UNA GRAMOLA COSECHA DEL 77

Hoy me vengo a confesar. Me estoy haciendo vieja. De los pies a la cabeza y pasando por mis orejas, donde ahora hasta llevo perlas. Pero no me tiembla el alma al admitirlo. Más bien todo lo contrario. Vivo en el fulgor de mi madurez, al abrigo de la sabiduría que se gana en detrimento de la lozanía.

Muchas son las señales que a diario se encargan de divulgar que me encuentro inmersa en el camino hacia la senectud.

He desarrollado una cierta obsesión por el blanco que antes no tenía. Si bien es cierto que con este color tengo sentimientos encontrados. Lo persigo con desvelo para mi ropero, con lavados a mano y a máquina, y lo rehúyo con orgullo cuando de mi cabeza se trata. He comprobado que aunque la física funciona de verdad, las cosas caen por más variables que la gravedad (la falta de tono influye). Las patas de gallo es algo que va más allá de lo que siempre creí un intermedio entre el ojo de perdíz o el príncipe de gales. Y he comprobado con evidencia empírica que la gordura disminuye considerablemente tales comisuras.

Los intangibles también revelan lo incuestionable.

Juro y perjuro que tengo mayor templanza. Un caballo con brío no tiene ni sombra ni color con uno enloquecido. Algo de capacidad de abstracción he ganado; esa que siempre me faltó y por cuya ausencia nunca veía en diédrica perspectiva. Asumo con total creencia que la paciencia es la madre de las ciencias, e intento predicarlo con mi descendencia. Y compruebo con humildad, que la vida, además del más preciado tesoro, es nuestra mayor debilidad.

Pero si tengo que decir cuál es el principal signo de que me estoy haciendo vieja es que ya me llaman para eventos conmemorativos de nuestra etapa escolar. Veinte años, ahí es “ná” .

Un día, así sin comerlo ni beberlo, te ves sumergida y abducida en un chat de antiguas alumnas cuyo nivel de actividad supera, y con creces, el de esos grupos liderados por entes ociosos capaces de estar pregonando y promocionando toda suerte o infortunio de mensajes. Creo que en nuestro caso los cientos de mensajes comúnmente inabordables en alguna ocasión llegaron a ser miles. Pero es que las historias de la Abuelita Paz dan para eso y más…

No fue suficiente ni siquiera con una noche memorable en la que disfruté del recuerdo de aquellos maravillosos años y de un presente ahora más cercano. Un presente al que miro con complacencia por ver en quien nos hemos convertido.

Tenemos de todo en el grupo, por no faltar, no falta ni una diosa mediática. La publicista más ingeniosa. Jefas de estudio con solera y empaque. Distinguidos miembros de la ONU. Golfistas de primera. Las mejores y más divertidas organizadoras de eventos. Ingenieras y economistas del Estado. Grandes abogadas, algunas de formación y otras además de profesión. Empresarias por convencimiento con niño en el pecho. Decoradoras de grandes firmas. Consultoras. Dentistas y médicas. Químicas y farmacéuticas. Financieras. Expertas nucleares (iniciadas como ingenieras industriales). Las mejores secretarias. Maestras en curar no solo el cuerpo sino el alma a través de la arteterapia. Profesoras de español en una florida nación, la de los tulipanes. Expertas en juguetes, ¡ay lo que yo daría! Y no me voy a olvidar de las amas de casa, porque de verdad que su trabajo acompasa el amor y el día a día de cada casa. Casi me atrevo a decir que es el único caso en el que su trabajo me sobrepasa. Dignas de admiración son. Sin descanso y sin sosiego. Yo con mi trabajo ligeramente lo tengo. Al menos me siento.

Y ya todas pueden decir que incluso conocen a una bloguera con doble tarea, que además, se ha cambiado el nombre. Esto no me lo van a perdonar jamás.

Con todas ellas he vivido y aprendido.

Que en esta vida una de las cosas más importantes es saludar. No hay nada mejor que ser merecedor de una cálida bienvenida. ¡Calidad y caridad emana quien así lo clama!

Que con nuestro vocabulario particular compartimos y mantenemos un rancio abolengo sin igual. Porque para quien no lo sepa o se haya entregado a los brazos de la vulgaridad, siempre se dirá jolines, jopetas o pechugas, entre otras lindezas.

Que una efectivamente tiene que cuidar muy mucho las vergonzosas y vergonzantes cosas que publica, porque te van a rastrear sin piedad. Ojo, que ni la Cía. Aunque entre mis máximas mantengo no decir nunca de este agua no beberé, haré todo lo posible por no poner nunca morritos y mucho menos permitir que me los inmortalicen. Por prescripción estilística, ni en la intimidad.

Que entre los secretos de alcoba aparece Concha Velasco como sólido icono de la maternidad y femineidad incluso más allá del puerperio.

Que en un coro puede haber tantas voces como cantantes. De las guitarras ni hablamos…

Que las lágrimas no son sólo de cocodrilo.

Que en algún momento de nuestras vidas fuimos un poco más contorsionistas. Unas nivel avanzado, otras amateur.

Que el pino voltereta, con sangre entra.

Que entonces sí se hacían manualidades de verdad. Fuimos auténticas visionarias de la tecnología con los avances previos de la pretecnología.

Que mi complejo de Electra mal resuelto está completamente fundado y compruebo, con regocijo y agrado, que mi progenitor conserva su pequeño club de fans, que incluso ha evolucionado y ahora está capitaneado por una de ellas, cuya hija ha llegado a llamarle abuelo.

Y lo más sorprendente para mí ha sido ser conocedora de esta no doble, sino triple vida mía como vendedora del Springfield, posición de la que en breve voy a promocionar hasta vendedora de saltos de cama en Woman Secret.

Queridas mías, hoy mi moneda de la gramola va por todas y cada una de nosotras. Por lo que fuimos, por lo que somos y por lo que seremos, unas grandes personas ante todo.

And we said
This has only just begun
In the end
Time forever favors the Young

Que se lo digan a la Doctora Berenguer…

MI FIESTA DE NO CUMPLEAÑOS

Creo que aunque hubiera sabido lo que me deparaba el futuro hubiera elegido el mismo camino. Por muy agoreras que fueran sus señales.

Desde mi tierna infancia como hija única (etapa que fue muy alargada en el tiempo y truncada por contratiempo o desliz mayor) siempre tuve el deseo de experimentar lo que era el amor fraternal. Ese amor que yo veía a mi alrededor, tan pasional, para bien y para mal.

Hermanos que se desgañitaban al mismo nivel que en ocasiones se pegaban. Rivalizaban con disputas convertidas en ejercicios de vehemente discusión. Los que luego supe eran los efectos del calor que caracteriza la infancia como condición.

Pero al mismo tiempo se querían. Vaya si lo hacían. Y con que predilección.

Se protegían enarbolándose como el mejor vigía que defiende incluso desde la lejanía.

Se encubren con disimulo. De callados, hasta mudos.

Admiraba y envidiaba lo que tenían. Yo para mi lo quería. No tenía entretenimiento, ni defensa ni encubrimiento. Aunque no es menos cierto que ni mucho menos añoraba el agasajo de una imprevista bofetada.

Pero a lo largo de mi vida, en ese ir y devenir de azarosos y forzosos acontecimientos, yo claramente veía que la balanza se inclinaba, así que no hacía más que pedir una hermana (o hermano), que se hizo esperar hasta casi mi emancipación.

Y fue entonces cuando vislumbré que si la naturaleza me lo permitía, a mis hijos hermanos les daría; y desde luego sin tanta tardanza, porque el asunto no era ninguna chanza. Que luego la fraternidad se convierte en una frustrada maternidad.

Dicho y hecho.

Puntualmente llegó. Mi etiqueta negra asumió y cumplió su misión. Afortunadamente compartía mi misma filosofía de vida.

Con lo que no contábamos es que nuestra sólida teoría caso omiso de las señales hacía. Daba igual que el análisis de tendencia reflejara la más inversa de las proporcionalidades entre facilidad y tino para conseguir un embarazo y la bonanza del mismo. Ni tres meses en propia cama por una amenaza de parto prematuro con la segunda podrían rebajar nuestras ansias de procrear. Porque aun cuando el profesional de turno te verbaliza recalcadamente que los antecedentes marcan pero no se puede determinar nada a ciencia exacta, una se agarra a un clavo ardiendo y por una única y exclusiva vez se queda con la letra pequeña del contrato materializada en la esperanzadora frase: “aunque puede ser que no se repita, en estas cosas nunca hay nada seguro”.

Desafiando a las leyes estadísticas y queriéndome coronar como uno de los múltiples acontecimientos extraños que a veces ocurren en nuestra espuria realidad, el tercero llegó, casi tan solo mirando un pantalón. Pero ay amigos lo que le costó quedarse y afianzarse.

Me voy a ahorrar la enojosa sintomatología que durante meses me acompañó. Solo al recordarla me sobreviene la mayor desazón. Esa que desde luego nunca entenderán los que con ignorante alevosía sueltan con total e inmerecida impunidad: “estás embarazada, no enferma”.

Hay para quien la imprudencia es casi una ciencia.

Lo que mal empezó, luego se complicó. Parece ser que mi cuerpo va por delante de mi mente en lo que ansias de maternidad se refiere. Llegada la semana veinte y poco me convierto en una bomba de relojería, que quiere expulsar hijos con ligereza y no precisamente alegría. No se sabe ni por qué, ni cómo. Y lo peor de todo, que encima, no lo noto.

Así que en una simple revisión me raptaron sin remisión.

No son los dos meses que estuve postrada en una cama mirando al techo, con la simple resignación de que ser una incubadora era mi única opción. Ni el inexistente movimiento que sin masa muscular me dejó. Ni la medicación que me daban, que en un ahogo me tenía fruto de las taquicardias que me producía. No era mi pérdida de autonomía ni una soledad que era de todo menos distinguida. Era que yo tenía dos hijas y estaban privadas de mi compañía. Y que al dolor y pesar que sentía se unía el miedo que constantemente me perseguía por no saber si mi tercero sobreviviría.

Vi mis fuerzas, que son muchas, flaquear sin rumbo tantas veces como luego me sobreponía; porque afortunadamente a mi etiqueta negra tenía.

El que de las niñas y de mi se ocupaba, además de saldar con éxito su laboral jornada. Y en un sin vivir estaba, pero con dignidad lo llevaba. Con cariño y mimo me trataba transmitiéndome con cada palabra que la traba sería superada.

Y así fue.

Ni una mortal septicemia pudo al final conmigo ni con mi hijo.

En absoluto me importó tener un lento proceso de recuperación. Eso ni por asomo impidió que me proclamara feliz ganadora, diva indeleble, inalterable y fatal de la maternidad, la que el destino y el aura divina parece me dejarían seguir desde la primera fila.

Volví con mis hijas, que experimentaron al verme una emoción que literalmente las dejó sin respiración. Y aún a día de hoy lloro al recordar como a mi mayor le costaba respirar cuando se me abrazó y sin apenas aliento me preguntó si iba a quedarme a cenar.

El 9 de noviembre nació mi hijo menor y una nueva madre por devoción.

Y por muy cansada, desesperada o desquiciada que esté doy gracias a la vida por tan preciado regalo, el que celebro cada 9 de noviembre, un tardío día de septiembre y un iluminado a mediados de mayo, en mi fiesta de no cumpleaños. Porque sin ser Alicia, lo que ahora tengo es una auténtica delicia.

Sólo un deseo pido. Que las luchas intestinas que en la infancia dominan, dejen paso a una no pixelada hermandad duradera de verdad.

FIESTA NO CUMPLEAÑOS

GRAMOLA CON “E”

Hoy me hago eco de un pasado hollywoodiense al más puro estilo Sofía Petrillo, madre de Dorothy en la ochentera serie las “chicas de oro”. Sicilia, 1940… parece que fue ayer, pero fue casi entonces, el año en el que me llevé la primera en la frente al terminar estudiando una carrera que había perjurado no hacer. Una carrera universitaria que no sólo marcó mi actual profesión, sino mi condición, la de argentina consorte madre de familia numerosa.

Como si de un silogismo se tratara o tratase, la primera proposición alude a mi categoría de alumna a la par que compañera y amiga; la segunda a la amplitud de los círculos de amistad de mis propios círculos y la tercera de cómo yo entablé amistad con los círculos que eran de las de mi círculo. Dicho de otra forma, los amigos de mis amigas son mis amigos… y al menos uno más que amigo, puesto que es mi marido.

Pero antes de llevarme la segunda en la frente, convirtiéndome por despose en argentina consorte, tuve unos años de soltería que igualmente han quedado para siempre marcados en mi memoria.

Portugal, Marbella e Ibiza, por este orden, culminaron una etapa de exacerbada exaltación de la amistad, en la que tres amigas del montón estrecharon lazos a base de rayo cósmico y surrealismo supino. Y doy gracias a la vida no sólo por aquel año, del que solo hablaré en presencia de mi abogado, sino por las semejantes a las que me arrimó, que a día de hoy continúan teniendo un lugar privilegiado en mi corazón.

Dos son ellas, para mí las más bellas, no sólo de frente y de espaldas, sino de alma. Mi e-Alma, porque ambas dos comparten la inicial de su nombre angelical. Eva y Elena son, y por siempre serán, estandarte de amistad.

La una por guapa, diligente y espabilada, que renació de la noche a la mañana el día que del caballo se cayó y no precisamente sentadita se quedó, sino que se pegó un tantarantán en la cabeza que casi la deja tiesa. Y dicen las viejas que de un golpe en la cabeza o te quedas tonta o ganas listeza. Con ambiciones por montera, terminó siendo una estrella en el olimpo de la inteligencia, que a día de hoy sólo le falta encontrar una órbita con un planeta estable en torno al que girar.

La otra por ser tan alta y guapa como cariñosa y despistada. Agradecida toda la vida estaré que por su tímida compañía decidió llevarme de carabina hacia el viaje de mi vida. No importa cuántas vueltas perdida con ella des, ni que no la veas en todo un mes, ni tan siquiera que la intentes llamar y jamás la puedas localizar, lo que importa de verdad, y nadie me lo podrá negar, es que es una mujer de bandera, con flexibles posaderas capaces de alumbrar tres criaturas de notable envergadura como si de uno de sus despistes se tratara… hala, dos empujones y listo. Ahí van cuatro kilos y pico.

Y mis dos amigas de verdad, son divertidas como las que más, con las que me río y carcajeo todo un día entero. Sólo los astros sabrán cuándo nos dejarán volver a disfrutar de una jarana de verdad. De esas que al recordar solo puedo considerar que NUNCA malgasté mi tiempo formando parte de este gran terceto.

Hoy mi moneda de la gramola va por vosotras, porque me siento afortunada de teneros y quereros como os quiero.

THE LAST VIERNES CON COCKTAIL&CANCIÓN

Hoy, primer viernes en el que escribo en el blog después de la pausa del verano, y paradojas de la vida, va a ser el último viernes con cocktail&canción. Esta sección pasará a llamarse “La Gramola”, en honor a un programa de radio que escuchaba en mi época de estudiante nocturna. Os descubriré música, os la dedicaré, me deleitaré con ello, pero sin seguir un patrón de obligatoriedad semanal y sí sentimental, es decir, cuando el corazón y el cuerpo me lo pidan. Igual que con el resto de entradas.

Mi querido blog, cómo te quiero, qué orgullosa me siento, pero como dice la canción:

I promised I’d be there but you don’t make it easy
Loving you, loving you it’s too hard
All I do it’s not enough
Loving you, loving you leaves me hurt

Así que curso nuevo, vida nueva, una vida de edición por devoción y no por autoimposición.

La vida blogueril de una mujer trabajadora y madre de familia numerosa sigue la tendencia evolutiva de la madurez… ese estado en el que prima la calidad frente a la cantidad…

Desde una vida plena y madura… ¡chin-chin!….

¡Hasta dentro de muy pronto, que tengo reservada publicación! 😉

YOU & I

Tras mi cenagoso a la par que maravilloso estío, recupero mi actividad blogueril en una fecha especialmente significativa. Un 31 de agosto, hace ocho años, los estrechos lazos que mantenía con Argentina pasaron de oficiosos a oficiales. Lo que venía siendo bonito, pasó a ser mejor ese día y en días sucesivos.

Huyendo del tedio que puede llegar a suponer para mis escasos lectores la descripción de los embriagadores sentimientos que le profeso a mi querido “etiqueta negra” , esta canción me ha parecido una bonita manera de recordar no sólo nuestro enlace, sino nuestra historia, nutriente continuo de la historia Entre Madrid y Buenos Aires.

Hoy no es viernes con cocktail & canción, pero aun así, esta canción va por ti, mi especial complemento de vida y alma… nuevos rumbos nos esperan, sin duda mejores!

 

LA FIDELIDAD HOY ES NÚMERO PAR EN NUESTRO VIERNES CON COCKTAIL&CANCIÓN

Woke up this morning feeling fine
There’s something special on my mind
Oh yeah, something tells me I’m into something good

Hay mañanas en las que me levanto y, como dice la canción, me siento bien; algo me dice que estoy metida en algo bueno… porque sé positivamente que ellas están ahí, así me lo manifiestan, con timidez y mesura.

Nuestro corazón no es sólo intrínsecamente internacional por los miembros de nuestra familia, sino también por los que nos rodean. Entre Madrid y Buenos Aires hacemos escala en dos familias cuyos corazones se encuentran a caballo entre Madrid y Panamá, la primera, y Valencia y México la segunda, en la que además cambian de residencia entre EEUU, Madrid y Sevilla.

Refiriéndonos al primero de los clanes, Marta (conocida como Pano) es madrileña de nacimiento y canaria de corazón. Está casada con un piloto cuyo carácter sureño le lleva a tener afinidad con el mío (me refiero a mi esposo, no mi carácter sureño, del que sólo hago gala por ser una tortuga). En ella se ve materializada la expresión que todas las personalidades de las generaciones de nuestras abuelas ensalzaban, de verano en verano, como la mejor de las cualidades y características personales: “¡anda, cómo ha crecido la niña! ¡Qué alta y que guapa está! Así es Marta, tan alta como guapa y con una simpatía y naturalidad que le hacen llevarse de calle cada corazón internacional con el que topa. Porque otra cosa no, pero desde la cuna mama la internacionalidad como quien veranea cada año en un puerto.

Y como ella es tan alta y tan guapa y una mujer con arrojo donde los haya, ya se ha encargado muy mucho de adiestrar a sus genes para que fueran dominadores a la hora de moldear su descendencia, lo que ha originado tres varones de guapura supina que en unos años les convertirá en auténticos conquistadores.

Nuestra segunda familia de hoy se encuentra capitaneada por mi querida Amparo, casada con un mexicano, que como mi argentino, tuvo la gran suerte de sentar base en la madre patria abducido por la dulzura personificada de esta gran mujer. Además de contaros que son guapos, simpáticos y un añadido sinfín de calificativos estupendos, si os tuviera que decir algo característico de ellos es que, teniendo muchas cosas en común con nosotros, la más representativa es que han tenido la boda más bonita a la que he asistido nunca como invitada y no parte implicada. Su internacional corazón está ocupado por dos morenos lindos, relindos y graciosos a más no poder.

En ocasiones he comentado cuán maravilloso es el azar, que también quiso poner a esta especial pareja en nuestro camino para dejarnos experimentar lo que es el fiel reflejo de la propia realidad y la identificación personal.

Con vosotras y vuestros ánimos y comentarios, mis fieles seguidoras, los días que escribo en mi querido espacio me levanto sonriendo y pensando que las señales me dicen que me he metido en algo bueno con esta tarea.

Porque sigamos compartiendo nuestras realidades, diferentes pero tan cercanas a veces. ¡Brindemos por los sentimientos compartidos, con nuestros corazones internacionales, con una chicha panameña y un tequila mexicano en la mano!

chicha y tequila

¡La energía positiva que transmite esta canción es la que me llega desde vuestras aportaciones! ¡Va por ustedes!

VIERNES EFERVESCENTE CON COCKTAIL & CANCIÓN

Aunque cada día tengo más claro que la efervescencia no es la madre de las ciencias, sino que esa es la paciencia, hay momentos en mi terrenal vida que mi indómita alma me pide a gritos quitarme el traje del autocontrol y repartir dosis de incisiva realidad, con la misma candidez que mi manifiesto me alienta a repartir besos a diestro y sinestro.

Porque hoy estoy tan efervescente como la mezcla de componentes químicos de lo más reactivos dispuestos a hacer saltar por los aires el matraz que los acoge.

Y justo hoy, precisamente hoy, cuando la no especialmente hormonada efervescencia rebosa todo mi ser, tengo una mañana de esas con mayor número de tareas a realizar que una normal; porque mis dos mayores terminan el colegio y tienen una fiesta que requiere de indumentaria y logística especial, porque mi pequeño tiene el festival y me tengo que acordar del disfraz y hasta la gomina para el pelo y porque tengo invitados de alta alcurnia a cenar y quiero dejar todo recogido antes de salir (aunque no me importa que se les clave una de las piezas de las construcciones de mi hijos en el trasero, sí me incomoda el hallazgo de un calcetín sucio o una zapatilla con ese olor tan estival que tiene el roquefort).

Y a más, a más, los tres herederos deciden al unísono y unilateralmente, que deben poner el pie en el suelo a las 6 de la mañana, porque esto de predicar tanto que la vida es muy bella, muy corta y hay que aprovecharla al máximo hay que llevarlo a rajatabla y hasta las últimas consecuencias. De nada sirven las rastreras súplicas de una madre efervescente que acaba soltando a gritos la efervescencia y renegando del iluminado momento en el que se impuso como pena la ausencia de televisión en el hogar, lo que les lleva a estar agarrados a mis pantorrillas demandando insospechadas e inoperativas peticiones en momentos críticos.

Así que hoy, querida audiencia, este vino, vasodilatador y relajante donde los haya, va por mí, porque yo lo valgo.

copas de vino

 

Está siendo una semana tan surrealista como el vídeo…

 

Irme a Disney World quiero, con el corazón entero!

Tengo el corazón partío… como Alejandro…

Un viaje a Disney World puede tener la intemerata de calificativos, a saber, divertido, entretenido, fabuloso, magnífico, inolvidable… pero a la vez descorazonador. Es esa dualidad de las cosas que como el perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Supongo que fruto de la querencia que mi amado esposo tiene, por razones obvias, hacia el continente americano, hace unos meses se tomó la decisión en mi hogar, con mayoría plena pero no desde mi total convicción, de hacer un viaje a Disney World con las niñas; y leéis bien, sólo las niñas, porque tras analizar la situación por arriba por abajo, por delante y por detrás, llevar al pequeño con nosotros nos traía más inconvenientes (me duele incluso verbalizar que mi pequeño es un problema) que beneficios, que aparentemente solo era el de que yo estuviera más tranquila.

Bajo el prisma de la lejanía temporal se observan figuras caleidoscópicas excepcionalmente bonitas y de armónicos colores, pero amigo, el caleidoscopio gira al compás de las manecillas del reloj del calendario y, a medida que la fecha no solo se aproxima, sino que está al caer, los motivos ya no son tan lucidos, ni especialmente atrayentes. Ahora una lo ve cual maraña de difícil salida.

Soy una gallina en el más amplio sentido de la palabra. Primero de todo, por ese sentimiento que, de manera inconsciente que no involuntaria, me lleva a tener a todos mis polluelos bajo mi cobijo y amparo. Segundo, porque hago honor a la mayor cualidad que de manera automática y en esta ocasión sí involuntaria, se le confiere a una madre en el mismo instante del alumbramiento, el miedo. Y efectivamente, cuando seas madre, comerás huevo.

A estas alturas de la vida es cuando entiendo y comprendo las estridencias de mi madre que me esperaba despierta jugando al buscaminas cuando salía por la noche, o por qué quería saber dónde iba, con quién, o el motivo por el que los viajes siempre suponían una preocupación, que no desaparecía hasta que, pasados los días, estaba de vuelta en casa.

Y soy yo la que ahora, convertida en una auténtica madre cliché, sufro, a veces en silencio y otras no, esos miedos que me llevan a pensar en esa serie de catastróficas desdichas que pueden ocurrir estando separada de mi último apéndice.

El recuerdo intacto tengo del único viaje allende los mares que hicimos mi marido y yo separados de la que por aquel entonces era nuestra única hija de nueve meses. Al pánico absoluto que tengo a volar, se unía que dejaba atrás a la carne de mi carne. Mientras el avión despegaba, lagrimones como limones me caían por las mejillas, rezaba con el mayor de los fervores y me agarraba fuertemente a mi marido, que me miraba con ojos de asombro, incredulidad al mismo tiempo que chanza.–No te preocupes, la niña va estar bien. Se queda con tus padres…– Sí, va a estar bien, pero la que no tenía claro que lo fuera a estar, era yo. No transcurría un día sin que mandara el mail de rigor demandando noticias de mi pequeña. Cual madre primeriza histérica que sale a cenar, que en las dos o tres horas que dura la velada, llama un par de veces a los mortales que amablemente se hayan quedado de canguros.

Hasta este punto todo bien, el viaje transcurría dentro de los límites de la normalidad y disfrute esperados. Pero justo en el momento de vuelta a casa, cuando parecía que mi nerviosismo ya debía entrar en fase de declive, en la puerta de embarque del avión viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida. Un horrible temporal de esos que paralizan la ciudad de Nueva York, estaba dejando inoperativo el aeropuerto donde estábamos. Todos, absolutamente todos los vuelos se estaban cancelando. Todos, menos el nuestro. ¿Ves? si no pasa nada, nuestro vuelo sigue sin cancelarse…. ¿Te crees que el capitán va a salir sin estar completamente seguro de que puede hacerlo? Ni mis oídos ni todos mis sentidos daban crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo que si nuestro vuelo no se cancela significa que no pasa nada? ¿Y el hecho de que todos los demás se cancelen no puede significar que el que está loco es nuestro piloto? Desde luego pirados, haberlos, haylos, y todos lo acabamos de comprobar hace muy poco, lamentablemente.

Pese a que mi marido me insistía en los contratiempos que nos ocasionaría cancelar el vuelo (alojamiento, días de retraso en el trabajo, dinero extra con el que no contábamos y por inclemencias meteorológicas no te cubren nada) para mí el mayor de los problemas era simplemente que si me subía en aquel avión las probabilidades de que no llegara viva a ver a mi hija eran lo que se dice un poquito altas… Por defecto profesional, no hacía más que imaginarme escenarios que estadísticamente eran probables y se me encogía el corazón. Tanto fue así, que en ese devaneo mental que me traía, me lancé presurosa a escribir lo que yo creía podían ser mis últimas palabras. Blackberry en mano, redacté un correo electrónico a mis padres narrando lo que a mis ojos era nuestra calamitosa situación, y clamando porque si no llegábamos vivos a nuestro destino, por favor, el dinero del seguro y de la venta de la casa, lo invirtieran en llevar a mi hija a un colegio bilingüe (pero de verdad) y le proporcionaran la mejor de las educaciones. Verdaderamente era desgarrador. Menos mal que mis padres no lo leyeron hasta varias horas después de nuestra llegada, si no, ni imagino el sin vivir de mis progenitores.

En esas me veo yo ahora, haciendo maletas para los que nos vamos y para el que se queda, pidiéndome el corazón que le deje mis últimas voluntades, que además de velar por su buena educación, van encaminadas a la transmisión del amor más profundo que se puede sentir hacia alguien. Porque casi me cuesta la vida traerlo a este mundo y queriéndole como le quiero, separarme de él me resulta descorazonador.

Y en este sin vivir, que me tiene sudando desde hace una semana como en mis mejores momentos de conductora novel que llevaba el coche de mi padre y él sabía que me había montado por los chorretes de sudor con los que había impregnado volante y palanca de cambio, me encuentro ahora.

Solo espero y deseo poderme reír de esta situación igual que de la misiva de aquella ocasión.

Y que pronto llegue el momento que ya me ha prometido el padre de las criaturas, la vuelta a Disney World todo juntos en amor y compañía.

Te quiero mucho hijo!

Nicolás
Gracias Jessica Davey por esta preciosidad!