EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

Deseos, sueños e ilusiones no me faltan (y que no me falten). Ya decía Gabriel García Márquez que la ilusión no se come, pero alimenta. Júbilo el mío cuando caigo en la cuenta de que no es que esté bien alimentada, es que estoy tremendamente ilusionada… Y es que así ando últimamente por esto que llaman vida, henchida de ilusión y satisfacción por estar cumpliendo un sueño aplazado la friolera de siete años. Y medio, para ser exactos.

He fantaseado tanto con este momento que tengo serias dudas de que sea una historia real o una fábula pasajera de mi rasgo de plañidera quejicosa que quiere cambiar el motivo de la queja por uno menos trillado.

No más atmósfera de misterio, estaréis clamando.

Mi gran anhelo como madre era poder dormir. Así de simple. Ni mis ambiciones son napoleónicas ni mis gustos sofisticados. Dormir. A pierna suelta. Sin sobresaltos. Alcanzando la fase rem. Babeando la almohada. Con tiempo incluso para soñar, que despierta sueño mucho, pero dormida lo hacía poco. Entre despertar y despertar no me data tiempo a alcanzar ese estado de relajación en el que no sólo los músculos de la boca se desinhiben, sino también la mente.

El origen de mi humilde quimera data del año en el que nació mi hija mayor. Desde entonces, el sueño no ha sido un fiel compañero, con el agravante de que, además, me colgaron el san benito de ser responsable de mi propio drama: mis hijos no duermen y yo tampoco les enseño. Es más, todo lo que se podía hacer mal en esta tarea de adoctrinamiento, yo lo he hecho peor. Si por algún motivo se desmorona mi prestigio, sabed que es por esto.

Peinaba a diario nuevas canas cada vez que llegaba el momento de acostar a mi prole. Tener que poner en marcha la máquina de la persuasión me instalaba en una realidad muy turbia para mi interior. Se me agotaban los giros discursivos para intentar desarmar unas convicciones tan firmes como inexplicables. No quieren dormir, no les gusta dormir, no necesitan dormir.

El ritual era siempre el mismo. Una empieza con su lado materno más amable y motivador. Pero se va desgastando. Notas cómo se desvían las energías hacia lados más oscuros en los que vas a terminar hundida en el fango. Me ponía el disfraz de ruda y rotunda, con ademanes y todo, soltando ultimátums más sonoros que eficaces, porque el eco con el que te repites un número indigno de veces se encarga de que la efectividad se esfume en menos tiempo del que tardas en decir “ay”. Pero nada. Me tomaron la medida. Vieron que de madre tigre yo solo tengo las ganas. Empezaron a saber que sus llantos eran mi talón de Aquiles. Y así dio comienzo el principio del fin. Me abandonaron los principios, se descompuso mi firmeza, perdí mi autoridad.

Era eso, o sufrir la penitencia acústica de llantos desatados encadenados entre sí. Lo que viene a ser peor que una muerte a pellizcos. Y para qué aguantar, si a nadie engaño ya a estar alturas. No tengo reputación que mantener. Soy una blandengue. Incapaz de resistirme a cualquier extorsión del corazón.

Terminé contando más que muchos cuentos; dando una mano a una, otra mano a otra y una pierna al tercero para que pudiera meter la mano por la pernera como sustituta de la manga.

Terminé durmiendo sentada en la cama durante seis meses con mi último hijo en brazos porque no paraba de llorar. Su aparato digestivo había decidido no madurar. El corolario por haberse querido adelantar. Y haberlo logrado.

Terminé poniéndole a mi hija mediana una colchoneta a los pies de la cama para que estuviera tranquila y no tuviera el temor de que su madre se iba a volver a ausentar tanto tiempo de casa.

Terminé asumiendo que mis hijos son muy malos gestores, incapaces de reconducir los microdespertares que tienen a lo largo de su sueño hacia un nuevo letargo. Como fatal consecuencia, terminé metiéndolos en mi cama como si de una carrera de relevos se tratara. Según se dormía una le pasaba el testigo al otro. Había noches que aun siendo una carrera sólo de tres, me parecían treinta tres. Paseos los que daba en las pálidas horas de la madrugada.

Terminé identificando la berrea como grito de amor. A cualquiera que se le diga… con lo que he sido yo…

Vamos, que yo solita me había hecho cargo de consumir los comodines de la victoria. Las tenía todas conmigo para pagar con creces los excesos de benevolencia y sensibilidad. Pero este es el momento en el que me sigo preguntado cómo es posible que sin una sola papeleta me haya tocado el premio por el que tanto suspiraba. Qué suerte la mía, ser una afortunada en la escuela de la vida.

No sé si esto de estar fresca como una lechuga un día sí y otro también me puede alejar tanto de la locura que termine dejando de lado el blog.

Y lo voy a decir con la boca pequeña a ver si en lugar de ser el premio gordo era solo una pedrea para ponerme la miel en los labios.

el sueño de una noche de verano

2 Thoughts on “EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

  1. Pero cómo lo has conseguido? Danos el secretooooooo!

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