LA FIEBRE DEL ORO LÍQUIDO

A mí me crecen los sueños como si los abonara. Menudo vergel atesoro a mis espaldas. Sospecho que mi propensión a acumularlos es deformación hollywoodiense, y lo de hablar tanto de ellos (ver aquí, aquí, aquí, o aquí) puedo elevarlo a categoría de TOC del que no me rehabilito. Destila efluvios de locura absoluta.

Asumida en carnes propias esta afección (la de soñar) del acervo genético de la modernidad, puedo aludir que participaros de mis ensoñaciones como madre es una tarea bastante fácil. Lo difícil es consumarlas. Como dice alguien que desconozco pero no soy yo: antes de morir es fácil tener un hijo, escribir un libro o plantar un árbol, lo difícil es criar al hijo, que lean el libro o mantener vivo el árbol. Y bajo este axioma tan mundano y existencial se ampara el flujo constante y dinámico de mis sueños no sólo por mi mente, sino por mi boca, tan grande como un buzón. Otra cosa muy distinta es verlos cumplidos.

Pero si de proposiciones que conforman teorías va el asunto, no hay que obviar que la tenencia de un blog anidado en la madresfera nos va a llevar a las autoras, casi por principio, a utilizar todas las herramientas posibles para transmitir nuestras ensoñaciones con la elocuente fraseología maternal de la que hacemos gala en cuanto tenemos la más mínima oportunidad. Cuando seas madre, comerás huevo. Porque tejerse a base de refranes te ahorra muchos divanes.

En mi rol de madre bloguera, comprometida con la felicidad que otorga el cumplimiento y la transmisión de los sueños (además de la ausencia de dolor, no lo olvidemos), os podría decir que tengo días en los que mi mayor sueño se ciñe a que me salga una masa de pizza gruesa y esponjosa (como si de una buena masa argentina se tratara) o un pan, al menos digno de comer, no calificado por mi marido con tan mala nota que prefiera el prefabricado. Otros días mi gran sueño es sobrevivir al paso de las horas con la mayor dignidad posible, para poder disfrutar de mi momento tranquilo con el punto y las series de televisión, una vez se cierne la noche. Con bastante asiduidad pienso en lo bonito que sería mantener intacta la intimidad en mi baño. O que en lugar de veintisiete puntos de conflicto fraterno-materno-infantil durante el día solo tuviera una docena. Admito docena y media incluso, para no ser tildada no sé si de ingenua o ambiciosa. También suele ser habitual que sueñe mediar palabra con mi marido, pero a ser posible de una temática que se salga fuera de lo que son los asuntos de candente actualidad en nuestro hogar (cromos, tablas de multiplicar, cumpleaños y otras fiestas de guardar, recreos, trifulcas infantiles, etc.). Pero creo que, una vez cumplido mi sueño de una noche de verano, el epítome de mis anhelos no es otro que conseguir un tercer lado. Como lo leéis. Y es que el día que logre disponer, además de una diestra y una siniestra, de un tercer lado en el que mis criaturas se puedan aposentar, ese día viviré la apoteosis de la maternidad. Eso sí que será felicidad sin filtros y sin satinar.

Y me aventuraría a decir que es un sueño tan incorporado en mi anodina realidad que puede cumplirse el día menos pensado. Un vaticinio bastante fácil, primero porque a mis sueños no les exijo que sean creíbles (porque para eso son sueños) y segundo porque mis hijos son capaces de medrar por partes insospechadas de mi cuerpo para hacerse un hueco a mi lado entre sus hermanos. Trepar, reptar, et voilà, mi tercer lado. A base de empujones, apreturas, desventuras y falta de miramientos. Los tres a mi regazo y se acabaron los encontronazos. Y, la verdad sea dicha, se me ofrece más apetecible el incordio tolerable de estar todos como sardinas en lata que enzarzados como gatos.

Pero mis sueños son de chichinabo y achicoria al lado de los de mi marido. Él sí que tiene sueños de verdad. De los de buen espíritu soñador, romántico empedernido; de los que tienen el raciocinio completamente adormecido.  El magro sueño de mi marido es que a sus hijos les guste el dulce de leche como a él y como a todo argentino viviente, según su desiderativa visión del mundo troquelada por la morriña.

Un día cualquiera, de entre tantos en los que la primavera se encarga de penetrarnos el ánimo con sus matices luminosos y florales, su entusiasmo al llegar a casa, anunciando con bombo y platillos que portaba en sus manos el auténtico oro líquido, resultó tan efímero que duró únicamente hasta el desayuno de la mañana siguiente. Fue entonces cuando nuestras criaturas se encargaron de dar al traste con una de las mayores aspiraciones de mi marido, dejándole sumido en la oscuridad abisal de la desdicha. No tuvieron mejor ocurrencia que verbalizar a carrillos vacíos lo poco que les gustaba el dulce de leche, manjar de sus desvaríos (los de mi marido).

No hay dolor, se debió repetir en su fuero más interno. Y como si tuviera que planificar una estrategia sin opción a fracaso por estar enfrentándose a una pandilla de malhechores, decide cursar una amenaza sutil pero rotunda: – Si no os gusta el dulce de leche no os van a dar la nacionalidad argentina. No sé si sabéis que para ser argentinos es un requisito indispensable que os guste el dulce de leche. Es más, en el mostrador del consulado el funcionario de turno tiene un bote con una cuchara y os hace probarlo. Al que no le gusta, se le deniega el pasaporte.

Está claro que el afán por mantener la anexión cultural entre los dos países y por conservar siempre vivo el dulce recuerdo de la infancia justifica recurrir a cualquier tipo de chantaje. Yo desde luego hubiera hecho lo mismo si osan decirme que no les gusta el jamón o la tortilla de patata.

Sobre todo sabiendo que cierta incertidumbre suscitó entre los saqueadores de sueños. Mientras yo me seguía riendo cuando se habían ido de casa, creo que la mayor le dijo a su padre con tono de ligera preocupación: – papá, el dulce de leche de dentro de los alfajores sí que está rico, yo creo que algo me gusta el dulce de leche…

El día que a mis hijos les guste el dulce de leche a cucharadas, máxima instrumentación del puro vicio, a mi marido se le derretirá el corazón glacial de la Patagonia. Eso sí que será ver cumplir un sueño.

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