LA RAE ME PERSIGUE

Una definición objetiva de mi persona pasa por decir que soy catalana de nacimiento, madrileña de adopción, extremeña de corazón y argentina consorte. Lo que viene siendo una ciudadana del mundo, con habilidad para adaptarme a costumbres e idiomas diversos. Pese a ésta mi camaleónica capacidad de cambio, el corazón siempre me lleva hacia una opción con mayor predilección. Y aquí, amigos, la extremeña gana por goleada…

Qué tendrá esa tierra mía que tanto me gusta y me atrapa, amén de una paradisiaca ciénaga, delirio de tierna infancia. Esa tierra con la que mi prole se mimetiza tanto durante la temporada estival que vuelven hablando cierta mezcla exótica de extremeño y argentino que creo terminaremos coronando como lengua oficial de nuestro reino particular.

Él no es plenamente consciente aún, pero el exotismo no es sino un acicate más que mantiene vivas nuestras ansias de saber y la llama de nuestro amor… Qué sería de nuestro patriarca, en el que se combinan una notable sobriedad navarra con una exquisita cultura de verborrea argentina (que en su caso brilla por su excelencia así como por su ausencia) sin el exotismo que su descendencia, bajo clara influencia materna, le brinda en su anodino día a día. Que tediosa sería su jornada sin tener que corregirnos las letras que nos comemos al hablar o sin tener que adivinar el significado de alguna palabra nueva con la que le sorprendo. Porque yo, como buena extremeña de corazón, grito a los cuatro vientos “ ¡Cuidao!” Cuando un hijo mío se lanza al peligro cual kamikace en acción o les preparo un buen platito de “pescao” para cenar, porque soy también un poco madre “bio” y me gusta cuidar la alimentación de mis criaturas. Porque declaro estar remostosa cuando estoy pringosa, o estar más calmada por conseguir que una situación sea más desenredada. Atrocho por diferentes caminos para llegar antes a mi destino, acumulo zarrios por doquier, me añusgo con la boca llena de perrunillas y aunque mis hijos salen como pinceles de casa vuelven hechos unos farraguas.

A día de hoy, con más de dos lustros juntos a nuestras espaldas, me congratula poder seguir velando por mantener viva nuestra capacidad de aprendizaje. Por seguir despertando en mi etiqueta negra un espíritu de iniciativa y superación que le lleva a consultar con frecuencia y desparpajo español el diccionario de la Real Academia Española (RAE), porque yo no, pero ella, con su lema “limpia, fija y da esplendor” sí que sabe.

Y aprender de los errores es de sabios y “extremeñarse” más. Así que querido mío, terminarás hecho un sabio, que en verano llevará calzonas, que tendrá “cuidao” con sus hijos para que no se entrillen los dedos o se hagan piteras y que como siga dándole tanto al ibérico de nuestra tierra se va a poner casi tan mostrenco como con el dulce de leche. Porque todo se pega y más mi hermosura y yo ya voy hablando por ahí diciéndole a mis hijos “ponete el abrigo” o “vestíte que nos vamos”.

¡En la diversidad, está la riqueza!

¡Qué familia más rica tenemos!

RAE

DEL VOSEO AL MODO MINION

No hay mayor manjar, a los ojos y paladar de una criatura, que las popularmente extendidas chucherías. Al menos eso pensaba yo acerca de esta realidad tan mundana, hasta que el patriarca, desde esa austeridad más propia de sus genes navarros que argentinos, me confirmó que en Argentina los niños no ingieren semejante guarrería; que quien sabe lo que son, lejos de catalogarlas como delicias, las incorpora en la lista de subproductos tóxicos derivados del petróleo.

Yo, pese a que mi bolsillo y a mi conciencia les duela ir al dentista para arreglar los desaguisados causados por una ingesta inapropiada de azúcar, clamo (con mesura y mano que custodia a la par que dosifica) por una infancia con chuches. No sólo es por ese halo de nostalgia romántica que me invade a medida que pasan los años, sino por el espíritu de supervivencia que se ha despertado en mi persona tras la maternidad, que además crece al mismo ritmo que se me llena la cabeza de canas.

Y es que entre múltiples definiciones, las chuches destacan sobremanera como arma de negociación en caso de encontrase en situaciones farragosas; que por otra parte, quien tiene descendencia experimenta a veces con una cotidianidad no deseada. Yo, que estos avatares los sufro, no precisamente en silencio, reconozco tener un bote siempre en casa al que le otorgo la dualidad de castigo o recompensa. Soy débil, mi verborrea se agota, mi mente y mis glándulas salivares se bloquean; así que la incomodidad de una mente y una boca espesa me llevan a entregarme a la simpleza de la dulzura infantil, que anhelada con desesperación, sólo se ve materializada en tan petrolera materia.

Otra de las grandes cualidades de las chucherías es la capacidad de sembrar y germinar la semilla de la amistad. Si un niño saca una bolsa de chuches, en escasos instantes se encuentra rodeado de sus congéneres que le ofrecen la mejor de sus sonrisas a cambio de poder catar al menos una pizca de tan preciado tesoro. Venderán su alma a través de los mayores halagos. Una marcada enemistad puede desembocar en un momentáneo, pero fácil de creer, arrepentimiento. A veces, cerca de propiciar disputas, suelen fomentar la camaradería y el compañerismo.

Fue un tarde veraniega, rodeados de una pequeña agrupación infantil que alcanzó el consenso de implorar su dosis vespertina de chucherías, el momento en el que el patriarca se vio obligado, en contra de sus principios, pero en aras de no parecer un ogro a ojos de hijos ajenos, a repartir, bajo premisa de equidad, tan magna cochinada. Hete ahí que en un alarde de cercanía hacia los niños, según les va entregando la mercancía les va diciendo: “para vos”, “para vos”…. A lo que uno de los que allí se encontraban, con natural desconcierto contestó, “para vos, NO, este es para mi”… como si ese tal “vos” fuera a ser beneficiado con las chuches que por turno a él le tocaban.

Creo, con bastante certeza, que un reparto “estilo minion” (“TOMA, PARA TÚ”) hubiera resultado anecdóticamente menos divertido pero más comprensible para los receptores…

En la familia Entre Madrid y Buenos Aires somos muy muy fans de los minions… para muestra, un botón…

MI PEQUEÑO MINION

DE VACACIONES CUAL FIONA

Mis queridos cuatro locos/as seguidores/as….

Con esta carta me despido. Ha llegado el momento de retirarme durante la temporada estival.

Los que bien me conocéis sabéis que tras un pequeño paso por la playa nos metemos de lleno en la España interior y profunda, en esa en la que nos espera con los brazos abiertos la que a ojos del patriarca es una ciénaga y a ojos de mis hijas es el paraíso. Donde yo pasé grandes momentos de mi infancia (los mejores) y que mis hijos tienen la oportunidad de revivir. Ese lugar mágico que sería un pozo de inspiración para la mismísima @soynuriaperez, puesto que las rocas, palos y algún que otro desperdicio se convierten en un momento en perfectos utensilios de cocina, elementos de supermercados, cargamento de barcos pirata, material de una rústica escuela, etc… todo a los pies de una ciénaga en la que además se encuentran en no escasas ocasiones con culebras cazando sus presas, cangrejos y otros seres vivos propios del ecosistema.

Con este mi espíritu hollywoodiense y cual encarnación de la princesa Fiona, siempre enamoradísima de su querido Shrek, os dejo para estar reposando en mi ciénaga, rebosando todito amor por todas partes. Lo que no sé si alcanzaré a predicar eso de la slowlife esa que me resulta tan desconocida e inalcanzable, porque lo de estar con el ojo loco, brazos locos, piernas locas, y toda loca detras de mi Forrest Gump particular, el intrépido de mi tercero  que se lanza al agua como si en lugar de pulmones tuviera branquias, y doña col que me reclama en cuerpo y alma en cada baño que se da, precisamente por todo lo contrario… si lo hago muy slow, alguno se me ahoga seguro… casi que yo voy con el turbo, aunque mi Shrek perjure que voy con el freno de mano puesto….

¡Feliz verano a todos!

Vuestra, siempre…. desde la ciénaga con amor….

Fiona

fiona

LITERATURA A LA ARGENTINA

A día de hoy uno de mis grandes retos como madre no es conseguir que mis hijos lean a la perfección la cartilla, coloreen sin salirse, hagan sumas y restas sin equivocarse, hablen mucho inglés o tengan una velocidad de cálculo supersónica.  Ni siguiera que el curso que viene, con el paso a primaria, la mayor saque sobresaliente en los controles que le puedan hacer. A día de hoy, cuando la primogénita tiene apenas seis años recién cumplidos, la mediana va camino de los cuatro y un varón con-don de año y medio, mi gran propósito es intentar que sean felices e inculcarles valores profundos (yo, los míos, cada cual, con los suyos), que les acompañen en sus andaduras como mujeres y hombre de provecho.

Pese a que tres, a ojos de muchos, puede parecer no sólo un número elevado de hijos (que lo es también a los míos propios) sino un número que ya te otorga el título de madre experimentada, nada más lejos de la realidad. Soy una madre en ciernes, que sigue dudando y buscando recursos allá donde los hubiere para afrontar la nada fácil tarea de la educación y crianza de mi descendencia.

Y es en estas lides en las que, en no escasas ocasiones, recurro a los cuentos para poner en boca de otros lo que yo misma querría manifestar, puesto que soy consciente de que, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia de los matriarcados, si lo digo yo, o el patriarca, el porcentaje de calado del mensaje no es el mismo, ni es igual. Amén de la gran utilidad que luego tienen las referencias bibliográficas, “¿ves?, como en el cuento”. El “ya te lo dije” o “ves lo que te decía” parecen frases inherentes a la condición de madre/padre. Todos lo hemos sufrido y el que esté libre de pecado, incluso de pensamiento, que tire la primera piedra.

Mi espíritu hollywoodiense me lleva a tener predilección por los cuentos e historias de Disney, llenos de color, glamour y finales felices; inclinación que se ha visto agudizada desde el mismo momento en que tan inigualable compañía ha adquirido los derechos de Star Wars… Sin embargo, cuando se trata de predicar mensajes, me pongo en mi modo “moderna mística” y me decanto más por esos libros en los que parece que la sencillez y austeridad de las ilustraciones es proporcional a la profundidad del mensaje.

Una de mis obras literarias preferidas para estos menesteres es el HILO SIN FIN; la historia de Anabel, una niña que se encuentra una caja mágica con un hilo de lana sin fin que le llevará a transformar su pueblo gris y triste en un pueblo bonito, lleno de color y alegría. Un libro sobre la amistad, el poder de la transformación y cómo la actitud ante la vida puede cambiar por completo el curso de los acontecimientos.

Hilo sin fin

Y otro de mis imprescindibles es EL CAZO DE LORENZO en el que dibujos sencillos, tiernos y divertidos muestran cómo un niño con sus dificultades, sus cualidades y sus diferencias respecto al resto, consigue afrontar y superar el día a día. Algo para lo que además es fundamental contar con buenos amigos.

Hilo sin fin y cazo de lorenzo

El primer día que le leí EL CAZO DE LORENZO a mi mayor, terminé la historia y le pregunté “¿lo entendiste?” Y me contestó, “más o menos, pero yo creo que es mejor si me lo explicas en argentino…”

No sólo yo, que por carencia de nacionalidad estoy excusada, sino que mi amado esposo, oriundo de la mismísima Argentina, aún sigue buscando respuesta y yo planteándome si debo cambiar el discurso…

VIERNES EFERVESCENTE CON COCKTAIL & CANCIÓN

Aunque cada día tengo más claro que la efervescencia no es la madre de las ciencias, sino que esa es la paciencia, hay momentos en mi terrenal vida que mi indómita alma me pide a gritos quitarme el traje del autocontrol y repartir dosis de incisiva realidad, con la misma candidez que mi manifiesto me alienta a repartir besos a diestro y sinestro.

Porque hoy estoy tan efervescente como la mezcla de componentes químicos de lo más reactivos dispuestos a hacer saltar por los aires el matraz que los acoge.

Y justo hoy, precisamente hoy, cuando la no especialmente hormonada efervescencia rebosa todo mi ser, tengo una mañana de esas con mayor número de tareas a realizar que una normal; porque mis dos mayores terminan el colegio y tienen una fiesta que requiere de indumentaria y logística especial, porque mi pequeño tiene el festival y me tengo que acordar del disfraz y hasta la gomina para el pelo y porque tengo invitados de alta alcurnia a cenar y quiero dejar todo recogido antes de salir (aunque no me importa que se les clave una de las piezas de las construcciones de mi hijos en el trasero, sí me incomoda el hallazgo de un calcetín sucio o una zapatilla con ese olor tan estival que tiene el roquefort).

Y a más, a más, los tres herederos deciden al unísono y unilateralmente, que deben poner el pie en el suelo a las 6 de la mañana, porque esto de predicar tanto que la vida es muy bella, muy corta y hay que aprovecharla al máximo hay que llevarlo a rajatabla y hasta las últimas consecuencias. De nada sirven las rastreras súplicas de una madre efervescente que acaba soltando a gritos la efervescencia y renegando del iluminado momento en el que se impuso como pena la ausencia de televisión en el hogar, lo que les lleva a estar agarrados a mis pantorrillas demandando insospechadas e inoperativas peticiones en momentos críticos.

Así que hoy, querida audiencia, este vino, vasodilatador y relajante donde los haya, va por mí, porque yo lo valgo.

copas de vino

 

Está siendo una semana tan surrealista como el vídeo…

 

EL TRABAJO DE DAR BESOS EN EL TRABAJO

Tirando de refranero nos encontramos con aquél que dice, allá donde fueres, haz lo que vieres. Y si así lo hiciera, en caso de tenerme que ir a trabajar a Argentina, me vería en la tesitura de ir preparando mis mejillas y morros para dar y recibir, a partes iguales.

En uno de mis viajes a Buenos Aires, estando en el aeropuerto ubicado en el centro de la capital y esperando en la cola de facturación, presencié una escena pintoresca y peculiar a mis extranjeros ojos, que aún a día de hoy sigue llamando mi atención cuando voy. Justo coincidía el cambio de turno del personal de tierra. Los empleados del siguiente tramo horario llegaban, además de frescos como lechugas, airosos como solo los argentinos saben, con ese aplomo arrollador que ya me gustaría para mí. Lo siguiente en acontecer no fue un cambio de turno normal, automatizado, breve o discreto. No, fue todo lo contrario. Tanto los que estaban como los que llegaban se recibían con una afectación y entusiasmo como nunca antes había visto. A la par que se proclamaban un amor incondicional, preguntándose por cómo les iba a todos los miembros de su familia, en lo que habían empleado el tiempo que habían estado separados desde la jornada anterior o cómo habían llevado la mañana, se plantaban un beso en la mejilla (en Argentina sólo se da un beso); pero besando de verdad, no cachete con cachete, como simulamos aquí cuando se trata más de un ritual que de un contexto familiar. Y lo curioso del asunto no es tanto la escena en sí misma, puesto que a todos nos pueden pillar en un momento de máxima efusividad (cumpleaños y otras fiestas de guardar) sino su periodicidad, que no es otra que diaria y repetida en tantos turnos como haya.

Al parecer no es una práctica extendida en el cien por cien de los gremios, pero desde luego en los que yo he tenido oportunidad de catar como “pseudoturista” sí. Cafeterías, supermercados, tiendas, restaurantes y demás entran en el lote de los besucones.

Digna de alabanza y loa es la paciencia de los que esperan, con inamovible sonrisa, hasta que tan lisonjero ceremonial llega a su fin.

La verdad, que bien pensado, lo de dar besos a diestro y siniestro es una máxima muy presente en nuestra filosofía de vida Entre Madrid y Buenos Aires, quizás llevarlo a la práctica laboral (a la que en ningún momento me refería) a lo mejor nos volvería más amables, capaces de mantener un trato más cordial entre compañeros o con la gente con la que nos relacionamos, o al menos estéticamente más cordial. Porque los españoles, en comparación con los argentinos, somos más rudos y secos (es lo que tiene ser europeo y compartir continente o moneda con los alemanes, entre otros).

Pero en este caso particular, prendo el modo visualización mental y lo de verme besando a mis compañeros de trabajo todos y cada uno de los días del año, y sin nada que objetar a los susodichos, se me antoja, cuanto menos, desalentador; literalmente me quedaría sin aliento.

Tengo un carácter latino de los que sustentan su generalizada fama; soy besucona y cariñosa como la que más, pero yo es que lo de los tocamientos y los besos lo dejo para la intimidad. Y como hay quien duda de la nacionalidad de mi marido, porque no habla, no bebe mate, no le gusta el tango y lo de los besos no va tampoco mucho más allá de su círculo más cercano, pues creo que él lo llevaría peor.

Pero oye, quizás todo es empezar, quien sabe, a lo mejor le “cogeríamos gusto al asunto”. Es lo que tienen los besos.

beso

MI DULCE ENSIMISMAMIENTO, MI MOMENTO SPECIAL K

Con este título, cualquiera se aventuraría a pensar que la temática de hoy gozaría de cierta tonalidad escatológica, pero no, por ahora dejo apartado el momento Enrique y Ana, caca-culo-pedo-pis, para otra ocasión.

Como ya avanzaba en su día, en una de esas listas que, pese a no gustarme demasiado, sucumbí a realizar porque la ocasión así lo merecía, soy lenta para todo en general, y para hablar y caminar, en particular. Característica que ha llevado a que en mi hogar, con descaro y desfachatez, el padre de las criaturas aliente a mi descendencia a cantarme la canción del cantajuegos “Dicen que”, en la estrofa que clama: “dicen que las tortugas son lentas, lentas, lentas, y yo muy rapidito… qué le voy a hacer…” Aguanto el chorreo lo más dignamente que puedo, sin ni siquiera ya rebatir, porque una es totalmente consciente de su realidad. Yo lo único que de vez en cuando me lanzo a recordar es que, pese a esto que algunos consideran un defecto, y con total similitud al clásico de los clásicos “la liebre y la tortuga”, llego a mi destino incluso con el caparazón lleno de inquilinos… y no sólo eso, sino que además la gente me pregunta en no escasas ocasiones: ¿y cómo te da tiempo a hacer todo esto?, pues será, por simple deducción y lógica, que la escala de velocidad con la que tratan de evaluar mis actos está un poquito sesgada. Vamos… digo yo…

Pero bueno, aceptamos lenta como rasgo de mi persona.

Numerosas son las teorías que defienden que muchas de las conductas del ser humano son aprendidas, no innatas y, además, que los condicionantes del entorno son variables de influencia especialmente significativas. En este punto es donde mi modelo identifica de manera clara y concisa la gran variable externa, a saber, el cansancio por ir corriendo cual tortuga tirando de cuatro (de mi misma, que no es poco, y de los tres polluelos del corral). No quiero ser una madre drama, pero suelo llamar a las cosas por su nombre. Tener un hijo con-don; vivir en Hollywood, a caballo Entre Madrid y Buenos Aires; además de estar sometida a toda suerte de retos diarios en los que tengo que sacar armas que convierten en meros aficionados a los que negocian con delincuentes, pues convengamos que un poquito cansado es. Maravilloso seguro, pero agotador también. Al pan, pan, y al vino, vino.

Hay quien estima que tres es el peor número de hijos a tener (desde luego el más trabajoso), y que la solución indiscutible pasa por tener un hijo más. El cuarto, al que criarán los demás, lo que a su vez les hará madurar para cuidarte a ti también. Yo es que no me veo muy animada a decantarme por esa vía, de la que con cordura me alejan las prescripciones médicas que me hicieron en su momento, tras haber vivido más de una situación crítica, con riesgo de vida incluido en el lote. Así que no me queda más remedio que sobrellevar el cansancio con la misma estoicidad que aguanto a mi galán y mi prole entonándome el último grito entre los hits infantiles.

Y lo acepto. Así que por las mañanas, pausadamente me levanto, me preparo el desayuno pululando por la cocina cual tortuga ninja para evitar hacer un solo ruido que despierte a las fieras y perturbe el silencio de ese instante. Un silencio del que disfruto relajada y lentamente, que en el mejor de los casos sólo se ve roto por el ruido del calentador encendido (la ducha del patriarca), que me anuncia cuando mi letargo llega a su fin, antes de verle entrar por la puerta de la cocina clamando “¿pero todavía estás así?”. Y es que ese es mi momento, mi momento special k, en el que el cola-cao o la lágrima que me esté tomando, lo acompaño con estos cereales, alcanzando un grado de ensimismamiento y evasión tal, que incluso la reiterada lectura de los ingredientes y desglose de vitaminas y minerales del paquete, me parece de lo más interesante. Leo, releo, le doy la vuelta al paquete, porque me cansa más la ocasional esbelta silueta de la dama que tan valiosa literatura. En caso de mayor hartura, me paso a la información nutricional del cola-cao. El objetivo perseguido es conseguido: mi mente se mantiene en blanco. Una mente maravillosa.

Creo que me agrada ser una tortuga, así como desayunar cola-cao y special k.

cola-cao y special k

Aquí os dejo la canción en cuestión, por aquello de que contextualicéis mejor…

Irme a Disney World quiero, con el corazón entero!

Tengo el corazón partío… como Alejandro…

Un viaje a Disney World puede tener la intemerata de calificativos, a saber, divertido, entretenido, fabuloso, magnífico, inolvidable… pero a la vez descorazonador. Es esa dualidad de las cosas que como el perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Supongo que fruto de la querencia que mi amado esposo tiene, por razones obvias, hacia el continente americano, hace unos meses se tomó la decisión en mi hogar, con mayoría plena pero no desde mi total convicción, de hacer un viaje a Disney World con las niñas; y leéis bien, sólo las niñas, porque tras analizar la situación por arriba por abajo, por delante y por detrás, llevar al pequeño con nosotros nos traía más inconvenientes (me duele incluso verbalizar que mi pequeño es un problema) que beneficios, que aparentemente solo era el de que yo estuviera más tranquila.

Bajo el prisma de la lejanía temporal se observan figuras caleidoscópicas excepcionalmente bonitas y de armónicos colores, pero amigo, el caleidoscopio gira al compás de las manecillas del reloj del calendario y, a medida que la fecha no solo se aproxima, sino que está al caer, los motivos ya no son tan lucidos, ni especialmente atrayentes. Ahora una lo ve cual maraña de difícil salida.

Soy una gallina en el más amplio sentido de la palabra. Primero de todo, por ese sentimiento que, de manera inconsciente que no involuntaria, me lleva a tener a todos mis polluelos bajo mi cobijo y amparo. Segundo, porque hago honor a la mayor cualidad que de manera automática y en esta ocasión sí involuntaria, se le confiere a una madre en el mismo instante del alumbramiento, el miedo. Y efectivamente, cuando seas madre, comerás huevo.

A estas alturas de la vida es cuando entiendo y comprendo las estridencias de mi madre que me esperaba despierta jugando al buscaminas cuando salía por la noche, o por qué quería saber dónde iba, con quién, o el motivo por el que los viajes siempre suponían una preocupación, que no desaparecía hasta que, pasados los días, estaba de vuelta en casa.

Y soy yo la que ahora, convertida en una auténtica madre cliché, sufro, a veces en silencio y otras no, esos miedos que me llevan a pensar en esa serie de catastróficas desdichas que pueden ocurrir estando separada de mi último apéndice.

El recuerdo intacto tengo del único viaje allende los mares que hicimos mi marido y yo separados de la que por aquel entonces era nuestra única hija de nueve meses. Al pánico absoluto que tengo a volar, se unía que dejaba atrás a la carne de mi carne. Mientras el avión despegaba, lagrimones como limones me caían por las mejillas, rezaba con el mayor de los fervores y me agarraba fuertemente a mi marido, que me miraba con ojos de asombro, incredulidad al mismo tiempo que chanza.–No te preocupes, la niña va estar bien. Se queda con tus padres…– Sí, va a estar bien, pero la que no tenía claro que lo fuera a estar, era yo. No transcurría un día sin que mandara el mail de rigor demandando noticias de mi pequeña. Cual madre primeriza histérica que sale a cenar, que en las dos o tres horas que dura la velada, llama un par de veces a los mortales que amablemente se hayan quedado de canguros.

Hasta este punto todo bien, el viaje transcurría dentro de los límites de la normalidad y disfrute esperados. Pero justo en el momento de vuelta a casa, cuando parecía que mi nerviosismo ya debía entrar en fase de declive, en la puerta de embarque del avión viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida. Un horrible temporal de esos que paralizan la ciudad de Nueva York, estaba dejando inoperativo el aeropuerto donde estábamos. Todos, absolutamente todos los vuelos se estaban cancelando. Todos, menos el nuestro. ¿Ves? si no pasa nada, nuestro vuelo sigue sin cancelarse…. ¿Te crees que el capitán va a salir sin estar completamente seguro de que puede hacerlo? Ni mis oídos ni todos mis sentidos daban crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo que si nuestro vuelo no se cancela significa que no pasa nada? ¿Y el hecho de que todos los demás se cancelen no puede significar que el que está loco es nuestro piloto? Desde luego pirados, haberlos, haylos, y todos lo acabamos de comprobar hace muy poco, lamentablemente.

Pese a que mi marido me insistía en los contratiempos que nos ocasionaría cancelar el vuelo (alojamiento, días de retraso en el trabajo, dinero extra con el que no contábamos y por inclemencias meteorológicas no te cubren nada) para mí el mayor de los problemas era simplemente que si me subía en aquel avión las probabilidades de que no llegara viva a ver a mi hija eran lo que se dice un poquito altas… Por defecto profesional, no hacía más que imaginarme escenarios que estadísticamente eran probables y se me encogía el corazón. Tanto fue así, que en ese devaneo mental que me traía, me lancé presurosa a escribir lo que yo creía podían ser mis últimas palabras. Blackberry en mano, redacté un correo electrónico a mis padres narrando lo que a mis ojos era nuestra calamitosa situación, y clamando porque si no llegábamos vivos a nuestro destino, por favor, el dinero del seguro y de la venta de la casa, lo invirtieran en llevar a mi hija a un colegio bilingüe (pero de verdad) y le proporcionaran la mejor de las educaciones. Verdaderamente era desgarrador. Menos mal que mis padres no lo leyeron hasta varias horas después de nuestra llegada, si no, ni imagino el sin vivir de mis progenitores.

En esas me veo yo ahora, haciendo maletas para los que nos vamos y para el que se queda, pidiéndome el corazón que le deje mis últimas voluntades, que además de velar por su buena educación, van encaminadas a la transmisión del amor más profundo que se puede sentir hacia alguien. Porque casi me cuesta la vida traerlo a este mundo y queriéndole como le quiero, separarme de él me resulta descorazonador.

Y en este sin vivir, que me tiene sudando desde hace una semana como en mis mejores momentos de conductora novel que llevaba el coche de mi padre y él sabía que me había montado por los chorretes de sudor con los que había impregnado volante y palanca de cambio, me encuentro ahora.

Solo espero y deseo poderme reír de esta situación igual que de la misiva de aquella ocasión.

Y que pronto llegue el momento que ya me ha prometido el padre de las criaturas, la vuelta a Disney World todo juntos en amor y compañía.

Te quiero mucho hijo!

Nicolás
Gracias Jessica Davey por esta preciosidad!

Premio entre blogs: premio Dardo

Premio Dardos - Entre Madrid y Buenos Aires

Hace un par de semanas recibí un correo que me avisaba de una grata concesión, la del premio Dardos, por parte de Belén, creadora de un blog precioso que se llama Oh my mum!

Buceando por la red encontré este texto, que creo recoge a la perfección la filosofía del premio.

“El origen del premio Dardos permanece en la oscuridad, sin embargo se han rastreado las primeras menciones tanto en Portugal como en Brasil. El premio es otorgado en reconocimiento a valores personales, culturales, éticos y literarios que son transmitidos a través de una forma creativa y original mediante la escritura. La insignia fue creada con el afán de promover la hermandad entre bloggers, mostrar cariño y gratitud por añadir valor a la blogosfera”.

Somos muchos/as y variopintos/as. Cada uno aporta su valor, su punto personal. La diversidad es sinónimo de riqueza y fomentarla a través de la promoción de nuestros espacios me parece una gran idea. Muchas gracias Belén, por hacerme partícipe.

Y siguiendo los requisitos para la recepción y apropiación, no indebida, del premio, enuncio las 11 cosas sobre mí, pese a que este tipo de tareas me cuesta muy mucho hacerlas…

1.- Mi color preferido es el verde
2.- No sé andar con tacones
3.- Cada vez me gustan más la primavera y el otoño
4.- Miedosa es mi tercer apellido
5.- Mi comida preferida: las croquetas
6.- Mi grito guerrero: No sin la música!
7.- Dejad que los niños se acerquen a mí
8.- Lo que más valoro: que me hagan reír
9.- Soy lenta y pausada para todo en general y para hablar en particular
10.- El espíritu hollywoodiense invade mi ser
11.- Mi sueño: Cual Meryl Streep… yo tenía una granja en África a los pies de las colinas de Ngong, pero tengo un marido urbanita que se estresa en una playa sin chiringo o sin un kiosko de prensa cerca

Teniendo en cuenta que uno de los objetivos es dar a conocer blogs que entiendo son más novedosos, o al menos no acumulan tantos seguidores como los extraconocidos por todos, y que, como ya he dicho, soy lenta, y lo que para unos lleva años siendo conocido para mi es todo un gran descubrimiento… ahí van mis nominados:

Pacto de tres
Las historietas de mamá
Mucho más que dos
Buscandoestelas
Menos mal que soy de geminis
Sosunny
Bubbles on my planet
Superkitina
Vero Palazzo
Mums and kids in Madrid
Sayimadreamertt
La historia de Jan
Iverina
Mi chupete favorito
Entre Madres

Y las normas para que obtengáis el premio serían las siguientes:

-Poner la imagen del premio en el blog.
-Mencionar y enlazar al blog que nos ha otorgado el premio, agradeciéndole por el mismo.
-Otorgar el premio a 15 bloggers, avisándoles personalmente que han sido nominados.
-Visitar los blogs de los demás nominados, ya que lo que se pretende es dar a conocer otros blogs para que estos crezcan.
-Responder a las 11 preguntas que te haga la persona que te nominó.
-Realizar 11 preguntas a los blogs nominados o pedirles que te cuenten 11 cosas sobre ellos.

Igual que hizo Belén conmigo, para recibir el premio os invito a los nominados-premiados a contarme 11 cosas sobre vosotras y vuestro blog.

 

 

ENTRE MADRID Y BUENOS AIRES ESTÁ HOLLYWOOD…

Desde bien chiquita, que diría una argentina, el espíritu hollywoodiense invadía mi ser. No en vano, cuando en el colegio la maestra nos invitaba a plasmar en grandes obras pictóricas nuestras futuras ambiciones profesionales yo dibujaba una pareja “agarrada” (como volvería a decir una argentina) de la mano, en un escenario que parecía ser la calle. Ni corta ni perezosa le plantaba dos rombos en la esquina, señal indiscutible de que quería ser artista. Para los foráneos y las criaturitas que desconozcan esta antigua simbología, era la que se usaba para clasificar un programa que no podíamos ver los niños.
ENTRE MADRID Y BUENOS AIRES ESTÁ HOLLYWOODAunque mi carrera se vio truncada tras un par de obras de teatro en el cole y nunca he tenido ni el más mínimo resquemor por haberla abandonado, creo que me sigue gustando el mundillo de la farándula. Tanto es así, que incluso busco rodearme de los que en él habitan. Desde siempre le compro el pollo a Demi Moore, estoy casada con Richard Gere, soy hija del detective de Twin Peaks, el ginecólogo que trajo al mundo a mi hija mayor es Ed Harris, la enfermera que me cuidaba por las noches en el hospital durante dos meses en los que tuve que ejercer de incubadora postrada en una cama (esto dará para un post muy largo…) es la fabulosa Scarlett Johansson, un representante de un proveedor de la empresa donde trabajo es John Goodman y, aunque muchos no lo sabéis, Morgan Freeman, además de actor, es un gran médico argentino y en la intimidad le llamamos Oscar. Así podría estar enumerando a una buena ristra de famosos que me persiguen.
ENTRE MADRID Y BUENOS AIRES ESTA HOLLYWOOD

Pues en este farandulerar, estoy contrastando, con evidencia empírica, que hemos engendrado unos hijos que apuntan grandes maneras de artistas.  La mayor es la gran emuladora de Forrest Gump, está todo el día corriendo. Cualquier movimiento lo hace con el ritual de la carrera, y además, le pasa como a él, que se introduce tanto en el papel, que no se percata de cosas obvias. Así como Forrest se olvidaba de hacer pis, mi hija se olvida de que hay paredes y se las traga de frente. La mediana es la que más registros tiene. Tan pronto se muestra como la nueva Marilyn Monroe, con su melena rubia y su sensual caída de ojos, como Vivien Leigh en sus mejores momentos de Escarlata O’Hara, llorando y poniendo a Dios por testigo de que nunca volverá a pasar hambre. Y por último, acojo en casa al único e irrepetible Jack Nicholson en el papel estelar del maniático Melvin Udall de la película Mejor Imposible. Lo que para unos es andar sin pisar las rayas de los baldosines, comer siempre en la misma mesa y con cubiertos de plástico o girar tres veces el cerrojo de la puerta, en mi casa se traduce en dormir sí o sí con la mano metida dentro de mi manga, meterse el chupete después de cada bocado o según lo levanta en brazos una mujer, meterle la mano en la pechera hasta que toca el fondo adecuado y deseado.

No es que me incomode albergar tal elenco en mi hogar, pero preferiría evitarme los golpazos de la mayor, el sufrimiento gratuito de la mediana o el sonrojo que siento cuando mi hijo le toca la teta a una desconocida. Más allá de eso, todo está perfecto.

Como dice la voz en off al final de la película Pretty Woman: “Sigan soñando, esto es Hollywood”