nuestras ansias de procrear. Porque aun cuando el profesional de turno te verbaliza recalcadamente que los antecedentes marcan pero no se puede determinar nada a ciencia exacta, una se agarra a un clavo ardiendo y por una única y exclusiva vez se queda con la letra pequeña del contrato materializada en la esperanzadora frase: “aunque puede ser que no se repita, en estas cosas nunca hay nada seguro”.

Desafiando a las leyes estadísticas y queriéndome coronar como uno de los múltiples acontecimientos extraños que a veces ocurren en nuestra espuria realidad, el tercero llegó, casi tan solo mirando un pantalón. Pero ay amigos lo que le costó quedarse y afianzarse.

Me voy a ahorrar la enojosa sintomatología que durante meses me acompañó. Solo al recordarla me sobreviene la mayor desazón. Esa que desde luego nunca entenderán los que con ignorante alevosía sueltan con total e inmerecida impunidad: “estás embarazada, no enferma”.

Hay para quien la imprudencia es casi una ciencia.

Lo que mal empezó, luego se complicó. Parece ser que mi cuerpo va por delante de mi mente en lo que ansias de maternidad se refiere. Llegada la semana veinte y poco me convierto en una bomba de relojería, que quiere expulsar hijos con ligereza y no precisamente alegría. No se sabe ni por qué, ni cómo. Y lo peor de todo, que encima, no lo noto.

Así que en una simple revisión me raptaron sin remisión.

No son los dos meses que estuve postrada en una cama mirando al techo, con la simple resignación de que ser una incubadora era mi única opción. Ni el inexistente movimiento que sin masa muscular me dejó. Ni la medicación que me daban, que en un ahogo me tenía fruto de las taquicardias que me producía. No era mi pérdida de autonomía ni una soledad que era de todo menos distinguida. Era que yo tenía dos hijas y estaban privadas de mi compañía. Y que al dolor y pesar que sentía se unía el miedo que constantemente me perseguía por no saber si mi tercero sobreviviría.

Vi mis fuerzas, que son muchas, flaquear sin rumbo tantas veces como luego me sobreponía; porque afortunadamente a mi etiqueta negra tenía.

El que de las niñas y de mi se ocupaba, además de saldar con éxito su laboral jornada. Y en un sin vivir estaba, pero con dignidad lo llevaba. Con cariño y mimo me trataba transmitiéndome con cada palabra que la traba sería superada.

Y así fue.

Ni una mortal septicemia pudo al final conmigo ni con mi hijo.

En absoluto me importó tener un lento proceso de recuperación. Eso ni por asomo impidió que me proclamara feliz ganadora, diva indeleble, inalterable y fatal de la maternidad, la que el destino y el aura divina parece me dejarían seguir desde la primera fila.

Volví con mis hijas, que experimentaron al verme una emoción que literalmente las dejó sin respiración. Y aún a día de hoy lloro al recordar como a mi mayor le costaba respirar cuando se me abrazó y sin apenas aliento me preguntó si iba a quedarme a cenar.

El 9 de noviembre nació mi hijo menor y una nueva madre por devoción.

Y por muy cansada, desesperada o desquiciada que esté doy gracias a la vida por tan preciado regalo, el que celebro cada 9 de noviembre, un tardío día de septiembre y un iluminado a mediados de mayo, en mi fiesta de no cumpleaños. Porque sin ser Alicia, lo que ahora tengo es una auténtica delicia.

Sólo un deseo pido. Que las luchas intestinas que en la infancia dominan, dejen paso a una no pixelada hermandad duradera de verdad.

FIESTA NO CUMPLEAÑOS

LA ERA DE LOS AUTÓMATAS

Alcanzo a intuir, no sé si a ver, un futuro no muy lejano en el que incluso mi espíritu hollywoodiense termina desbordado por el cariz de ficción que va cobrando la realidad. Robots con funcionalidades y apariencia humanas, carreteras interestelares, transporte público aéreo, conexión entre planetas, viajes a través de la dimensión espacio-tiempo, etc. Incluso a raíz de las últimas noticias no me parece nada descabellado pensar que acabaremos alimentándonos a base de combinados de pastillitas de colores para identificar las que son de proteínas, cuáles las de hidratos, o las de vitaminas. A ver cómo diseñan las de los nervios para no mezclarlas o pasarte de dosis… Por no mencionar que los científicos ya andan comentando que el futuro son los insectos, la mayor fuente de proteínas capaz de sobrevivir a nuestra propia extinción. Según la OMS, no nos va a quedar ni el consuelo de un buen pedazo de carne o un buen jamón pata negra. Y eso, para un argentino de pro y una extremeña de corazón, es la más apocalíptica de las realidades.

Más allá de cómo se resuelva la problemática de la ingesta, sí me resulta muy cercano imaginarme un robótico futuro, máxime cuando a veces creo que me estoy convirtiendo en uno de ellos.

Cada mañana me levanto a la misma hora.

Toca aseo personal.

Casi me pongo la misma ropa.

Disfruto de mi dulce ensimismamiento.

Para luego dar paso a la persecución que sobre mi psique ejercen los rituales de amanecer en los que afloran los deseos de ver a mis hijos crecer. Anhelo que rápidamente se disipa con tan sólo imaginar un resquicio de pubertad. Pero centrándome en mi presente más real, lo de aviar a tres es un entrenamiento al más puro estilo ironwoman que mis escasas ambiciones corporales no tienen intención de mantener.

Tan estanco y mañanero patrón cierra ciclo cuando mi progenitor me llama todos los días lanzándome la misma pregunta ¿cómo han dormido hoy? (Mis hijos). A lo que sistemáticamente obtiene la misma respuesta: “como siempre”. Es decir, poco y mal.

Parece una rutina que incorpora buena mezcla entre la película de Bill Murray (Atrapado en el tiempo) en la que todos los días el protagonista se despierta en el día de la marmota, o la mismísima Yo Robot.

Cuando mis automatizadas rutinas estaban más que interiorizadas, estandarizadas y óptimamente funcionaban, llega un imprevisto que sólo una mente humana, inteligente donde las haya, puede solventar.

El olvido de unas llaves modifica la manera de actuar. O al menos así debería resultar en el ámbito de la humanidad. Pero mi vena androide se exhibe incluso más allá de lo que atisbo es mi desnutrida voluntad.

Asumo con clarividencia que la ruta escolar automatizada debe ser modificada. No hay problema, se varía el orden de los destinos buscando la readaptación como mejor opción. La primera pareja es entregada. Sin embargo, el inusual silencio del menor no me avisa de que el cambio sigue en vigor, así que cuando el automatismo de pisar el acelerador me lleva a aparcar y mirar por el retrovisor, me doy cuenta, con estupor, que el tercero se me olvidó.

Y encima va y me sonríe. Con todo su amor.

¡Hijo mío, por favor! ¡Te esperaban en la guardería y yo te tenía en mi oficina!

¿Y si os digo que después de ese día en tres ocasiones entré en el parking de la guardería reaccionando tarde al darme cuenta que él ya no estaría?

Esto de vivir entre dos aguas termina conmigo…. No sé por qué condición prefiero hacer mi elección…. Si ser una humana desorganizada o una autómata desquiciada.

automata

 

PUNTUALIDAD BRITÁNICA

Hay cualidades que considero virtudes, entre otras cosas por lo que en ocasiones cuesta conseguirlas.

Aquí subrayo la puntualidad. Porque lo de llegar con cuidado y diligencia a la hora convenida no es una tarea baladí. Costar, cuesta. Es lo que tiene moverme a paso de tortuga o con el freno de mano puesto.

Aun así una no cesa en su empeño por conseguir ser una virtuosa. Me tacharán de todo, hasta de impuntual, pero desde luego, no de no haberlo intentado.

Siendo yo una impuntual mocita, escrupulosamente a tiempo llegó a mi vida el padre de las criaturas. Ese en el que la puntualidad no es sino otra negra cualidad más en su etiquetado.

Tras unos cuantos años de noviazgo mi etiqueta negra, además de puntual, demostró ser paciente. Si bien es cierto que en los albores de nuestra relación, el delirio y el frenesí mitigaban la espera.

Pero una crece y sospecho que también madura. Rectifica errores, no sé si por maduración o por educación, la que sutilmente, con cortesía y urbanidad, con embudo me ha impartido el patriarca en mi hogar.

No sé a otros, pero a mí lo de los paseos en la puerta con el abrigo puesto, pasar de jugar con las llaves a abrir el cerrojo, u osar incluso abrir las puertas de mi humilde morada dejándola expuesta a merced de la curiosidad de los vecinos estando yo aún en paños menores, como aquel que dice, me parece que presión es poco.

Y si además resulta que los niños están con los abrigos sin poner, los zapatos aún sin abrochar, o las mudas de repuesto ante calamidades por micción sin guardar, ni siquiera ilustres de la talla de Boyle-Mariotte o Pascal son capaces de recoger en sus fórmulas variables explicativas de una explosión por presión semejante.

Ni la física, ni la biología fallan. Que se lo digan a Darwin y que me lo digan a mí que sufro cómo la genética y la selección natural han convertido a mi hijo pequeño en emblema de puntualidad.

No me queda más que clamar que siendo carne de propia carne no hay más remedio que aguantar, así con argentina dignidad. Y cuando de nuevo al patriarca le vuelva a tocar ocuparse del mañanero ritual sufriendo la presión de tan británica puntualidad, me rememore con comprensión cuando los hechos vayan más allá de una mera percepción. No es solo un pedo no….

El niño además, de “con-dón”, es un cagón. Y con exactitud y regularidad suelta su vientre al pañal en ese preciso instante en que te tienes que marchar. Ni el sonido de unas llaves impedirá que la criatura se comporte así de natural. No por nada, sino porque su naturaleza es puntual. Como la de su padre.

Reloj