EL RETORNO DE HEIDI

De golpe ha ocurrido lo inevitable. O al menos nos ha parecido que ha sido de sopetón.  Estoy de vuelta. Atrás queda el recuerdo de lo que parecían dos largos meses de verano y se han convertido en una espantada fugaz del tiempo. No sólo el mío. Hoy, escuchando a hurtadillas una conversación entre mis retoñas, he sonreído por empatía cuando mi hija mayor ha utilizado la rapidez con la que han pasado las vacaciones para calmar el desasosiego de su hermana ante lo que pensaba era una eternidad hasta que en menos de un mes se eche los cinco años a cuestas.

Le ha dejado bien clarito, para su tranquilidad, no la mía, que el tiempo vuela. Y por si tenía alguna duda, le ha subrayado que el retorno a nuestra vida cotidiana se va a encargar de hacer que la sensación de rapidez sea mayor. Lo ha soltado así, sin paños calientes. En esta casa la depresión postvacacional se pasa con tratamiento de choque.  No me sorprendería encontrarme una nota con un mensaje secreto de los suyos pidiéndome componerme y adecentarme, no vaya a ser que en esta búsqueda de la rutina tan difícil de lograr, el cambio de  temporada en los armarios me pille con semejante melena de Pantoja.

Total, que al vuelo vuelvo a los ruedos.

Mi ética responsable me hace estar más que agradecida por tener un lugar al que volver para ejercer mi oficio y obtener un beneficio. Pero mi espontaneidad indomable me hace expresar una gratitud con pocas alharacas.

Después de cincuenta y seis días de loco deleite en la ciénaga, volver se me hace duro. Qué queréis que os diga.

Sobrellevo con dignidad la vuelta al trabajo, que ha tenido a bien recibirme con la moderación exigible a todo buen comienzo.

Mis perezosos biorritmos están a punto de ser derrotados en la contienda con los madrugones. Casi podría llegar a admitir que levantarme al desamparo de la oscuridad de la noche, sola y disfrutar del recogimiento de un silencio con el que poder escuchar el murmullo de las paredes, me deja el regusto de un placer reservado para unos pocos. No digo ya tener la fortuna de que mi etiqueta negra tenga vacaciones durante mi primera semana de trabajo y sea él el encargado de los trasiegos mañaneros con los niños. Esto es una regalía hidalga, como poco.

Voy asumiendo que mis momentos de desnudez agreste, tan sólo ataviada con el bañador, van tocando fin. Se acabó lo de lucir pantorrilla. Volvemos al roce de la ropa como norma. Aunque cariacontecida y mohína, lo acepto. Si hay que vestirse, lo hago. Bastante peor llevo el tema del calzado. Dos meses en chanclas me llevan de nuevo al punto de partida que todos los inicios de verano se repite sin remedio y con independencia de la calidad del calzado. El día que te quitas el calcetín y te pones las sandalias quieres morir de espanto, no sólo por lo blancos, mustios y desfavorecidos que tienes los pies, sino por la semana que te espera donde no hay tiritas ni esparadrapos suficientemente resistentes que te eviten laceraciones cuyo tamaño y visibilidad no tiene relación alguna con el dolor que te causan. Vuelvo a estar en ese punto en el que mi variante más profunda de mujer que prima la comodidad frente a la imagen, me hace estar a punto de tirar por la borda tanto mi estilo typical Spanish como la posibilidad de lucir pies lustrosos. Estoy a un tris de adoptar las costumbres del centro y norte de Europa de llevar las sandalias con calcetín. No soy de pinquis, no soporto quedarme a medias tintas.

No me hostiga mucho el ánimo ni el estómago recuperar las comidas más ligeras que sabrosas. Es preciso mitigar los excesos. No pongo más que un somero impedimento emocional a sustituir una cerveza con una pulga de cualquier surtido ibérico por una pieza de fruta o un yogurt. Bien es cierto que en alguna ocasión me veré obligada a luchar contra mis impulsos, pero el recuerdo de la esbeltez de mi pasada juventud me sirve de aliento para atemperar mis prontos.

Tan solo un poco me conturba ejercer de domadora de fieras durante todo un mes, el de septiembre, de desajustes de horarios y costumbres, en el que a veces no tengo reparo en admitir que abandonar mis labores de madre a tiempo completo es un descanso. Pero mi interior más racional tiene siempre preparado el cartucho del sincero reconocimiento para dispararlo a discreción. “Querida, no te concedo el permiso moral de resoplar o fruncir el ceño”, me digo a mí misma. Los más tiernos animalitos, domesticados por el costumbrismo urbanita, se vuelven salvajes ante el prodigio de la falta de ataduras que les brinda la ciénaga. ¿No querías libertad? Toma, además, libertinaje.

Y justo ahí mismísimo es donde más me aflige. Donde el umbral de mi dolor se formatea y no atiende a razones. Lo que más me aprieta y me ahoga es la pérdida de libertad. Física y emocional. Ahí es nada.

A mí lo que me gusta es vivir sin cerrojos y sin la preocupación de si los he echado o no; escuchando el canto de los pájaros en lugar de las bocinas de que quienes están presos de las prisas y el mal humor; desprovista de planes organizados con tanta anticipación como las bodas o de la obligación de tener planes (que no sé qué es peor); con el único maquillaje del color de una piel curtida por el aire puro y el aroma de una crema hidratante o con la fruición de la conexión tántrica que produce la desconexión. A mí lo que me gusta es disfrutar de una vida simple, con una impermeabilidad inquebrantable a las necesidades superfluas que nos imponemos.

Soy rústica por dentro y por fuera.

 

Heidi

4 Thoughts on “EL RETORNO DE HEIDI

  1. Aquí, el personal adulto del equipo mágico, nos hemos leído tu post a la vez que asentíamos con la cabeza a cada párrafo, aderezando los movimientos con “aha”, “sí, sí”, y “totalmente de acuerdo”.
    No tenemos ciénaga, pero sí propensión al asalvajamiento estival.
    Nos identificamos muchísimo con tus palabras.
    Un abrazo de comprensión absoluta y mucho ánimo con la vuelta.

    • entremadridybuenosaires on 12 septiembre, 2016 at 10:34 am said:

      Pues ánimo a vosotros también. Con el subidón de glucosa que tendremos en breve con los polvorones se nos habrá pasado todo.

  2. Uf… qué placer volver a leerte!
    Suscribo todo. Todo. Y olé qué bien lo cuentas!

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