DEL OFICIO AL BENEFICIO DE SER MADRINA

Si ser agraciada con hijos es una de las mayores regalías que la vida, con bastante ayuda de mi marido, ha tenido a bien concederme, ser distinguida con un segundo ahijado tan bonito como el que hace poco ha nacido es un galardón que, más allá de llenarme de orgullo y satisfacción, me llena de amor y vida. En mayúsculas. A mí la llegada de un bebé a este mundo me sobrecoge. Suelo emocionarme hasta la lágrima. Me hace volver a sentir en mis manos el milagro y la maravilla de la vida.  A parte de ayudarme a satisfacer las ansias de bebé que a veces aparecen por las profundidades de mi mente a hurtadillas y con sigilo. Les tengo prohibido exhibirse abiertamente, no vaya a ser que me engañen de nuevo.

Los bebés son un manantial de dulzura. Pequeños seres capaces de incendiar nuestra vida con el caos más enternecedor. Y son grandes maestros a la hora de enseñarnos la importancia de mantener bajo control el incendio con amor del que empalaga. Suelen gritarnos, además, que tengamos cuidado para que el exceso de control no lleve a la extinción. Si una llama prevalece encendida es la garantía de que pueden mantenerse vivas las brasas que calientan de verdad, las de la serenidad que da la felicidad.

Estos seres que conocemos como nuestros hijos tienen el mérito, nada baladí, de darnos friegas de humilde realidad por los cuatro costados. Porque además de tener el monopolio como despertadores oficiales de la más ostentosa blandenguería, tienen la virtuosa capacidad de ponernos en el camino abruptas pruebas que no en pocas ocasiones nos harán desear ser invitados de atrezo de nuestra propia vida, pero que a la larga, si conseguimos superarlas, aunque sea desfondados, tendremos la placidez de haberlo logrado. Sin más código que el manual de supervivencia que cada uno adopta en su casa, lleno de buenas intenciones y exento de evaluaciones. Ni propias ni ajenas. Aquí cada uno sobrevive y busca la felicidad como puede.

Tengo completamente claro, y además lo proclamo como certeza incuestionable, que mi ahijado se va a encargar de poner estas pruebas a sus padres. Igual que los míos lo están haciendo con nosotros. Día a día. Sin descanso. Con un horizonte al que mi condición de madre me impide verle fin.

En realidad no es que me haya convertido en una pitonisa clarividente, es que ha ocurrido. Sus padres ya han tenido que lidiar varias pruebas. Desde su venida al mundo no dispensada de toma de decisiones importantes, hasta el ejercicio de paciencia que con un hermano mayor destronado están abocados a practicar con más frecuencia que antes.  Y lo que les queda.

A mí también me ha salpicado el asunto. Y no puedo estar más que agradecida.

Mi ahijado, ya desde antes de nacer, se encargó de inundar a su madre de hormonas, llevándola por el camino de la obsesión hacia un jersey azul marino. Yo que quiero mantener un perfil de madrina tan intachable como el de madre, me enfrasqué en la búsqueda de tan inusitada prenda.  Parece que los cánones de la moda mandan que los bebés sólo pueden vestir con colores claritos. Así que no encontré por ninguna tienda ningún jersey de bebé, ya hecho, de ese color. Esto sí que era una prueba.

Hete ahí que me asalta la memoria el recuerdo de una tienda de lanas regentada por una buena mujer que todo el día estaba haciendo punto mientras no tenía clientela a la que despachar. Pensé preguntarle si ella hacía jerseys de bebé por encargo. Sería la solución a mi problema de mantener bien alto el listón que mi prima me había puesto al elegirme como madrina de su criatura. Pero poco me duró el alivio mental, porque la señora en cuestión, con un acento gallego que ni muchos años de vida en la capital han sido capaces de pulir, me dijo muy educadamente que ella ya no hacía encargos y menos tan chiquitos y de ese color; no porque no quisiera, sino porque ya no veía lo suficiente.

Pero el altruismo sin límites de esta mujer le llevó a apiadarse de mi persona, haciendo que mi expresión de desilusión pasara a la de conmoción y fascinación. Resulta que me pregunta si sé hacer punto. A lo que yo contesto que sé lo básico, lo que me enseñó mi madre hace mucho tiempo y ni siquiera tengo completa conciencia de recordarlo.

-Hazlo tú. No te preocupes que yo te voy enseñando- me contestó contagiándome un entusiasmo y una ilusión que hacían difícil que me negara.

De hecho, ante mi gesto receloso mientras miraba la fotografía del jersey que le estaba enseñando como modelo, ella no paraba de incitarme a tan meticulosa tarea.

-Vamos, lánzate. Es muy fácil. Ya verás. Yo te guío. Sabes hacer punto del derecho, meter puntos, sacar puntos y cerrarlos ¿no?- me preguntó retóricamente, dando por sentado que las lecciones básicas de mi madre cubrían esos temas y como mucho sólo haría falta desoxidar el conocimiento con algún ejemplo.

Razón tenía.

Tras comprar la lana azul marino, unas agujas del dos y medio y después de guardar las preciadas anotaciones que me hizo en un papel, me fui a mi casa pertrechada de ilusión y dispuesta a lidiar con la locura de embarcarme en semejante práctica.

He tenido errores. Me he visto obligada a hacer rectificaciones. Y no pocas repeticiones, que también gracias a la pericia de mi madre he conseguido reconducir. Pero el jersey está listo. Y lo digo desde la serenidad que me genera la felicidad de haberlo terminado, porque estar centrada en esta tarea me ha puesto en el camino la evidencia de una realidad que me encanta vivir en el presente y aspiro a hacerlo en un futuro.

Cuando yo sea más vieja aún de lo que soy, quiero ver en mi espejo un reflejo parecido al de esta señora llamada Carmen, capaz de disfrutar saboreando la tranquilidad a la que te lleva la experiencia de la vida y cuya máxima expresión son las tardes que pasa tejiendo en la tienda con la silenciosa compañía de su marido haciendo sudukos en una banqueta sin respaldo que le incita a utilizar los ovillos de lana como apoyo de la espalda.

He pasado allí tardes con ellos. Tejiendo. De pie.  Las lanas sepultan cualquier espacio que ose asomar en la tienda. A veces estábamos en silencio. Otras no. Porque el marido de Carmen de vez en cuando hacía un receso, levantaba la cabeza de los sudokus y me contaba la cantidad de años que llevan en la tienda, la evolución del barrio desde aquellos tiempos de Maricastaña o cómo lo que ahora se va a convertir en preciosísimos pisos era un hospital en el que él vivió estrambóticas aventuras; como la de estar con el culo en pompa esperando a ser curado de una fístula y ver, sin querer, a una mujer romper aguas mientras los médicos que le habían colocado en una posición que parecía un avizor de la parturienta, le acusaban de fisgón. O cómo se perdió por el depósito en el que se utilizaba el mármol, en lugar de cámaras frigoríficas, para mantener temperaturas frescas. Lo mejor fue cuando me escenificó un fiambre encima del mármol tumbándose sobre los ovillos.

La ausencia de dientes le dificultaba a él la dicción y a mí la comprensión, pero bien claro consiguió transmitir varias veces que tras muchos años de trabajar a destajo para sacar a su familia adelante, ahora sigue viviendo la vida al calor que le proporciona la compañía de los suyos con el regusto y el orgullo de las dificultades superadas. Sin escuchar a aquel que le dice que haber sobrevivido a su propia vida es dejar de haberla vivido. Porque ese era su sueño y así lo ha conseguido.

Él es feliz en su banqueta haciendo sudukos mientras Carmen también lo es tejiendo y enseñando. Y ambos se acompañan en su felicidad.

Yo sigo cultivando mi sueño de ver evolucionar la felicidad desde la euforia a la que conduce tener un hijo (o un ahijado) hasta la serenidad a la que lleva la propia vida después de haberlos criado.

Y ahora voy a empezar unos jerseys para los niños. Los míos.

Gratas tardes me esperan con Carmen y su marido. Y noches…  Tejer mientras vemos juntos nuestras series favoritas al tiempo que uno disfruta del ritual de su té y el otro del suyo con un puñado de nueces, después de haber charlado sobre las alegrías y vicisitudes del día, es el síntoma inequívoco de que nos estamos aproximando.

Ya no voy a parar de amontonar ovillos para repanchingarnos en esta nuestra vorágine de vida.

Si no llega a ser por mi ahijado me lo pierdo.

Bienvenido al mundo, pequeño. Esta canción, va por ti.

You are a star
You wear it well
You blow my mind tonight, tonight
Sing me a song
So we can dance all night

Tonight tonight you’re a star tonight
Won’t you stay for a while
You wear it well, wear it well, wear it well
Sing me your song
So we can dance all night

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