EL SURREALISMO COMO MOVIMIENTO DOMÉSTICO

He de reconocer que llevo queriendo escribir este post mucho tiempo. Quizás mi firme intención pueda remontarse al mes de marzo. Fue entonces cuando hice pública mi predilección. Pero no ha sido hasta hace apenas treinta días cuando he reconocido la necesidad apremiante de apaciguar mi zozobra. Porque lo que vivo desde que se me agotaran los capítulos de la mejor serie que mi provecta persona ha visto hasta el momento en la pequeña pantalla, es un auténtico drama.

Para poneros en antecedentes, House o Anatomía de Grey eran las series que estaban en boga durante mi última etapa como televidente activa. Imagino que con esta pequeña pincelada os costará menos establecer una ratio espacio/tiempo adecuada con la que poder, no sé si explicar, pero al menos entender un poco más lo exageradamente triste que me siento.

Me hago autoterapia para convencerme de que en realidad no debería ser para tanto. Al fin y al cabo lo importante es que he podido recuperar las buenas costumbres de mi época de recién casada, algo que, además, es un filón con el que poder volver a alimentar la fama de que la televisión me arroba los sentidos.

Y es que es cierto. La tele me encanta. Sus historias también. Las reales, las ficticias o incluso las de ciencia ficción. Y con todas disfruto. A tutiplén.

A estas alturas no me lo vendáis como desgracia, que una ya va entrando en esa edad en la que cuesta apearse de la burra.

En realidad me pregunto: si Ainoha Arteta puede admitir sin reparo que en su casa entona canciones de Britney SpearsMario Vargas Llosa que lee el blog de Tamara Falcó Preysler (aunque sea para corregirlo y darle su opinión), por qué no voy a poder admitir yo que me encanta la televisión. A ninguno les pasa una factura de merma de reputación. Quizás el único que se resiente un poco más es Mario, y no precisamente por leer tan suculento blog, sino por sembrar la duda sobre un público reconvertido en desconfiado, que no puede remediar padecer miedo a que el sentido artístico de este hombre se nuble y desacople tanto como su sesera después de removerse desaforadamente tras unas cuantas cabalgadas tan exóticas y elegantes como salvajes. Por no mencionar el miedo que él mismo debe sentir a pasar a ser el segundón, el marido de. Como si la historia no lo hubiera demostrado ya.

Valga como nota aclaratoria para mis lectores transoceánicos, ajenos al papel cuché español, que Tamara Falcó Preysler es la hija de Isabel Preysler, la nueva pareja de Mario Vargas Llosa. Y Ainoha Arteta, es una cantante de ópera, no especialmente asidua en este tipo de prensa, todo hay que decirlo.

Al mismo tiempo que entono el “sí, lo confieso, me gusta la tele” y me reafirmo en mi escasa intención de apearme de este asno,  me arreglo con decencia mi armadura de altos vuelos faranduleros, preparando a mi estado de gracia para recibir una bofetada que lejos de crearme mala conciencia me exporte a un denostado lugar en el que el derecho a la indulgencia no se gana ni con soborno.  Porque tan magna bajeza intelectual es difícil de perdonar sin despertar indicios de incultura.

Es cierto que no tengo una buena excusa para ganarme la amnistía, pero aun así, no me achanto al decir que la sapiencia no está reñida con la amenidad.

La televisión es amena. Entretiene aunque no llene. Y para mi ontología de moderna inmersa en la carrera de huida de la vulgaridad, o de caída de lleno en ella, según se mire, ver la tele con principios de selección darwinianos es hasta sano.

Mis costumbres no son diferentes a las de cualquier persona que vive sometida a toda suerte o desgracia de exigencias, incluso de imaginación, que requieren demasiado pulmón. Y la verdad es que no soy Sansón. Tengo mis momentos de reconocida pérdida de fuerza en los que me gusta dejarme atrapar por el sillón sin más preocupación que la de conseguir evasión. Como no me introduzca cada cierto tiempo la instrucción de reseteo, que inicie de nuevo mi generador, es bastante probable que explote. Como una olla express a la que no le bajas el fuego cuando ha alcanzado su máxima presión.

Convengamos que un libro es el amante con cualidades más celestiales y la televisión el de cualidades más terrenales (y por lo tanto con más defectos), pero no creo que deban menospreciarse sus habilidades para sostener el equilibrio doméstico. Porque cuando yo leo, a veces siento cómo mis obligaciones o preocupaciones secuestran mi mente. Cuando estoy enganchada a la tele los secuestradores lo tienen más complicado.

Si además estoy viendo por treintadosava vez Independence Day, Pretty Woman, Señora Doubtfire, Armageddon o Star Wars el placaje contra los secuestradores será de los de cinturón negro. El surrealismo que caracteriza a todas ellas es el mejor disfraz para vestir el realismo en el que me veo atrapada sin remisión. Y sin necesidad de evitarlo.

Por si no os habíais dado cuenta, todas estas películas son susceptibles de ser catalogadas como historias de tinte real. Por sórdido que os parezca. En Independence Day, por ejemplo, poco hay más real que la sorna con la que Will Smith recibe a los extraterrestres. En Armageddon, la hipótesis de que lo más esperpéntico de la humanidad es lo que puede terminar con ella y al mismo tiempo salvarla, es tan real como la que sostiene que twitter o whatsapp terminarán con el mundo. En Pretty Woman, además del manifiesto amor al estilo hollywoodiense, no hay mayor evidencia de la realidad que la satisfacción y felicidad absoluta del que es querido por lo que su esencia es. En Señora Doubtfire no se puede ocultar que camuflar la realidad es uno de nuestros principales mecanismos de defensa en las situaciones difíciles y una vía a la que recurrimos más de lo que creemos para acercarnos a lo que queremos. Y, por último, a la obviedad de Star Wars me remito al afirmar que en este film es incuestionable nuestra propia dualidad. La fina línea que separa nuestro lado oscuro del bueno.

Pero la historia más surrealistamente real que me ha tenido atrapada desde que no veo tan taquilleros títulos es House of Cards. Y digo real, aun siendo una historia completamente ficticia sobre el entramado político, porque el éxito rotundo de esta serie se basa en eso, en que sus personajes tienen tanto de uno mismo y de los que nos rodean que cuesta identificarse con uno solo. Es brillante en su argumento, sus planteamientos, sus diálogos y sus personajes. Es una obra magistral en todos los sentidos. Y te revuelve las entrañas. A nuestro lado bueno se le escapa al entendimiento por qué los que tienen un máster en técnicas maquiavélicas no sólo gozan de total impunidad, sino de éxito. Ves la farsa y la injusticia campar a sus anchas. Se te atraganta la indignación. Pero, al mismo tiempo, el lado oscuro nos restriega su atractivo. Con una erótica magnética. Frank y Claire Underwood son como Darth Vader. El malo con más seguidores de la historia.

Por si aún creéis que estoy exagerando y no es para tanto, resulta que mi etiqueta negra opina lo mismo. Ha sido una de las pocas series con las que ha conseguido mantener las posaderas en el sillón y los ojos fuera de sus lecturas.

Apoteósico ha sido reconocer que ha tenido que ser nuestra incontrolada adicción a la serie lo que ha mantenido en vereda a nuestros hijos para seguir disfrutando del sueño de una noche de verano.

No dejéis de verla.

O no la veáis…

Ahora me cuesta llenar este vacío. Las series me parecen todas tan aburridas que me duermo.

Como Juego de Tronos no me enganche igual, me pasaré inmediatamente a The Americans y si no, voy a necesitar volver a reponer los hits de mi filmoteca. No cabe otra opción. En Argentina me dicen que la tele es más de lo mismo, así que tampoco la mudanza de país es alternativa.

house-of-cards

3 Thoughts on “EL SURREALISMO COMO MOVIMIENTO DOMÉSTICO

  1. Si te digo que ayer estuvimos una hora para elegir peli de sábado?! No soy de series pero todo es empezar y ya me has dado una buena recomendación seguro!! Ya te contaré 😉

    • entremadridybuenosaires on 27 noviembre, 2016 at 7:42 pm said:

      Yo tampoco lo era hasta que esta obra maestra llegó a mi vida… espero que os entretenga, querida, ya me contarás

  2. Daniela Estrella on 12 diciembre, 2016 at 9:41 pm said:

    Hola María, puedo decirte que estamos en las mismas, con mi esposo no alcanzamos a llenar el vacio que nos dejo y la incertidumbre de si el mal triunfará…
    Tengo que decir que es tu culpa que nosotros también nos hayamos quedado con el vacío jejeje, pero es de lo mejor que hemos visto…
    Saludos, abrazos y besos desde el centro del mundo Quito- Ecuador

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