DE BUENA MAÑANA POR EL MISMO BUENOS AIRES

Imagino que remedios contra la sequedad del espíritu hay muchos. Habrá quien empine el codo; otros engullirán hasta el fin sus raciones de terapia (con periodicidad definida o sin ella); o a lo mejor preferirán darse a los excesos o, por el contrario, a la contención e incluso a la oración. No hay un mecanismo único, exclusivo y ni siquiera más adecuado. Para mí no hay nada como una pequeña inmersión en una comunidad argentina más allá de la estrictamente familiar que, por lejanía, es poco numerosa.

Allá por septiembre, tras haber logrado recuperar la rutina y la cotidianidad después del verano, así como las contraseñas de acceso a mi vida tecnológica, fue ver un panorama tan dantesco, donde convivían los ardores ideológicos, los ardores maternales y los ardores de las redes en general por cualquier cosa que la gente opina o hace, como si a alguien le interesara, que me dejé devorar por un monstruo cargado de sensatez y de buen gusto; que no es otro que el olvido, en esta ocasión premeditado, de todas las contraseñas que no sin esfuerzo había conseguido recordar luego de casi dos meses de idílico destierro en la ciénaga.

Pero hace unos días, en un ademán por evitar asumir el rechazo absoluto como postura o antídoto, resolví acordarme de ellas y volver a escribir. Y el desencadenante de esta repentina decisión no fue otro que un contacto directo no con Argentina, pero sí con su idiosincrasia; con su personalidad; lo que viene a ser un contacto místico con el país. Físicamente no me desplacé los dos doce mil kilómetros que  nos separan, pero emocionalmente acorté un gran trecho. Y es que fui al consulado. Visita que me hizo caer en la dulce remembranza de la elocuencia, la elegancia y la singularidad argentinas que tantas risas y sonrisas me arrancan.

En la entrada del lugar, excelsa en dimensiones, me di cuenta de que catorce años de convivencia es un tiempo más que suficiente para aprender a identificar de lejos, y sin recurrir al comodín de la voz, a todo argentino viviente que se tenga en el campo visual. Tarea fácil estando en el consulado, pensarán los que quieran desmerecer algunas de las nuevas aptitudes que la edad y la convivencia me han brindado. Razón no les falta. A mí, mérito por no haber desistido en mis intentos por atinar en las apuestas después de catorce años, habiendo gente que lo hace en un par, tampoco.

Allí estaban tres hombres. Dos, indiscutiblemente argentinos, según su porte, vestimenta y entonación; el tercero, claramente español, precisamente por lo mismo. El trío rellenaba el paso del tiempo con una conversación escueta y banal con someras apreciaciones sobre el tiempo y la polución (nada trascendental), cuando de un taxi que paró justo enfrente se bajó una dama cuya edad era superada, tan solo ligeramente, por la suma de los cuatro que contemplábamos la escena. Media melena tan rubia como escasa y manipulada, cejas y labios perfilados, ojos que parecían responder al tirón de un lifting situados en un plano posterior al de una nariz artificialmente afilada, y unos pómulos prominentes que destacaban especialmente en un rostro enjuto por la edad y al que costaba encontrar una correspondencia coherente con la tersura de su piel. Visiblemente, eran varios los indicios que apuntaban que la dama había conocido si no varón, sí cirujano (o cirujana). Y que albergaba profundos anhelos por seguir viviendo una provocativa juventud, aunque fuera a destiempo.

El señor taxista demostró gran amabilidad brindando su brazo a la señora para bajar del vehículo, quien se veía ciertamente impedida no solo por la pila de años que acumulaba, sino por el pesado abrigo de piel bajo el que quedaba sepultado su menudo y ajado cuerpo. Aún prendida de su circunstancial asistente, se dirigió al hombre español en tono de natural e involuntaria altanería. No se anduvo con rodeos, porque, tras un cortés “buenos días”, demandó que la llevaran con el embajador. Directamente y sin tardanza. Su interlocutor, acostumbrado a tratar con público variopinto, y aun sabiendo previamente la respuesta, le preguntó si tenía cita previa. A lo que ella contestó confirmando no solo la ausencia de cita, sino la falta de comprensión hacia la necesidad de tenerla. La propia relevancia de los trámites que llevaban a esta mujer a personarse en la embajada/consulado era suficiente justificación para ella. El hombre siguió explicándole la imposibilidad de atender su demanda y según se crecía ella en su incomprensión, él asumía fingidamente un rol y acento argentinos que resultaban de una crueldad cómica. Uno de los argentinos de verdad, con espíritu de concordia (o en actitud preventiva ante una situación de bucle, quién sabe), le ofreció ayuda a la dueña de perfil aristocrático para dirigirla ante alguien que pudiera atender su reclamo.

Ambos se fueron y el argentino que aún quedaba en la puerta profirió con la entonación propia:

  • Pobre… se “creyyyyyyyó” que era Rita Hayworth y que esto era Hollywood ¿Viste?

En aquel momento, aunque no quería reír abiertamente por evitar ser cómplice moral de una burla, no pude evitar que se me escapara una sonrisa, porque siempre he pensado que Entre Madrid y Buenos Aires está Hollywood.

Cuando por fin mi marido llegó y entramos en las dependencias habilitadas para los trámites, vi a mi querida Rita sentada en una silla con pintura descascarillada por el baqueteo, hablando con un funcionario de semblante inerte por la inercia de la operatividad. Pensé que aquello era tragicómico. Como la vida misma. Las aspiraciones de la mujer no eran más que hablar con el embajador y terminaba como en un bis a bis carcelario, ya que un vidrio los separaba.

Y en aquel momento me sentí completamente inmersa en Argentina. También por la melodía a coro que escuchaban mis oídos por todas partes. Todos hablaban argentino profundo y a la vez. Los funcionarios se saludaban con un beso (ya hablé de esta costumbre). Incluso la operativa de las colas y las esperas también eran inconfundiblemente argentinas.

Era como estar de buena mañana por el mismo Buenos Aires.

Claro es que el interés por esta historia, sino es inexistente al menos sí es dudoso, como el de tantas y tantas historias que corren sueltas por ahí. Las gracias de un bebé al que apenas se conoce; las opiniones políticas; lo que alguien (conocido o no) cenó la noche de ayer, cuáles son las últimas compras que van a convertirse en necesidades ajenas; cómo se educa a los hijos propios o cómo se cree que los demás deben educarlos; el amor por la mascota; las marcas deportivas personales más actualizadas… Y así una lista interminable de puntos cuya existencia ampara la libertad de expresión y cuya cualidad de prescindible ampara mi derecho a ejercer la libertad por blindar mi salud mental, en aras de la cual me impongo una estricta autocensura para no leer todo un atropello de mensajes tan pronto de pedagogía naif como tan pronto de pedagogía incendiaria que inundan la web y las redes y que a la postre no son más que una evidencia clara de ausencia de grandes preocupaciones vitales. Quizás, solo por eso, merezca la pena que la gente siga sin acallar sus debilidades.

Y ahora vais y os blindáis incluso de estas historietas, que también son fruto de la vitalidad y las debilidades.

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