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ENTRE MADRID Y BUENOS AIRES ESTÁ HOLLYWOOD…

Desde bien chiquita, que diría una argentina, el espíritu hollywoodiense invadía mi ser. No en vano, cuando en el colegio la maestra nos invitaba a plasmar en grandes obras pictóricas nuestras futuras ambiciones profesionales yo dibujaba una pareja “agarrada” (como volvería a decir una argentina) de la mano, en un escenario que parecía ser la calle. Ni corta ni perezosa le plantaba dos rombos en la esquina, señal indiscutible de que quería ser artista. Para los foráneos y las criaturitas que desconozcan esta antigua simbología, era la que se usaba para clasificar un programa que no podíamos ver los niños.
ENTRE MADRID Y BUENOS AIRES ESTÁ HOLLYWOODAunque mi carrera se vio truncada tras un par de obras de teatro en el cole y nunca he tenido ni el más mínimo resquemor por haberla abandonado, creo que me sigue gustando el mundillo de la farándula. Tanto es así, que incluso busco rodearme de los que en él habitan. Desde siempre le compro el pollo a Demi Moore, estoy casada con Richard Gere, soy hija del detective de Twin Peaks, el ginecólogo que trajo al mundo a mi hija mayor es Ed Harris, la enfermera que me cuidaba por las noches en el hospital durante dos meses en los que tuve que ejercer de incubadora postrada en una cama (esto dará para un post muy largo…) es la fabulosa Scarlett Johansson, un representante de un proveedor de la empresa donde trabajo es John Goodman y, aunque muchos no lo sabéis, Morgan Freeman, además de actor, es un gran médico argentino y en la intimidad le llamamos Oscar. Así podría estar enumerando a una buena ristra de famosos que me persiguen.
ENTRE MADRID Y BUENOS AIRES ESTA HOLLYWOOD

Pues en este farandulerar, estoy contrastando, con evidencia empírica, que hemos engendrado unos hijos que apuntan grandes maneras de artistas.  La mayor es la gran emuladora de Forrest Gump, está todo el día corriendo. Cualquier movimiento lo hace con el ritual de la carrera, y además, le pasa como a él, que se introduce tanto en el papel, que no se percata de cosas obvias. Así como Forrest se olvidaba de hacer pis, mi hija se olvida de que hay paredes y se las traga de frente. La mediana es la que más registros tiene. Tan pronto se muestra como la nueva Marilyn Monroe, con su melena rubia y su sensual caída de ojos, como Vivien Leigh en sus mejores momentos de Escarlata O’Hara, llorando y poniendo a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre. Y por último, acojo en casa al único e irrepetible Jack Nicholson en el papel estelar del maniático Melvin Udall de la película Mejor Imposible. Lo que para unos es andar sin pisar las rayas de los baldosines, comer siempre en la misma mesa y con cubiertos de plástico o girar tres veces el cerrojo de la puerta, en mi casa se traduce en dormir sí o sí con la mano metida dentro de mi manga, meterse el chupete después de cada bocado o según lo levanta en brazos una mujer, meterle la mano en la pechera hasta que toca el fondo adecuado y deseado.

No es que me incomode albergar tal elenco en mi hogar, pero preferiría evitarme los golpazos de la mayor, el sufrimiento gratuito de la mediana o el sonrojo que siento cuando mi hijo le toca la teta a una desconocida. Más allá de eso, todo está perfecto.

Como dice la voz en off al final de la película Pretty Woman: “Sigan soñando, esto es Hollywood”

 

Tener un hijo con-don

Hoy se torna un día de esos en los que me gustaría poder afrontar las cosas a la argentina…

Pasarme el día corriendo con los pelos cual Julieta Serrano en mujeres al borde de un ataque de nervios; llegar a casa y comprobar que no tienes cena porque tus retoños están empezando a ingerir de manera tal que eres consciente de que debes recalibrar tu sistema de medida de cantidades; acostarme tarde por escribir en el blog en aras de satisfacer las escasas necesidades de lectura que mis cuatro locos seguidores me profesan en silencio o que a las tres de la mañana tu hijo decida despertarse durante dos horas para recordarte su existencia y su apego hacia la figura materna, no tiene precio. Y si para rizar el rizo además te desvelas, pues ya es el acabose.

julieta serrano 3

Así que cuando a las 6.30 de la mañana la obligación me llamaba y he puesto el pie en el suelo, el único músculo de mi cuerpo que me respondía era la “sinhueso”, ávida ella por soltar algún improperio. Y entonces me sobrevino el deseo de tener la capacidad de respuesta que una argentina en mi pellejo hubiera tenido y habría manifestado de la forma: “y bueeeenoooo qué va a ser. Son cosas que pasan, viste?; Te ponés un poquito de “maquillllaje” (así como pronuncian ellos) y listo, quedaste divina, lista para la nueva “batalllla” querida.

El problema en esta ocasión es que llueve tanto sobre mojado, y el cansancio acumulado es tal, que el poquito de “maquillllaje” tendría que ser una capa del grosor de las mascaras del carnaval de Venecia como poco.

Porque resulta que mi último vástago, ha nacido “con-don”, el de llorar no, berrear. No sé si fruto de ser prematuro, varón o, como mucho me temo, la combinación de ambos… lo que le ha provisto del don de ser un niño condón, vamos, de esos que te hacen no querer tener más. Entre otras cosas y más allá de mis apetencias, mi cuerpo serrano no está en las condiciones de acoger otro miembro más en este nuestro redil, amén de los embarazos que sufro, que no se los deseo ni al peor de mis enemigos. No tengo los treinta y escasos que tenía cuando nació la mayor, ni los treinta y pocos de cuando nació la mediana, ahora tengo unos treinta y tantos que parecen treinta y muchos después del tute que las dos mayores nos han dado y la estocada de este gran maestro en el arte de la manipulación emocional con solo su voz como única arma.

Fue en un momento de estos de sumo cansancio, tras un par de noches toledanas a consecuencia de la floración de los caninos de la mediana, cuando hace ahora dos años nos predicamos al unísono mi querido esposo y yo: -si vamos a tener otro hijo, tiene que ser ya; esto no lo dilatamos más en el tiempo, que cada día que pasa es un día menos de fuerza que tenemos-

Dicho y hecho. Mi psique se asustó tanto que pese a los ovarios vagos que en su día me diagnosticaron (y menos mal que así han sido porque si no me hubiera coronado como la pobladora mayor del reino) fue llegar y besar el santo.

Y si la estacionalidad no fuera eliminada de nuestro modelo de regresión matrimonial y aplicáramos el teorema de la proporcionalidad directa entre llantos, cansancio y edad, sería este el momento en el que nos tocaría idear, al menos, el cuarto, pero en esta ocasión y en un alarde de osadía, me atrevo a decir que ya ni uno más. Y digo de osadía, porque miedo me dan estas cosas por aquello de las dos veces que dije de este agua no beberé… empiezo a hiperventilar…

Me quedo con mis tres dones como tres soles, que con sus llantos y sus gritos no hacen sino marcarme a fuego en el corazón un gran sentimiento de felicidad y grandeza. Lo único que no me vendría mal es tener un poquito de sangre argentina en las venas para afrontarlo con más glamour!