2017 TIENDE SU MANO

Finalizada la fiebre de las fiestas, me doy cuenta de que sobrevivir a ellas es más fácil de lo que pensaba. No hace falta recurrir a las teorías sobre mecánica de fluidos para tener a mano un caudal de soluciones, tan sólo basta con llevar a la práctica el intimista ejercicio de la desconexión.

No es que esté sufriendo de aridez imaginativa, que también, es que desde que duermo a pierna suelta y me doy, con adicción, a la ficción de las series y al punto, abrazo con menos frecuencia la locura y dejo que la serenidad invada no solo mi cama sino mi cuerpo. Y no sé qué es más peligroso, si terminar atropellada por los conatos de hiperactividad que se tienen por la falta de sueño y el exceso de revoluciones, o lanzarme a bomba a un manantial de calma en el que me dé por ponerme de un místico que ni hable. Ni escriba.

Parece que entre las lecciones básicas de cómo mantener un blog, la de actualizarlo con un ritmo si no trepidante sí constante, es la primera. Sin frecuencia, estás muerta. Eso dicen los expertos. Pero os tengo que confesar que lo de ver pasar los días al amparo de una tímida euforia devuelve a mi espíritu una riqueza faraónica, que como ellos, acumulo para luego disfrutar, a la vez que sobrevivir, in morte. Y digo además sobrevivir, porque hay tareas de las que no me libro. De escribir el blog me puedo escaquear, pero de lidiar con los poderes fácticos de mi casa durante la ausencia de colegio, no.

Los festivales navideños que organizamos alrededor de la mesa (con la trabajera de pon, quita, lava y vuelve a poner) o las funciones reales que nos exigen Melchor, Gaspar y Baltasar son peccata minuta en comparación con lo de tener que lidiar con los niños y sus planes. Ingeniería social, creo que lo llaman.

Como otros años he terminado rebosando extenuación y una dosis indeseada de decepción, estas navidades decidí tomármelas con tranquilidad. Relamiendo mi quietud. Viajando al centro del aburrimiento. Permitiéndonos ser sorprendidos por todo un mundo de sensaciones, como la de descubrir que los hermanos son los mejores amigos. Y reconocerlo. Porque lo cierto es que tener tiempo para estar en casa, lejos de alimentar el sopor, incentiva la imaginación. Dejas que actúe libre de horarios o pautas marcadas por la inercia del frenesí maternal.

Y es que así han transcurrido nuestras vacaciones invernales, con un duelo bastante equilibrado entre planes tranquilos al calor del hogar y alguna gélida salida. Nada de rabiosa actualidad, ni si quiera porque su tradición lo determina. Haber dejado hueco a la improvisación ha sido todo un acierto. Consentir que la pereza nos gane de vez en cuando, otro.

En definitiva, han sido unas buenas fiestas. De las de blindaje e introspección. Me ha dado tiempo a estudiar los matices de la perspectiva que brinda la distancia, donde los deseos no se confunden con la asfixia del momento. Y justo desde esta perspectiva es desde la que balbuceo mis deseos envueltos en seda. No soy transcendental, solo me dejo arrastrar por el atractivo de la confianza. Confío en que sea un buen año (o incluso mejor, puestos a pedir).

La esperanza y la confianza son lo último que se pierde y candorosamente renovamos cada comienzo de año. Yo también. No me libro. Así que, según me tragué la última uva y repartí besos a tutiplén, el año 2017 me hizo un guiño, y como soy una chica fácil, me volvió a conquistar, como otros. No he podido resistirme. Esta vez tampoco.

Pero este año es especial… No sólo me ofrece de nuevo otros seis meses de plazo para cumplir mi histriónico y atormentador propósito de quedarme hecha una sílfide con unos cuantos kilos menos, sino que me asegura que este año sí o sí lo voy a conseguir. Él se va a encargar. Aún me tiene que decir cómo.

También me ha prometido que me voy a convertir en una experta en superalimentos capaces de nutrir, a partes iguales y con las mismas calidades, mi cuerpo y mi alma, aportándome energías renovadas para ser irresistiblemente organizada y lucirlo con uñas pintadas, piel aterciopelada, mejillas sonrojadas y melena estratégicamente descolocada.

Atractivísima me parece otra de las promesas que me hace. Según él, voy a leer un montón. Tiene el firme propósito de luchar contra mi sueño tratando de mantenerlo alejado de mí. Lo de leer solo una hoja diaria va a dejar de ser una leyenda urbana que me persigue. Ahora mismo la rumorología se hace eco de que leídas tres hojas un día, al siguiente es menester releer las dos últimas al no haber sido capaz de retener el contenido por ósmosis a través de los párpados más cerrados que abiertos. Pero este runrún va a desaparecer, porque, por lo visto, voy a leer muchos libros. No ha concretado cuántos son “muchos”. Deja en evidencia el morbo de la imprecisión.

Sus compromisos en materia de decoración me tienen igualmente enloquecida de la emoción. O su tenaz empeño por ser el único que de verdad va a conseguir enseñarme a comer con palillos.

Escuchados todos estos buenos propósitos con detenimiento y devoción de santoral, no le contradigo. A priori le dejo creer que su cortejo es irrechazable. Entre otras razones porque la sabiduría popular es poderosa y enuncia con acierto que a un año no hace falta pedirle buenos principios, basta con que te otorgue buenos finales. Como las historias.

Y eso es lo que me hace aferrarme a la idea de que 2017, más tarde o más temprano, cumplirá sus compromisos. Aunque mi hija mediana, la que domina los escenarios, nos haya obsequiado con un comienzo de año accidentado al pillarse un dedo con una puerta y haber sido todo más aparatoso de lo deseado. Tanto, que decidí recurrir a la medicina para apaciguar mi nerviosismo y preocupación. Con tan mala fortuna que tuve el efecto contrario por no recordar que, previo al momento de histeria, estábamos disfrutando de una multitudinaria cena (con niños incluidos) aderezada con buenas y abundantes copas de vino. Y con el corazón palpitando más en la garganta que en el pecho, tuve una visión dantesca. Me vi a mí misma, ánima errante, ante la vergonzante situación de haber pasado al otro barrio por mezclar barbitúricos con alcohol mientras el dedo de mi hija luchaba por prenderse de nuevo a su lugar. El descuido real de tenerle preparado como presente un set para pintarse las uñas era más fácilmente soslayable…

Su dedo sigue con ella.

2017, querido, pasado este trago, tienes la venia para actuar. Sé que eres un año de palabra. Yo también.

One Thought on “2017 TIENDE SU MANO

  1. Daniela Estrella on 16 enero, 2017 at 6:08 pm said:

    Hola María, espero que el susto haya pasado ya y que las fiestas las hayas disfrutado a lo máximo, a pesar de ser ya 16 de enero, te deseo lo mejor para este 2017, que estoy más que segura que se cumplirán todas tus metas y sueños, y los de los tuyos, los compromisos se irán dando con el tiempo, pero hay que tomarlo con calma… respira y disfruta de cada momento. Besos y abrazos a la distancia.

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