HUMOR EN MAYÚSCULAS

No sé por dónde empezar a escribir sin caer en un atropello de alabanzas. Una tras otra se yuxtaponen en mi mente lejos de tocar fin.

En el vasto territorio del humor, donde abundan los desconocedores del refinamiento y buen gusto, es posible encontrar, en ocasiones, algunos seres formidables que conforman una estirpe exclusiva, inimitable y, con alta probabilidad, irrepetible. Solo a ellos, a este selecto grupo de agraciados con lo que para mí es un gran don divino, les dispensaría en caso de que se les ocurriera deambular por la vida con la cadencia y la soberbia intelectual que pudiera desprender un compositor/filósofo erudito de la talla de Mastropiero. Solo a ellos les concedería la descortesía de mostrarse triunfantes. Pero solo a ellos, porque su exuberancia inteligente hace que me olvide hasta de mí misma.

Me refiero, como podéis intuir, a Les Luthiers, grupo de “musicómicos” argentinos.

Si en algún lugar existe una posibilidad menos remota de repetición de tal elenco, desde luego es en Argentina, patria y cuna del HUMOR, con mayúsculas.

Fotografía, agencia EFE

Fotografía, agencia EFE

Y con este prolegómeno, que sirve de poco y nada, porque yo sigo con mis ansias de adular, os cuento que son increíbles, ingeniosos, divertidos, perspicaces, sutiles, elegantes. Dosis extra de talento les cayó en suerte a estos virtuosos del donaire que han llegado a ser auténticos maestros de la parodia. Preceptores de la contención y la finura. Son la encarnación más plausible de la brillante frase que el otro día leía: “entre lo que no podemos decir y lo que no queremos decir, se escurre lo que nos define”. A ellos se les escurre la genialidad por todas partes.

Pocos artistas pueden presumir de salir tan airosos ante el reto de mantener intacto el amor que les profesan los de siempre (los que han envejecido con ellos), conquistando a la vez a los nuevos corazones que caemos rendidos a sus voces y su sarcasmo. Con virginal entrega nos mostramos, dispuestos a disfrutar y aprender con la sabiduría de la experiencia. Con mis treinta y todos yo me entrego a ellos y a la diversión con la que vienen cargados. Con los ojos cerrados. Sin ninguna duda.

Mi etiqueta negra tuvo el tino guiado de agasajarme por mi cumpleaños no con un nuevo helecho del amor, sino con unas entradas para el espectáculo “CHIST, ANTOLOGÍA”, uno de esos regalos que más me gustan últimamente. Los intangibles. Se han convertido en pilares básicos de la filosofía de la que ya os hablaré algún día: -la plata, querida, te la “chupás”, te la “morfás” y te la “viajás”; es lo único que te “llevás” a la tumba-

Bien poco se prodigan por estos lares, razón de más para programar con seis meses de antelación tan antológica ocasión, apuesta segura de risas sin moderación y con gran admiración. Incluso reverencial, diría yo.

La irrefrenable hemorragia de satisfacción que tuve hace una semana, en un día que por cierto compartí divertimento con la realeza, solo se vio mermada por la sensación de insalvable distancia que me impedía llegar a ellos con la misma cercanía de otras ocasiones. Para mi gusto, la grandiosidad del impronunciable Barclaycard Arena, tradicionalmente conocido como Palacio de los Deportes por los clásicos, lleva aparejada esa pérdida de proximidad que te invade al distraerte de sus gestos tan sopesados y majestuosamente interpretados. Entiendo que para ellos poder disfrutar de encender la pasión de las masas es algo sublime. Solo por eso se lo perdono, porque aun así, fue memorable.

Creo que este grupo de veteranos tiene la clave para no tener que marcharnos al Tibet. Lo visualizo. Voy a hablar claro a mis hijos de la epistemología y los verdaderos dilemas de amor. Uno de sus argénteos números  y en el que aún estaba en escena Daniel Rabinovich, fallecido en agosto de 2015.

Son menos de seis minutos en los que podréis ir desde la sonrisa permanente hasta la carcajada más estridente, como la mía cada vez que los escucho.

No dejéis de ver el video.

 

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