EL AMOR TIENE DOS CARAS

Siento que a veces el romanticismo me desborda. El amor me devora con apetito primigenio; me arroba los sentidos a toneladas y me deja turulata. Siento que a veces me cuesta salir indemne de mi espíritu hollywoodiense. Y siento que esto es lo que tradicionalmente mi abuela parafrasea diciendo “qué tendrá el que se enamora que poco a poco se vuelve idiota y no lo nota”.

Yo, como Bárbara Streisand en la película “El amor tiene dos caras”, sigo conservando mi ingenuidad casi intacta y suelo picar el anzuelo de la ilusión con emoción y devoción. Me dejo hipnotizar por Eros como si de un gran prestidigitador se tratara. Es más, casi se puede decir que lo llamo a gritos, como a la suerte, para que campe a sus anchas por mi interior más afable y se arrellane en la blandura de mi corazón.

Pero toda esta realidad ya la sabéis. Ya sois conocedores de mi novelería y mi versallesca tendencia al sentimentalismo. Lo que hasta ahora desconocíais es que este rasgo tan característico se lo he legado en herencia también a mi descendencia. Parece que con mi acreditada carga genética son todo glorias.

No puedo explicaros cómo ni cuándo mi hijo varón ha caído en las redes de Eros, convirtiéndose en amante regio dador de tanto amor como obediencia. No soy en absoluto consciente de cuándo ha sido, pero ha ocurrido. Lo que toda madre teme con desesperación ha tenido lugar. La aparición de otra mujer en la vida de nuestros hijos nos conduce, a ritmo perentorio, a dejar de ser iconos y deidades.

Sorprendentemente, lejos de importunarme o conducirme a la histeria de una madre sobreprotectora, me permite vislumbrar un futuro esperanzador. Gracias a su enamoramiento no abandono esa perspectiva de optimismo y confianza tan difícil de abrazar cuando el panorama es muy oscuro. Si con ella puede, con el resto de los mortales también.

La cuestión es bastante turbia. Literalmente oscura. Muy marrón, en particular.

Mi hijo, que de puro enamorado es hasta bien educado, trata con mimo y con pericia a su amada al no consentir que los desvaríos de sus tripas se manifiesten con descaro. Sabe que los aromas intensos y entremezclados son el peor enemigo de su espíritu conquistador. Me hace saber, con espeluznante claridad, no sólo que él es un Romeo genuino, sino que, además, el amor tiene dos caras. Por si os costaba adivinarlo, yo soy la que peor parada sale en su romance a dos bandas.

Parece ser que mi hijo es casi ya un hombre, por mucho que yo me empeñe en dudarlo. Haberle quitado la cuna, haber entonado con esmero que en el Caribe ya no hay bibe y no haberme doblegado a los alaridos de sufrimiento derivado de la desintoxicación del chupete son bagatelas y zarandajas al lado de la verdadera virilidad que caracteriza al hombre que nunca jamás se hace aguas menores o mayores encima. Así es, para mi consternación. Resulta que mi hijo lleva una doble vida con su amada, que no es otra que su profesora. Con ella duerme que es un primor y mantiene a raya a sus tripas para que no le jueguen una mala pasada. A su santa madre, como la tiene conquistada desde sus inicios como haba, le otorga el papel de aliviadora de timideces. Vamos, que la que carga con la parte más hedionda y pestilente de la cuestión soy yo.

Cómo será de dilatado ya el asunto que incluso mi hija mayor lo analiza. Trata de buscar explicación a algo que no es más que su enamorada condición. Ella cree que quizás tenga más confianza con su profesora que con nosotros. Yo más bien creo que es un experto en el lenguaje no verbal y me está diciendo a gritos que, al menos en casa y bajo mi cobijo, quiere seguir siendo mi protegido.

El amor tiene dos caras. A mí me ha tocado la menos laqueada. Entre otras razones porque ahora ha decidido de motu proprio que lo de la puntualidad británica exige demasiada disciplina. En estos momentos prefiere dejarse llevar por el libre albedrío natural, la libertad de horarios y la improvisación. Ni con mi excepcional sentido de sabuesa consigo anticiparme o adivinar los desórdenes intestinales de mi criatura.

El panorama es dantesco.

Y ahora mismo solo un punto me preocupa. En septiembre empieza el colegio y las probabilidades de que le toque un profesor varón son elevadas. Si no consigue enamorarse otra vez, estamos perdidos. Se le van a quedar las posaderas como un bebedero de patos. En el colegio no se andan con gaitas. Se apechuga con las consecuencias. Hasta el fin de los días o del día.

El amor tiene dos caras

5 Thoughts on “EL AMOR TIENE DOS CARAS

  1. cía on 8 junio, 2016 at 2:55 pm said:

    Si te sirve de consuelo te diré que he llegado a leer que como los bebés no tienen nada físico que regalarte sus excrementos son su “ofrenda de amor” a la madre… Según esta teoría tu príncipe te quiere mas a ti que a la Profe

    Claro que… Hay que tener bemoles para llegar a esa teoría… Hay gente “pa tó”

  2. La amada en cuestión on 8 junio, 2016 at 11:09 pm said:

    Creías bien, aunque más que gustarme el post… Me ha encantado. Tienes la capacidad de envolver con cada palabra y de dar el toque perfecto al describir cada situación. No te imaginas lo mucho que me rio cada vez que lo leo, ¡no puedo evitar ruborizarme al recordar la teoría de vuestra mayor! Jaja
    Por desgracia para mi, este romance acabará en unas semanas, que conste que no habrá represalias contra aquellos que ponen tierra de por medio entre la criatura con la sonrisa y la caída de ojos más bonita del mundo, y yo.
    El amor a una madre no se cambia por nada, aunque ella misma se defina como “una madre venida a menos”, quizá sea porque no sabe, que quienes la vemos desde fuera, la consideramos una madre todoterreno 🙂

  3. ¡Qué manera de reir! =)

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