EL TRABAJO DE DAR BESOS EN EL TRABAJO

Tirando de refranero nos encontramos con aquél que dice, allá donde fueres, haz lo que vieres. Y si así lo hiciera, en caso de tenerme que ir a trabajar a Argentina, me vería en la tesitura de ir preparando mis mejillas y morros para dar y recibir, a partes iguales.

En uno de mis viajes a Buenos Aires, estando en el aeropuerto ubicado en el centro de la capital y esperando en la cola de facturación, presencié una escena pintoresca y peculiar a mis extranjeros ojos, que aún a día de hoy sigue llamando mi atención cuando voy. Justo coincidía el cambio de turno del personal de tierra. Los empleados del siguiente tramo horario llegaban, además de frescos como lechugas, airosos como solo los argentinos saben, con ese aplomo arrollador que ya me gustaría para mí. Lo siguiente en acontecer no fue un cambio de turno normal, automatizado, breve o discreto. No, fue todo lo contrario. Tanto los que estaban como los que llegaban se recibían con una afectación y entusiasmo como nunca antes había visto. A la par que se proclamaban un amor incondicional, preguntándose por cómo les iba a todos los miembros de su familia, en lo que habían empleado el tiempo que habían estado separados desde la jornada anterior o cómo habían llevado la mañana, se plantaban un beso en la mejilla (en Argentina sólo se da un beso); pero besando de verdad, no cachete con cachete, como simulamos aquí cuando se trata más de un ritual que de un contexto familiar. Y lo curioso del asunto no es tanto la escena en sí misma, puesto que a todos nos pueden pillar en un momento de máxima efusividad (cumpleaños y otras fiestas de guardar) sino su periodicidad, que no es otra que diaria y repetida en tantos turnos como haya.

Al parecer no es una práctica extendida en el cien por cien de los gremios, pero desde luego en los que yo he tenido oportunidad de catar como “pseudoturista” sí. Cafeterías, supermercados, tiendas, restaurantes y demás entran en el lote de los besucones.

Digna de alabanza y loa es la paciencia de los que esperan, con inamovible sonrisa, hasta que tan lisonjero ceremonial llega a su fin.

La verdad, que bien pensado, lo de dar besos a diestro y siniestro es una máxima muy presente en nuestra filosofía de vida Entre Madrid y Buenos Aires, quizás llevarlo a la práctica laboral (a la que en ningún momento me refería) a lo mejor nos volvería más amables, capaces de mantener un trato más cordial entre compañeros o con la gente con la que nos relacionamos, o al menos estéticamente más cordial. Porque los españoles, en comparación con los argentinos, somos más rudos y secos (es lo que tiene ser europeo y compartir continente o moneda con los alemanes, entre otros).

Pero en este caso particular, prendo el modo visualización mental y lo de verme besando a mis compañeros de trabajo todos y cada uno de los días del año, y sin nada que objetar a los susodichos, se me antoja, cuanto menos, desalentador; literalmente me quedaría sin aliento.

Tengo un carácter latino de los que sustentan su generalizada fama; soy besucona y cariñosa como la que más, pero yo es que lo de los tocamientos y los besos lo dejo para la intimidad. Y como hay quien duda de la nacionalidad de mi marido, porque no habla, no bebe mate, no le gusta el tango y lo de los besos no va tampoco mucho más allá de su círculo más cercano, pues creo que él lo llevaría peor.

Pero oye, quizás todo es empezar, quien sabe, a lo mejor le “cogeríamos gusto al asunto”. Es lo que tienen los besos.

beso