DOS HEMISFERIOS DE TRADICIONES

Para gustos no sólo los colores, también las tradiciones. Y en esto, mi marido y yo tenemos nuestras diferencias. Por fortuna no son irreconciliables.

A mi marido le gusta la Navidad del hemisferio sur. A mí la del norte. No lo puedo remediar. Prefiero que Papá Noel no sienta la tentación de prodigarse en pantalones cortos y sin mangas exhibiendo sus íntimas extremidades deslucidas por la falta de vitamina D que tienen en el Polo Norte. O de subirse a una tabla de surf para zambullirse de lleno en el verano y sus actividades. Se me ponen los pelos como escarpias. Siempre he pensado que en el trineo tendría los regalos mejor controlados que si los dejaba a merced de las olas. Pero entiendo que la opción de dejarlo equipado con la indumentaria de las nieves no es muy justa para él. Cuando lo veo de esta guisa en las fotos sufro.

Mi fascinación por la Navidad al uso según los patrones de la parte de la globosfera en la que habito, se mueve, año tras año, al pistoletazo de salida de los calendarios de adviento, con los que casi todos, en mi casa, conseguimos encontrar nuestra ocasión perseguida. Yo la de tener un incentivo diario y mañanero para con mi prole y ellos la de satisfacer esas ansias de dulce que jamás les abandona. Ni aunque se atiborren y les dé un entripado.

Mi etiqueta negra es el único que encuentra escasa a utilidad a este chute de azúcar que se meten nuestros hijos. En Argentina esta tradición aún no ha llegado y quizás cuando llegue con el mismo fervor que aquí tiene ahora, nosotros ya lo veremos como algo más kitchs que chic. Veremos a ver entonces en qué nos enfrascaremos para exprimir nuestras ganas y poderío. A mí de momento los que más me gustan son los de Inma. Si hay algo cfraty que en mi espacio tiene cabida  es lo que ella hace. Por sencillo y fácil. Por elegante. Ingredientes básicos para no terminar flotando en el olvido del significado de esta tradición.

Nuestro calendario de adviento prácticamente termina con la llegada del Gordo de Navidad. El número de la lotería que colma más la ilusión de los premiados que sus bolsillos. Una bonoloto es más infartante, pero es menos mediatizable. Te toca el Gordo y es bastante probable que España entera te vea descorchando champán y saltando envuelta en espumillón. Te toca la bonoloto y no sólo no te verán en el momento, sino que les costará verte por siempre jamás porque harás mutis por el foro. A vivir la vida. En la intimidad. Donde de verdad se hace.

Antes el Gordo era la señal de que las fiestas arrancaban. Ahora se adelantan tanto las cosas que lo del calendario de adviento es una costumbre moderada al lado del Black Friday y la fiebre consumista que nos invade para comprar todos los regalos de Navidad.  Yo creo que dentro de unos años no hará falta ni que me tiña para Halloween. Mis canas serán el mejor disfraz de Mamá Noela.

Año tras año, para ahogar las penas porque nos ha tocado como mucho el reintegro (importe jugado), nos lanzamos a comer y beber como si nuestro paladar fuera a ser privado de por vida de grandes manjares. Llevo dos años en los que el Gordo no sólo me ronda sino que me acecha con maldad. No tiene otro calificativo el hecho de que haga contonear las caderas justo al que tengo enfrente de mis narices. Una vez vale. Dos veces me hacen más que sospechar. Comprenderéis entonces que me dé la a comida y a la bebida sin remisión. Para diluir el anhelo de una hipoteca pagada y brindar por la salud atesorada. Los asesores financieros no recomiendan saldar la totalidad de las deudas, pero no sé si mi necesidad de cortar ataduras me permitiría contenerme.

Aunque los argentinos no tienen que disimular la falta de gracia en el sorteo, se lanzan a ciegas a la barbarie de las comilonas como nosotros. Y de los brindis, como ya conté. Deben celebrar, además, la llegada del verano.

En lo que a dispendio gastronómico se refiere somos casi igual de exagerados. Y quizás si por algo lo son algo menos los argentinos que los españoles es por el peso que la climatología ejerce sobre sus organismos. Con cuarenta grados (y en Buenos Aires, en particular, un ochenta por ciento de humedad), no te puedes meter lo mismo al cuerpo que en la época invernal, cuando nuestra conciencia está un poco menos dolida al pensar que el exceso de grasa es lo que nos ayuda a pasar el resto del invierno (sobre todo la cuesta de enero).

Mientras nosotros bajamos el superhábit de calorías, de unos platos tan contundentes como calientes, atrincherados en los sillones o pegados a una silla de la que nos cuesta movernos en la sobremesa para ir a la cocina a por agua y pasar mejor la digestión, los argentinos se lanzan a la pileta (piscina) a ver quién hace el salto a bomba más fuerte por todo lo ingerido. Con el baño toman un respiro, se refrescan y recuperan aliento para seguir comiendo.

Entre baño y baño: asado va, asado viene. Lechón va, lechón viene. Vitel tone, empanadas, pionono. De postre: pan dulce, turrones y helados. Nosotros consomé calentito, cochinillo, cordero, jamón y que no falten los langostinos. Terminamos con turrones, pan de Cádiz, frutos secos con frutas pasas, polvorones, mantecados y mazapanes.

Mi colaboradora argentina, Constanza, me cuenta que, en su época, los niños esperaban, tras el fragor de la cena, los regalos del niño Jesús. Ahora esperan que Papá Noel aparque la tabla de surf y les deje los regalos en un árbol que debe estar protegido de la solanera para no secarse.  En mi época (soy coetánea de Constanza) me caían regalos el veinticuatro porque mis abuelos nos contaban que los pajes de los Reyes nos adelantaban una parte para que pudiéramos abrirlos todos juntos. Ahora los pajes se reservan en exclusividad para los Reyes, y Papá Noel entrega los regalos en un árbol que resguardamos de la intemperie.

Con ese momento se me hace la boca agua. Mi santo padre, proveedor de mi carga genética carnavalesca y hollywoodiense y, por lo tanto de la de mis hijos, se escabulle por algún lugar de la casa y, pillándonos a todos desprevenidos, empieza a hacer ruidos extraños. Tras dejar gélidos de susto a mis hijos, se desata la histeria absoluta. Papá Noel ha pasado. El ruido lo ha delatado.

Ya lo hacía hace años conmigo. Parece que aún tengo la sensación y el sabor de la emoción en el cuerpo.

El resto de las fiestas, mientras nosotros nos devanamos los sesos por encontrar los diez mejores planes para hacer en Navidad con los niños, los argentinos lo tienen claro. Pileta y juegos. Si quieres variar los planes puedes hacer juegos y pileta. Exótico y original es un rato. Lo admito. Es más, me tienta probarlo.

Pero con dos condiciones. Una, llevarme las uvas en la maleta. Empezar el año sin el ritual de las uvas es como un pájaro de mal agüero. Amén de lo inexplicablemente excitante que sigue siendo ver a Igartiburu relatándonos los cuartos. Este año si se me atraganta alguna es porque algo no me ha quedado claro al no estar Ramontxu para echarle una capote con la explicación.

Para los argentinos que no lo sepan, en España nos comemos una uva por cada campanada que el reloj va dando a las doce de la noche. Doce campanadas, doce uvas al buche. Apúrate en tragar. Tras la última, nos abrazamos y brindamos deseándonos lo mejor para el año que comienza. La tradición augura buena suerte a quien se toma las uvas correctamente sin atragantarse. Y los puristas de la exigencia le añaden que la suerte será tanto mayor si te las comes con piel y pipos (semillas, al otro lado del charco). Yo suelo ser una osada y desafiar a la suerte a pecho descubierto y desarmada sin ninguno de los dos.

Os anuncio que este año vamos a innovar. O al menos lo voy a intentar. No sé si me dejarán. Para preparar este post ya habréis intuido que he tenido conversaciones con Constanza. Las costumbres y rituales del último día del año que me cuenta y cómo las cuenta son tan ocurrentes que me incitan a lanzarme sin pensarlo a probarlas. Después de las uvas, claro.

Me relata cómo hace unos años ella y su familia han vivido en el norte de Argentina el acontecimiento que suponía que la policía saliera con las sirenas para anunciar el nuevo año, o como en su casa,  según se termina de brindar y abrazarse, se sale de la casa para entrar de nuevo con el pie derecho. TODOS. Otra costumbre era prender doce velas rojas bendecidas por San Silvestre para luego irlas encendiendo una por cada mes del año. En general parece que las tradiciones son particulares en casa. Algunos, por ejemplo, si tienen el deseo de viajar son capaces de salir a la plaza del pueblo a dar vueltas con las maletas (valijas) invocando a la suerte para que les facilite cumplir su deseo.

La segunda e innegociable condición es que para Reyes estemos de vuelta en España. Soy capaz de dejar a un lado toda tradición del hemisferio norte y adaptarme a una Navidad en el sur siempre y cuando me dejen revivir los recuerdos embalsamados de mi niñez in situ. La magia y la ilusión de los Reyes Magos pervivirán en mí ad eterum.

Desde el hemisferio sur, equipada con una abanico y desde el norte, equipada con un buen abrigo, Constanza y yo os deseamos una Feliz Navidad y un próspero año 2017.

Nuestros mejores deseos para todos.

 

 

 

 

One Thought on “DOS HEMISFERIOS DE TRADICIONES

  1. Te como a besos!!! Gracias por tus palabras siempre. Os deseo tooodo lo mejor para este año que entra! Yo también me sumo a todas las tradiciones para empezar el año que puedo, y como siga así… Este año voy a probar a empezar a la pata coja con el pié derecho jajaja Ya te contaré!!. Besazos familia y lo dicho, feliz año!!

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