No llores por mi Argentina

Los argentinos son únicos a la hora de denominar las cosas. Con ellos, el límite entre lo explícitamente obvio y la sofisticación semántica es tremendamente fino. Vas conduciendo tu coche (auto) y de repente se pincha una rueda ¿Dónde tendrás que llevarlo para que la arreglen o la cambien, sino a una “gomería”? (al fin y al cabo una rueda es una goma). Te surge la necesidad de comprar pintura porque vas a lucir alguna pared de tu casa y es incuestionable que te diriges a una “pinturería”, tan evidente como que si quieres un perfume acudes inmediatamente a una perfumería. Pues mientras lo de frecuentar perfumerías yo lo había hecho bastante a menudo antes de conocer a mi marido, nunca antes había tenido el gusto de ir a una pinturería o a una gomería, o por lo menos, haber sido consciente de que se denominaban de esa manera. Hasta la fecha, yo había llevado el coche al taller y había ido a una tienda de bricolaje y pinturas. La verdad sea dicha, qué poca eficacia (que no eficiencia) verbal la nuestra, que algo simple lo complicamos. Ya decía yo… qué poco me gusta ir al taller, quizás si fuera a la gomería me gustaría más…

Y en este punto, donde todo parece claro y la terminología aparenta ser indudable, me topo con una creativa sofisticación del vocabulario que para mi gusto alcanza uno de sus máximos exponentes con la palabra “lágrima”. Sin ánimo de profesar el “síndrome pretty woman”, para la que una bañera es el lago Michigan, me parece que la elección de esta palabra y su significado reflejan ingenio y elegancia.

Resulta que tengo la peculiaridad de ser una persona a la que no le gusta el café, debido a que su sabor me parece demasiado fuerte. Soy de las que si queda contigo a tomarlo me pediré un cola-cao con leche templadita, porque a pesar del empeño que ponga en tratar de describir que quiero un café en el que todo el contenido sea prácticamente leche, con tan solo unas gotas que la tiñan, no me entienden. Soy una incomprendida por el gremio de camareros de mi país. Recalco hasta la saciedad la escasísima cantidad de café que deseo y utilizo expresiones mil, como leche teñida, leche manchada, un manchado, leche con exclusivamente dos gotas de café, un café con leche más corto de café que el cortado, etc. sin que ninguna resulte fructífera. Y es entonces cuando tengo uno de esos días mágicos en los que me encuentro con un camarero argentino. Le identifico con tan solo decir “buen día”. Le sonrío. Quizás pensará que voy a flirtear. Pero nada más lejos de la realidad. Mi cara refleja el gran gozo que siento por saber que tan sólo tengo que pedirle “una lágrima” y me lo va a poner tal cual me gusta, una taza llena de leche con una gota (lágrima) de café. Entendimiento mutuo y bidireccional, porque ¿a quién no le gusta al estar fuera de su país escuchar expresiones propias del suyo? Hasta ahora, las veces que lo he pedido, nunca he tenido que explicar nada. La inmediatez ha sido especialmente grata ¿Y no tiene el doble de glamour acudir a un café y pedir una lágrima que pedir un manchado? Años luz….

Así que mientras no tenga la certeza de que mi interlocutor es oriundo de donde yo quisiere, seguiré pidiendo cola-cao, o cometeré sacrilegio pidiendo café de sobre para poder dosificar la cantidad que me echo. Y, aunque más escasos, disfrutaré los momentos en los que pueda solicitar de manera elegante, refinada y sofisticada una lágrima acompañada de una media luna de esas que te quitan el sentido.

No llores por mí Argentina, porque la única lágrima que te reclamaré, será la de un exquisito café.

Ya os iré contando dónde poder tomar una lágrima en condiciones…
Lágrima

One Thought on “No llores por mi Argentina

  1. Cía on 12 mayo, 2015 at 1:37 pm said:

    yo también soy de lágrima, así que espero tus próximas referencias con entusiasmo!

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