LEEMOS UN RATO, CON EL GATO GARABATO

Lo de fomentar la lectura entre mis tres vástagos no es tan romántico como yo pensaba. En ninguna de sus vertientes de fomento. Ni la de predicar con el ejemplo, ni la de hacerlo con ellos.

Como buena madre de manual, siempre tendí a idealizar esos momentos. El de leer con ellos, además, lo había asumido como mágico, lleno de paz y armonía, donde el objetivo del incentivo lector se vería acompañado por la posibilidad de compartir momentos únicos  con nuestros hijos; estrechando lazos y abrazos.

Pero tengo tres hijos que a la hora de irse a la cama se alzan como partisanos de la lucha por su derecho a seguir despiertos, viviendo la vida hasta el límite. En esta contienda se apoyan mutuamente. Sin fisuras. Se comprenden y solidarizan ante la penosa sensación que les invade cuando identifican el cuento como el devastador preludio del sueño. El cuento es para ellos el pistoletazo de salida para meternos en harina. De fuerza. De la que mezclada con masa madre sube como la espuma.

Resulta que todas las noches dejo ver, con sospechoso entusiasmo, mi lado más místico y filosófico, buscando la oportunidad de entonar mi retórica a ver si les convenzo para formar parte del orden del universo en el que me gustaría que vivieran. Sin embargo, se resisten. Se me resisten. Creo que identifican lo mío como una treta de madre que no hace más que tirar de eufemismos locos. Y encima los reutiliza, si es que no los renueva.

Da igual lo que haga o lo que diga. Se van a pelear por el cuento, seguro. Porque no lo eligen; o si lo eligen, porque no se ponen de acuerdo en la elección. De lo que se deduce que uno no es suficiente. Nunca. Otras veces se irritan porque no consienten disfrutar únicamente del noble arte de escuchar y quieren, además, participar. En cuyo caso el arrebato se da tanto porque la mediana lo lee a trompicones, como porque la mayor necesita galones. Y el tercero, que sobrevive a la pérdida de protagonismo por no saber leer aún, no cesa en su empeño por aprender. Amontona cuentos por doquier. Los lee. Incluso los escenifica. Utiliza el recuerdo como guía.

Total, que en mi vida, que no es más que una repetición poco original de lo que es la vida misma, yo sigo insistiendo en desarrollar mi lado más romántico de la maternidad y ellos, en su ejercicio del papel de hijos, no hacen más que clamar a gritos por una madre práctica que se deje en paz de romanticismos enemigos de la diversión. Insisten, sin darse respiro y sin dármelo a mí, en convertir las luchas de opinión en una vía de evasión del sueño, generando polémica día sí y día también.

Sin embargo, no se dan cuenta que no hay nada peor que tumbar mis ambiciones llenas de razones. En otros puntos no sé, pero en este estoy dispuesta a tener unas tragaderas sin fondo. Y lo lograré (como si de un grito de Escarlata se tratara). Sin obligación y bajo la facción de la moderación, la explicación, la justificación y la reflexión terminarán aperándose con la cordura.

De momento no hago más que patearme las zonas infantiles de las librerías. Porque los jueves es mi día. Tras haberse turnado en elegir, con mayor o menor resignación, el jueves no hay opción. Me toca a mí. Y punto. Yo leo y les leo lo que quiero. Les guste a priori o no. Protesten o aplaudan. Me da igual. Porque el resto de los días puedo tolerar claudicar ante las modas, pero el jueves no. El jueves claudican ellos ante mi gusto. Y poco a poco van asumiendo que no hay por qué tener tanto disgusto. Resulta que están empezando a reconocer que les gusta dejarse sorprender.

La última sorpresa ha sido de las buenas. De las de fondo de armario que nunca hay que dejar de usar.

Es un cuento bastante largo, que alguien podría pensar que a los niños les puede cansar. Pero nada más lejos de la realidad. La historia, de lo más divertida, les atrapa desde el principio (dejándoles enmudecidos) hasta el final, donde además es inevitable que se lancen a hablar. Y no os digo más.

Si me preguntas por qué me gusta, te contesto: adivina… está lleno de rimas.

“El gato Garabato”.

Porque de repente un post del otro día me recordó que los cuentos nos llenan de vida.

 

El Gato Garabato

2 Thoughts on “LEEMOS UN RATO, CON EL GATO GARABATO

  1. Muy bueno Meri

  2. Hola María! Te conozco / nos conocemos por las redes sociales (IG), pero si no me equivoco no había leído tu blog. Este post me ha encantado, escribes de maravilla. Me recuerda a esos blogs que leía cuando empecé y que ya han desaparecido o han cambiado de registro jeje. La página/post de “nosotros” me ha dejado conocerte un poco más. Aquí tienes una nueva seguidora.

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