LITERATURA A LA ARGENTINA

A día de hoy uno de mis grandes retos como madre no es conseguir que mis hijos lean a la perfección la cartilla, coloreen sin salirse, hagan sumas y restas sin equivocarse, hablen mucho inglés o tengan una velocidad de cálculo supersónica.  Ni siguiera que el curso que viene, con el paso a primaria, la mayor saque sobresaliente en los controles que le puedan hacer. A día de hoy, cuando la primogénita tiene apenas seis años recién cumplidos, la mediana va camino de los cuatro y un varón con-don de año y medio, mi gran propósito es intentar que sean felices e inculcarles valores profundos (yo, los míos, cada cual, con los suyos), que les acompañen en sus andaduras como mujeres y hombre de provecho.

Pese a que tres, a ojos de muchos, puede parecer no sólo un número elevado de hijos (que lo es también a los míos propios) sino un número que ya te otorga el título de madre experimentada, nada más lejos de la realidad. Soy una madre en ciernes, que sigue dudando y buscando recursos allá donde los hubiere para afrontar la nada fácil tarea de la educación y crianza de mi descendencia.

Y es en estas lides en las que, en no escasas ocasiones, recurro a los cuentos para poner en boca de otros lo que yo misma querría manifestar, puesto que soy consciente de que, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia de los matriarcados, si lo digo yo, o el patriarca, el porcentaje de calado del mensaje no es el mismo, ni es igual. Amén de la gran utilidad que luego tienen las referencias bibliográficas, “¿ves?, como en el cuento”. El “ya te lo dije” o “ves lo que te decía” parecen frases inherentes a la condición de madre/padre. Todos lo hemos sufrido y el que esté libre de pecado, incluso de pensamiento, que tire la primera piedra.

Mi espíritu hollywoodiense me lleva a tener predilección por los cuentos e historias de Disney, llenos de color, glamour y finales felices; inclinación que se ha visto agudizada desde el mismo momento en que tan inigualable compañía ha adquirido los derechos de Star Wars… Sin embargo, cuando se trata de predicar mensajes, me pongo en mi modo “moderna mística” y me decanto más por esos libros en los que parece que la sencillez y austeridad de las ilustraciones es proporcional a la profundidad del mensaje.

Una de mis obras literarias preferidas para estos menesteres es el HILO SIN FIN; la historia de Anabel, una niña que se encuentra una caja mágica con un hilo de lana sin fin que le llevará a transformar su pueblo gris y triste en un pueblo bonito, lleno de color y alegría. Un libro sobre la amistad, el poder de la transformación y cómo la actitud ante la vida puede cambiar por completo el curso de los acontecimientos.

Hilo sin fin

Y otro de mis imprescindibles es EL CAZO DE LORENZO en el que dibujos sencillos, tiernos y divertidos muestran cómo un niño con sus dificultades, sus cualidades y sus diferencias respecto al resto, consigue afrontar y superar el día a día. Algo para lo que además es fundamental contar con buenos amigos.

Hilo sin fin y cazo de lorenzo

El primer día que le leí EL CAZO DE LORENZO a mi mayor, terminé la historia y le pregunté “¿lo entendiste?” Y me contestó, “más o menos, pero yo creo que es mejor si me lo explicas en argentino…”

No sólo yo, que por carencia de nacionalidad estoy excusada, sino que mi amado esposo, oriundo de la mismísima Argentina, aún sigue buscando respuesta y yo planteándome si debo cambiar el discurso…

MI DULCE ENSIMISMAMIENTO, MI MOMENTO SPECIAL K

Con este título, cualquiera se aventuraría a pensar que la temática de hoy gozaría de cierta tonalidad escatológica, pero no, por ahora dejo apartado el momento Enrique y Ana, caca-culo-pedo-pis, para otra ocasión.

Como ya avanzaba en su día, en una de esas listas que, pese a no gustarme demasiado, sucumbí a realizar porque la ocasión así lo merecía, soy lenta para todo en general, y para hablar y caminar, en particular. Característica que ha llevado a que en mi hogar, con descaro y desfachatez, el padre de las criaturas aliente a mi descendencia a cantarme la canción del cantajuegos “Dicen que”, en la estrofa que clama: “dicen que las tortugas son lentas, lentas, lentas, y yo muy rapidito… qué le voy a hacer…” Aguanto el chorreo lo más dignamente que puedo, sin ni siquiera ya rebatir, porque una es totalmente consciente de su realidad. Yo lo único que de vez en cuando me lanzo a recordar es que, pese a esto que algunos consideran un defecto, y con total similitud al clásico de los clásicos “la liebre y la tortuga”, llego a mi destino incluso con el caparazón lleno de inquilinos… y no sólo eso, sino que además la gente me pregunta en no escasas ocasiones: ¿y cómo te da tiempo a hacer todo esto?, pues será, por simple deducción y lógica, que la escala de velocidad con la que tratan de evaluar mis actos está un poquito sesgada. Vamos… digo yo…

Pero bueno, aceptamos lenta como rasgo de mi persona.

Numerosas son las teorías que defienden que muchas de las conductas del ser humano son aprendidas, no innatas y, además, que los condicionantes del entorno son variables de influencia especialmente significativas. En este punto es donde mi modelo identifica de manera clara y concisa la gran variable externa, a saber, el cansancio por ir corriendo cual tortuga tirando de cuatro (de mi misma, que no es poco, y de los tres polluelos del corral). No quiero ser una madre drama, pero suelo llamar a las cosas por su nombre. Tener un hijo con-don; vivir en Hollywood, a caballo Entre Madrid y Buenos Aires; además de estar sometida a toda suerte de retos diarios en los que tengo que sacar armas que convierten en meros aficionados a los que negocian con delincuentes, pues convengamos que un poquito cansado es. Maravilloso seguro, pero agotador también. Al pan, pan, y al vino, vino.

Hay quien estima que tres es el peor número de hijos a tener (desde luego el más trabajoso), y que la solución indiscutible pasa por tener un hijo más. El cuarto, al que criarán los demás, lo que a su vez les hará madurar para cuidarte a ti también. Yo es que no me veo muy animada a decantarme por esa vía, de la que con cordura me alejan las prescripciones médicas que me hicieron en su momento, tras haber vivido más de una situación crítica, con riesgo de vida incluido en el lote. Así que no me queda más remedio que sobrellevar el cansancio con la misma estoicidad que aguanto a mi galán y mi prole entonándome el último grito entre los hits infantiles.

Y lo acepto. Así que por las mañanas, pausadamente me levanto, me preparo el desayuno pululando por la cocina cual tortuga ninja para evitar hacer un solo ruido que despierte a las fieras y perturbe el silencio de ese instante. Un silencio del que disfruto relajada y lentamente, que en el mejor de los casos sólo se ve roto por el ruido del calentador encendido (la ducha del patriarca), que me anuncia cuando mi letargo llega a su fin, antes de verle entrar por la puerta de la cocina clamando “¿pero todavía estás así?”. Y es que ese es mi momento, mi momento special k, en el que el cola-cao o la lágrima que me esté tomando, lo acompaño con estos cereales, alcanzando un grado de ensimismamiento y evasión tal, que incluso la reiterada lectura de los ingredientes y desglose de vitaminas y minerales del paquete, me parece de lo más interesante. Leo, releo, le doy la vuelta al paquete, porque me cansa más la ocasional esbelta silueta de la dama que tan valiosa literatura. En caso de mayor hartura, me paso a la información nutricional del cola-cao. El objetivo perseguido es conseguido: mi mente se mantiene en blanco. Una mente maravillosa.

Creo que me agrada ser una tortuga, así como desayunar cola-cao y special k.

cola-cao y special k

Aquí os dejo la canción en cuestión, por aquello de que contextualicéis mejor…