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PUNTUALIDAD BRITÁNICA

Hay cualidades que considero virtudes, entre otras cosas por lo que en ocasiones cuesta conseguirlas.

Aquí subrayo la puntualidad. Porque lo de llegar con cuidado y diligencia a la hora convenida no es una tarea baladí. Costar, cuesta. Es lo que tiene moverme a paso de tortuga o con el freno de mano puesto.

Aun así una no cesa en su empeño por conseguir ser una virtuosa. Me tacharán de todo, hasta de impuntual, pero desde luego, no de no haberlo intentado.

Siendo yo una impuntual mocita, escrupulosamente a tiempo llegó a mi vida el padre de las criaturas. Ese en el que la puntualidad no es sino otra negra cualidad más en su etiquetado.

Tras unos cuantos años de noviazgo mi etiqueta negra, además de puntual, demostró ser paciente. Si bien es cierto que en los albores de nuestra relación, el delirio y el frenesí mitigaban la espera.

Pero una crece y sospecho que también madura. Rectifica errores, no sé si por maduración o por educación, la que sutilmente, con cortesía y urbanidad, con embudo me ha impartido el patriarca en mi hogar.

No sé a otros, pero a mí lo de los paseos en la puerta con el abrigo puesto, pasar de jugar con las llaves a abrir el cerrojo, u osar incluso abrir las puertas de mi humilde morada dejándola expuesta a merced de la curiosidad de los vecinos estando yo aún en paños menores, como aquel que dice, me parece que presión es poco.

Y si además resulta que los niños están con los abrigos sin poner, los zapatos aún sin abrochar, o las mudas de repuesto ante calamidades por micción sin guardar, ni siquiera ilustres de la talla de Boyle-Mariotte o Pascal son capaces de recoger en sus fórmulas variables explicativas de una explosión por presión semejante.

Ni la física, ni la biología fallan. Que se lo digan a Darwin y que me lo digan a mí que sufro cómo la genética y la selección natural han convertido a mi hijo pequeño en emblema de puntualidad.

No me queda más que clamar que siendo carne de propia carne no hay más remedio que aguantar, así con argentina dignidad. Y cuando de nuevo al patriarca le vuelva a tocar ocuparse del mañanero ritual sufriendo la presión de tan británica puntualidad, me rememore con comprensión cuando los hechos vayan más allá de una mera percepción. No es solo un pedo no….

El niño además, de “con-dón”, es un cagón. Y con exactitud y regularidad suelta su vientre al pañal en ese preciso instante en que te tienes que marchar. Ni el sonido de unas llaves impedirá que la criatura se comporte así de natural. No por nada, sino porque su naturaleza es puntual. Como la de su padre.

Reloj

DEL VOSEO AL MODO MINION

No hay mayor manjar, a los ojos y paladar de una criatura, que las popularmente extendidas chucherías. Al menos eso pensaba yo acerca de esta realidad tan mundana, hasta que el patriarca, desde esa austeridad más propia de sus genes navarros que argentinos, me confirmó que en Argentina los niños no ingieren semejante guarrería; que quien sabe lo que son, lejos de catalogarlas como delicias, las incorpora en la lista de subproductos tóxicos derivados del petróleo.

Yo, pese a que mi bolsillo y a mi conciencia les duela ir al dentista para arreglar los desaguisados causados por una ingesta inapropiada de azúcar, clamo (con mesura y mano que custodia a la par que dosifica) por una infancia con chuches. No sólo es por ese halo de nostalgia romántica que me invade a medida que pasan los años, sino por el espíritu de supervivencia que se ha despertado en mi persona tras la maternidad, que además crece al mismo ritmo que se me llena la cabeza de canas.

Y es que entre múltiples definiciones, las chuches destacan sobremanera como arma de negociación en caso de encontrase en situaciones farragosas; que por otra parte, quien tiene descendencia experimenta a veces con una cotidianidad no deseada. Yo, que estos avatares los sufro, no precisamente en silencio, reconozco tener un bote siempre en casa al que le otorgo la dualidad de castigo o recompensa. Soy débil, mi verborrea se agota, mi mente y mis glándulas salivares se bloquean; así que la incomodidad de una mente y una boca espesa me llevan a entregarme a la simpleza de la dulzura infantil, que anhelada con desesperación, sólo se ve materializada en tan petrolera materia.

Otra de las grandes cualidades de las chucherías es la capacidad de sembrar y germinar la semilla de la amistad. Si un niño saca una bolsa de chuches, en escasos instantes se encuentra rodeado de sus congéneres que le ofrecen la mejor de sus sonrisas a cambio de poder catar al menos una pizca de tan preciado tesoro. Venderán su alma a través de los mayores halagos. Una marcada enemistad puede desembocar en un momentáneo, pero fácil de creer, arrepentimiento. A veces, cerca de propiciar disputas, suelen fomentar la camaradería y el compañerismo.

Fue un tarde veraniega, rodeados de una pequeña agrupación infantil que alcanzó el consenso de implorar su dosis vespertina de chucherías, el momento en el que el patriarca se vio obligado, en contra de sus principios, pero en aras de no parecer un ogro a ojos de hijos ajenos, a repartir, bajo premisa de equidad, tan magna cochinada. Hete ahí que en un alarde de cercanía hacia los niños, según les va entregando la mercancía les va diciendo: “para vos”, “para vos”…. A lo que uno de los que allí se encontraban, con natural desconcierto contestó, “para vos, NO, este es para mi”… como si ese tal “vos” fuera a ser beneficiado con las chuches que por turno a él le tocaban.

Creo, con bastante certeza, que un reparto “estilo minion” (“TOMA, PARA TÚ”) hubiera resultado anecdóticamente menos divertido pero más comprensible para los receptores…

En la familia Entre Madrid y Buenos Aires somos muy muy fans de los minions… para muestra, un botón…

MI PEQUEÑO MINION

DE VACACIONES CUAL FIONA

Mis queridos cuatro locos/as seguidores/as….

Con esta carta me despido. Ha llegado el momento de retirarme durante la temporada estival.

Los que bien me conocéis sabéis que tras un pequeño paso por la playa nos metemos de lleno en la España interior y profunda, en esa en la que nos espera con los brazos abiertos la que a ojos del patriarca es una ciénaga y a ojos de mis hijas es el paraíso. Donde yo pasé grandes momentos de mi infancia (los mejores) y que mis hijos tienen la oportunidad de revivir. Ese lugar mágico que sería un pozo de inspiración para la mismísima @soynuriaperez, puesto que las rocas, palos y algún que otro desperdicio se convierten en un momento en perfectos utensilios de cocina, elementos de supermercados, cargamento de barcos pirata, material de una rústica escuela, etc… todo a los pies de una ciénaga en la que además se encuentran en no escasas ocasiones con culebras cazando sus presas, cangrejos y otros seres vivos propios del ecosistema.

Con este mi espíritu hollywoodiense y cual encarnación de la princesa Fiona, siempre enamoradísima de su querido Shrek, os dejo para estar reposando en mi ciénaga, rebosando todito amor por todas partes. Lo que no sé si alcanzaré a predicar eso de la slowlife esa que me resulta tan desconocida e inalcanzable, porque lo de estar con el ojo loco, brazos locos, piernas locas, y toda loca detras de mi Forrest Gump particular, el intrépido de mi tercero  que se lanza al agua como si en lugar de pulmones tuviera branquias, y doña col que me reclama en cuerpo y alma en cada baño que se da, precisamente por todo lo contrario… si lo hago muy slow, alguno se me ahoga seguro… casi que yo voy con el turbo, aunque mi Shrek perjure que voy con el freno de mano puesto….

¡Feliz verano a todos!

Vuestra, siempre…. desde la ciénaga con amor….

Fiona

fiona

LITERATURA A LA ARGENTINA

A día de hoy uno de mis grandes retos como madre no es conseguir que mis hijos lean a la perfección la cartilla, coloreen sin salirse, hagan sumas y restas sin equivocarse, hablen mucho inglés o tengan una velocidad de cálculo supersónica.  Ni siguiera que el curso que viene, con el paso a primaria, la mayor saque sobresaliente en los controles que le puedan hacer. A día de hoy, cuando la primogénita tiene apenas seis años recién cumplidos, la mediana va camino de los cuatro y un varón con-don de año y medio, mi gran propósito es intentar que sean felices e inculcarles valores profundos (yo, los míos, cada cual, con los suyos), que les acompañen en sus andaduras como mujeres y hombre de provecho.

Pese a que tres, a ojos de muchos, puede parecer no sólo un número elevado de hijos (que lo es también a los míos propios) sino un número que ya te otorga el título de madre experimentada, nada más lejos de la realidad. Soy una madre en ciernes, que sigue dudando y buscando recursos allá donde los hubiere para afrontar la nada fácil tarea de la educación y crianza de mi descendencia.

Y es en estas lides en las que, en no escasas ocasiones, recurro a los cuentos para poner en boca de otros lo que yo misma querría manifestar, puesto que soy consciente de que, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia de los matriarcados, si lo digo yo, o el patriarca, el porcentaje de calado del mensaje no es el mismo, ni es igual. Amén de la gran utilidad que luego tienen las referencias bibliográficas, “¿ves?, como en el cuento”. El “ya te lo dije” o “ves lo que te decía” parecen frases inherentes a la condición de madre/padre. Todos lo hemos sufrido y el que esté libre de pecado, incluso de pensamiento, que tire la primera piedra.

Mi espíritu hollywoodiense me lleva a tener predilección por los cuentos e historias de Disney, llenos de color, glamour y finales felices; inclinación que se ha visto agudizada desde el mismo momento en que tan inigualable compañía ha adquirido los derechos de Star Wars… Sin embargo, cuando se trata de predicar mensajes, me pongo en mi modo “moderna mística” y me decanto más por esos libros en los que parece que la sencillez y austeridad de las ilustraciones es proporcional a la profundidad del mensaje.

Una de mis obras literarias preferidas para estos menesteres es el HILO SIN FIN; la historia de Anabel, una niña que se encuentra una caja mágica con un hilo de lana sin fin que le llevará a transformar su pueblo gris y triste en un pueblo bonito, lleno de color y alegría. Un libro sobre la amistad, el poder de la transformación y cómo la actitud ante la vida puede cambiar por completo el curso de los acontecimientos.

Hilo sin fin

Y otro de mis imprescindibles es EL CAZO DE LORENZO en el que dibujos sencillos, tiernos y divertidos muestran cómo un niño con sus dificultades, sus cualidades y sus diferencias respecto al resto, consigue afrontar y superar el día a día. Algo para lo que además es fundamental contar con buenos amigos.

Hilo sin fin y cazo de lorenzo

El primer día que le leí EL CAZO DE LORENZO a mi mayor, terminé la historia y le pregunté “¿lo entendiste?” Y me contestó, “más o menos, pero yo creo que es mejor si me lo explicas en argentino…”

No sólo yo, que por carencia de nacionalidad estoy excusada, sino que mi amado esposo, oriundo de la mismísima Argentina, aún sigue buscando respuesta y yo planteándome si debo cambiar el discurso…

Irme a Disney World quiero, con el corazón entero!

Tengo el corazón partío… como Alejandro…

Un viaje a Disney World puede tener la intemerata de calificativos, a saber, divertido, entretenido, fabuloso, magnífico, inolvidable… pero a la vez descorazonador. Es esa dualidad de las cosas que como el perro del hortelano, ni come ni deja comer.

Supongo que fruto de la querencia que mi amado esposo tiene, por razones obvias, hacia el continente americano, hace unos meses se tomó la decisión en mi hogar, con mayoría plena pero no desde mi total convicción, de hacer un viaje a Disney World con las niñas; y leéis bien, sólo las niñas, porque tras analizar la situación por arriba por abajo, por delante y por detrás, llevar al pequeño con nosotros nos traía más inconvenientes (me duele incluso verbalizar que mi pequeño es un problema) que beneficios, que aparentemente solo era el de que yo estuviera más tranquila.

Bajo el prisma de la lejanía temporal se observan figuras caleidoscópicas excepcionalmente bonitas y de armónicos colores, pero amigo, el caleidoscopio gira al compás de las manecillas del reloj del calendario y, a medida que la fecha no solo se aproxima, sino que está al caer, los motivos ya no son tan lucidos, ni especialmente atrayentes. Ahora una lo ve cual maraña de difícil salida.

Soy una gallina en el más amplio sentido de la palabra. Primero de todo, por ese sentimiento que, de manera inconsciente que no involuntaria, me lleva a tener a todos mis polluelos bajo mi cobijo y amparo. Segundo, porque hago honor a la mayor cualidad que de manera automática y en esta ocasión sí involuntaria, se le confiere a una madre en el mismo instante del alumbramiento, el miedo. Y efectivamente, cuando seas madre, comerás huevo.

A estas alturas de la vida es cuando entiendo y comprendo las estridencias de mi madre que me esperaba despierta jugando al buscaminas cuando salía por la noche, o por qué quería saber dónde iba, con quién, o el motivo por el que los viajes siempre suponían una preocupación, que no desaparecía hasta que, pasados los días, estaba de vuelta en casa.

Y soy yo la que ahora, convertida en una auténtica madre cliché, sufro, a veces en silencio y otras no, esos miedos que me llevan a pensar en esa serie de catastróficas desdichas que pueden ocurrir estando separada de mi último apéndice.

El recuerdo intacto tengo del único viaje allende los mares que hicimos mi marido y yo separados de la que por aquel entonces era nuestra única hija de nueve meses. Al pánico absoluto que tengo a volar, se unía que dejaba atrás a la carne de mi carne. Mientras el avión despegaba, lagrimones como limones me caían por las mejillas, rezaba con el mayor de los fervores y me agarraba fuertemente a mi marido, que me miraba con ojos de asombro, incredulidad al mismo tiempo que chanza.–No te preocupes, la niña va estar bien. Se queda con tus padres…– Sí, va a estar bien, pero la que no tenía claro que lo fuera a estar, era yo. No transcurría un día sin que mandara el mail de rigor demandando noticias de mi pequeña. Cual madre primeriza histérica que sale a cenar, que en las dos o tres horas que dura la velada, llama un par de veces a los mortales que amablemente se hayan quedado de canguros.

Hasta este punto todo bien, el viaje transcurría dentro de los límites de la normalidad y disfrute esperados. Pero justo en el momento de vuelta a casa, cuando parecía que mi nerviosismo ya debía entrar en fase de declive, en la puerta de embarque del avión viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida. Un horrible temporal de esos que paralizan la ciudad de Nueva York, estaba dejando inoperativo el aeropuerto donde estábamos. Todos, absolutamente todos los vuelos se estaban cancelando. Todos, menos el nuestro. ¿Ves? si no pasa nada, nuestro vuelo sigue sin cancelarse…. ¿Te crees que el capitán va a salir sin estar completamente seguro de que puede hacerlo? Ni mis oídos ni todos mis sentidos daban crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo que si nuestro vuelo no se cancela significa que no pasa nada? ¿Y el hecho de que todos los demás se cancelen no puede significar que el que está loco es nuestro piloto? Desde luego pirados, haberlos, haylos, y todos lo acabamos de comprobar hace muy poco, lamentablemente.

Pese a que mi marido me insistía en los contratiempos que nos ocasionaría cancelar el vuelo (alojamiento, días de retraso en el trabajo, dinero extra con el que no contábamos y por inclemencias meteorológicas no te cubren nada) para mí el mayor de los problemas era simplemente que si me subía en aquel avión las probabilidades de que no llegara viva a ver a mi hija eran lo que se dice un poquito altas… Por defecto profesional, no hacía más que imaginarme escenarios que estadísticamente eran probables y se me encogía el corazón. Tanto fue así, que en ese devaneo mental que me traía, me lancé presurosa a escribir lo que yo creía podían ser mis últimas palabras. Blackberry en mano, redacté un correo electrónico a mis padres narrando lo que a mis ojos era nuestra calamitosa situación, y clamando porque si no llegábamos vivos a nuestro destino, por favor, el dinero del seguro y de la venta de la casa, lo invirtieran en llevar a mi hija a un colegio bilingüe (pero de verdad) y le proporcionaran la mejor de las educaciones. Verdaderamente era desgarrador. Menos mal que mis padres no lo leyeron hasta varias horas después de nuestra llegada, si no, ni imagino el sin vivir de mis progenitores.

En esas me veo yo ahora, haciendo maletas para los que nos vamos y para el que se queda, pidiéndome el corazón que le deje mis últimas voluntades, que además de velar por su buena educación, van encaminadas a la transmisión del amor más profundo que se puede sentir hacia alguien. Porque casi me cuesta la vida traerlo a este mundo y queriéndole como le quiero, separarme de él me resulta descorazonador.

Y en este sin vivir, que me tiene sudando desde hace una semana como en mis mejores momentos de conductora novel que llevaba el coche de mi padre y él sabía que me había montado por los chorretes de sudor con los que había impregnado volante y palanca de cambio, me encuentro ahora.

Solo espero y deseo poderme reír de esta situación igual que de la misiva de aquella ocasión.

Y que pronto llegue el momento que ya me ha prometido el padre de las criaturas, la vuelta a Disney World todo juntos en amor y compañía.

Te quiero mucho hijo!

Nicolás
Gracias Jessica Davey por esta preciosidad!