DESPEDIDA A LA NAPOLITANA

Cuando creía que algunos de mis propios récords no los podía volver a batir, hace dos días me descubro recordando que yo tenía un blog en el que solía escribir y al que no me dedico desde hace casi dos meses. Soy una bloguera de cuarta.

Os podría decir que desde el veinticinco de mayo, fecha en la que se celebra el día de la patria en Argentina y en la que escribí el último post, he estado tremendamente liada, liadísima, ahogada por tempestades de planes y tareas. Podría alegar todo un certero repertorio de excusas capaces de dar matarile al blog en un santiamén. Pero no estaría más que engalanando una trola como un piano, porque la verdadera realidad es que he sido secuestrada por el plácido devenir de los días, por el atractivo del sosiego, por el enganche del “desenganche” o la desconexión.

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LEEMOS UN RATO, CON EL GATO GARABATO

Lo de fomentar la lectura entre mis tres vástagos no es tan romántico como yo pensaba. En ninguna de sus vertientes de fomento. Ni la de predicar con el ejemplo, ni la de hacerlo con ellos.

Como buena madre de manual, siempre tendí a idealizar esos momentos. El de leer con ellos, además, lo había asumido como mágico, lleno de paz y armonía, donde el objetivo del incentivo lector se vería acompañado por la posibilidad de compartir momentos únicos  con nuestros hijos; estrechando lazos y abrazos.

Pero tengo tres hijos que a la hora de irse a la cama se alzan como partisanos de la lucha por su derecho a seguir despiertos, viviendo la vida hasta el límite. En esta contienda se apoyan mutuamente. Sin fisuras. Se comprenden y solidarizan ante la penosa sensación que les invade cuando identifican el cuento como el devastador preludio del sueño. El cuento es para ellos el pistoletazo de salida para meternos en harina. De fuerza. De la que mezclada con masa madre sube como la espuma. Continue Reading →

LITERATURA A LA ARGENTINA

A día de hoy uno de mis grandes retos como madre no es conseguir que mis hijos lean a la perfección la cartilla, coloreen sin salirse, hagan sumas y restas sin equivocarse, hablen mucho inglés o tengan una velocidad de cálculo supersónica.  Ni siguiera que el curso que viene, con el paso a primaria, la mayor saque sobresaliente en los controles que le puedan hacer. A día de hoy, cuando la primogénita tiene apenas seis años recién cumplidos, la mediana va camino de los cuatro y un varón con-don de año y medio, mi gran propósito es intentar que sean felices e inculcarles valores profundos (yo, los míos, cada cual, con los suyos), que les acompañen en sus andaduras como mujeres y hombre de provecho.

Pese a que tres, a ojos de muchos, puede parecer no sólo un número elevado de hijos (que lo es también a los míos propios) sino un número que ya te otorga el título de madre experimentada, nada más lejos de la realidad. Soy una madre en ciernes, que sigue dudando y buscando recursos allá donde los hubiere para afrontar la nada fácil tarea de la educación y crianza de mi descendencia.

Y es en estas lides en las que, en no escasas ocasiones, recurro a los cuentos para poner en boca de otros lo que yo misma querría manifestar, puesto que soy consciente de que, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia de los matriarcados, si lo digo yo, o el patriarca, el porcentaje de calado del mensaje no es el mismo, ni es igual. Amén de la gran utilidad que luego tienen las referencias bibliográficas, “¿ves?, como en el cuento”. El “ya te lo dije” o “ves lo que te decía” parecen frases inherentes a la condición de madre/padre. Todos lo hemos sufrido y el que esté libre de pecado, incluso de pensamiento, que tire la primera piedra.

Mi espíritu hollywoodiense me lleva a tener predilección por los cuentos e historias de Disney, llenos de color, glamour y finales felices; inclinación que se ha visto agudizada desde el mismo momento en que tan inigualable compañía ha adquirido los derechos de Star Wars… Sin embargo, cuando se trata de predicar mensajes, me pongo en mi modo “moderna mística” y me decanto más por esos libros en los que parece que la sencillez y austeridad de las ilustraciones es proporcional a la profundidad del mensaje.

Una de mis obras literarias preferidas para estos menesteres es el HILO SIN FIN; la historia de Anabel, una niña que se encuentra una caja mágica con un hilo de lana sin fin que le llevará a transformar su pueblo gris y triste en un pueblo bonito, lleno de color y alegría. Un libro sobre la amistad, el poder de la transformación y cómo la actitud ante la vida puede cambiar por completo el curso de los acontecimientos.

Hilo sin fin

Y otro de mis imprescindibles es EL CAZO DE LORENZO en el que dibujos sencillos, tiernos y divertidos muestran cómo un niño con sus dificultades, sus cualidades y sus diferencias respecto al resto, consigue afrontar y superar el día a día. Algo para lo que además es fundamental contar con buenos amigos.

Hilo sin fin y cazo de lorenzo

El primer día que le leí EL CAZO DE LORENZO a mi mayor, terminé la historia y le pregunté “¿lo entendiste?” Y me contestó, “más o menos, pero yo creo que es mejor si me lo explicas en argentino…”

No sólo yo, que por carencia de nacionalidad estoy excusada, sino que mi amado esposo, oriundo de la mismísima Argentina, aún sigue buscando respuesta y yo planteándome si debo cambiar el discurso…